Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Wade

Me martillea la cabeza por ese último chupito de tequila que me metí anoche, o quizá fueron los últimos cuatro...

quién sabe. Un cuerpo cálido yace junto a mí, con el pecho que sube y baja, agotado tras horas de sexo borracho después de ligar en un bar anoche.

Las tías suelen seguirme a otros clubes, no solo cuando toco en Mingles, que es mi bolo habitual.

Por suerte, mi hermano mayor Colton se libró anoche de hacer de guardaespaldas, así que pude elegir a cualquiera de las tías buenas que se peleaban por entrar en mi vida.

Elegí a la morena; tanto Colton como yo tenemos debilidad por las morenas.

Aunque nunca ha sido un problema: mi hermano mayor se mantiene alejado de las tías desde que Pam lo destrozó.

La mía estaba buenísima, mucho más buena que cualquier otra que haya tenido antes.

Tenía unas piernas kilométricas y unas tetas que no paraban...

reales, además. Sé distinguirlas. He visto suficientes.

Esta tía aulló, gruñó y me suplicó más toda la noche.

Es el rollo de estrella de rock, ¿sabes?

O sea, no soy una estrella de rock, pero a las tías les mola verme como si lo fuera.

Me tratan como si lo fuera, vaya donde vaya.

En cuanto mi guitarra sale del estuche y mi voz suena por el micro, se les mojan las bragas esperando a que termine el bolo. Vaya vida.

Ni siquiera recuerdo el nombre de esta tía que está en mi cama.

No hay nada de valor en mi casa, así que nunca tengo problema en dejarlas por la mañana.

De hecho, lo prefiero así. Lo último que necesito es que alguna mujer se quede suspirando por mí.

Me gusta entrar y salir. Nunca he tenido problema con eso.

Joder, ni siquiera les preparo el desayuno por la mañana ni nada.

Si tengo suerte, a veces se largan antes de que abra los ojos.

Me levanto de la cama y voy al baño, desnudo.

Ella no se mueve, gracias a Dios. Después de mear, me meto en la ducha.

Se supone que tengo que ir a casa de Colton esta mañana a echarle una mano con unas cosas del rancho.

Justo cuando estoy terminando, oigo que se abre la puerta de la ducha y aparece mi invitada. Tiene el rímel corrido por toda la cara, porque estaba demasiado borracha para lavársela después de que le follara hasta dejarla sin sentido anoche.

—Buenos días —me dice con voz ronca, como si se hubiera fumado medio paquete de Marlboro anoche—. ¿Te importa si me ducho? Tengo que estar en el trabajo en media hora.

—Eh... claro. Ya he terminado de todos modos —digo mientras agarro una toalla a toda prisa y me envuelvo con ella.

Antes de que termine de vestirme, ella ya ha acabado, lo que me hace preguntarme si se habrá lavado todo.

De repente, siento que necesito otra ducha.

Sale del baño, sorprendentemente fresca, se pone el vestido por la cabeza y mete los pies en los tacones.

Me da un beso rápido en la mejilla y se va, sin siquiera un «nos vemos luego, cariño». Justo como me gusta.

Cuando llego a casa de Colton, voy primero a saludar a los caballos.

Maya está masticando una brizna de heno, mientras Rebel pasta en el prado.

Colton debe de haberlos dejado fuera anoche, porque la puerta del establo está abierta de par en par.

Lo hace cuando la noche es templada y no sopla mucho viento, como ayer.

—Hola, chicos —digo mientras le doy una palmada a Maya en el flanco—. ¿Vuestro papá ya os ha dado el desayuno?

Maya mueve las orejas, señal de que está contenta, pero no veo comida en el comedero.

—Voy a ver qué está haciendo vuestro papá —le digo, pero no sin antes rascarle el hocico a Rebel.

Saco mi llave, abro la puerta de casa de Colton y entro.

Me quito los zapatos y agudizo el oído por si oigo la ducha.

Nada. El cabrón perezoso debe de seguir dormido.

Enciendo la cafetera y miro si tiene beicon y huevos en la nevera.

¡Bingo! Dejo la comida en la encimera para prepararla después de despertar al cabrón y me dirijo a su habitación.

Colton nunca cierra la puerta de su dormitorio, así que entro sin más.

¡¡¡Uoooaaa!!!

—Oh, mierda. Colton, perdona. No sabía que tenías compañía.

Colton está tumbado en el lado izquierdo de la cama, encima de las sábanas.

Tiene la cabeza en la almohada, una mano debajo de ella y la otra sobre el cuerpo de su invitada, al otro lado.

Su invitada está bajo las sábanas, arropada como un burrito.

Primero Colton grita, luego su invitada chilla y se incorpora de golpe.

—¡Jesucristo, Wade! ¿Qué coño haces aquí?

—¡Oh, joder! ¡Lo siento, tío! ¡No tenía ni idea!

—Tengo las manos en alto como si me estuvieran apuntando con una pistola.

Hasta que me doy cuenta de quién es la invitada—.

Uoooaaa... eh... Julia, ¿verdad? —me río entre dientes mientras le echo un repaso.

Su camiseta es lo bastante transparente como para que pueda verle los pezones debajo.

¡Empalmón instantáneo, joder! No puedo apartar los ojos de su pecho hasta que ella se da cuenta de dónde estoy mirando y se tapa.

Colton parece que va a desollarme vivo. Su mirada gélida dice «¡atrás!

», por eso mantengo las manos en alto—. Perdona, tío.

Si hubiera sabido que vosotros dos estabais...

—me aclaro la garganta—. Bueno, si lo hubiera sabido, habría llamado primero —digo, aunque la puerta del dormitorio está abierta.

—No es lo que piensas, Wade —dice Colton, salvando el honor de Julia—. No nos hemos acostado.

Me río entre dientes.

—Bueno, estás en la cama, y... ella está en tu cama. A mí me parece que sí os habéis acostado.

—Vale, gilipollas. Dormimos en la cama juntos. Pero no pasó nada más.

Me doy la vuelta y niego con la cabeza.

—Vale... si tú lo dices... desde luego no es lo que parece.

—¿Qué coño haces aquí a las ocho de la mañana un lunes? —me grita. Me vuelvo hacia él.

—¿Se te ha olvidado? Me pediste que viniera a echarte una mano. Fue el sábado cuando me lo pediste, creo.

Colton pone los ojos en blanco.

—Joder, dije el próximo lunes. El evento benéfico no es hasta el próximo sábado. Todavía tenemos casi dos semanas para prepararlo.

Cierro la mano en un puño, miro al techo y me golpeo la frente.

—Mierda, en serio, perdona, hermano. Ha sido culpa mía. Ya sabes que no distingo un día de otro.

—Está bien.

Miro a Julia, que está mortificada. Tiene las rodillas pegadas a la barbilla y se abraza a sí misma. Tiene una pinta horrible, aunque el pelo le cae bonito por toda la cama, como si Colton se lo hubiera deshecho del moño ordenado que llevaba cuando la vi por primera vez.

—Eres la hermana de Liz, ¿verdad? ¿La que dejó hecha polvo esa zorra motera en el club el sábado por la noche?

Julia pone los ojos en blanco. Colton suspira.

—No estás ayudando, tío.

—Lo siento. En fin, ¿Liz te echó? ¿Por eso necesitabas un sitio donde dormir?

—Me gustaba más cuando pensabas que tu hermano y yo habíamos tenido sexo —dice ella con desdén.

Colton resopla.

—No, no la echaron. No es asunto tuyo por qué está aquí.

Levanto una mano de nuevo y bajo el ritmo.

—Vale, vale. Tienes razón, no es asunto mío. Todo esto ha sido solo un malentendido.

—Y no vas a ir contándole a nadie que ella estuvo aquí, ¿verdad? —el tono de Colton es firme.

Me paso el índice y el pulgar por los labios cerrados, como si cerrara una cremallera.

—Soy una tumba, hermano. Oye, ¿tenéis hambre? Yo me muero de hambre.

Mirando a Julia, Colton le pregunta si tiene hambre.

—Podría comer —dice ella—. ¿Puedo usar tu ducha primero?

—Claro —Colton me fulmina con la mirada—. Te veo en la cocina, Wade —dice entre dientes.

Lo oigo sacarle toallas limpias y dos minutos después, está en la cocina conmigo.

Con la mayor naturalidad posible, Colton empieza a sacar la sartén del armario y a cascar los huevos, mientras yo coloco tres tazas en la encimera para el café.

Sigo mirándolo expectante, pero él está empeñado en ignorarme.

Después de darle la vuelta a los huevos, le aletean las fosas nasales y abre mucho los ojos mirándome.

—¿Qué? —prácticamente grita.

—¿Qué pasa? ¿Se quedó a pasar la noche pero no te la tiraste?

—Todo un concepto difícil de entender para ti, lo sé.

Ignoro el comentario.

—¿Es como... frígida? He oído hablar de eso. Algunas tías son como los tíos... no se les levanta.

—Estás enfermo.

—¿Qué coño pasa, tío? No has tenido a una tía en la cama desde Pam, y ahora tienes una oportunidad, y... ¿nada?

—¿Podrías bajar la voz? No vino para tener sexo, vino para...

—¿Para qué? —me muero de curiosidad.

—No puedo decírtelo —se nota que le duele decir eso. No hay nada que no sepamos el uno del otro. Conozco todos sus secretos. Él conoce todos los míos.

—Ah, ya lo entiendo —bajo la voz—. Tiene como... problemas —me estremezco.

—Ella no tiene problemas. Es... ¡joder! ¡No puedo decírtelo!

—Vale.

Ambos guardamos silencio mientras los platos se llenan de huevos, beicon y patatas ralladas. Lleno las tazas de café y las pongo en la mesa.

—Entonces, ¿qué te pasa con las tías, tío? ¿Siempre tienes que buscarte una con problemas?

—Ella no es... no es... —su cara está enrojecida de ira—. ¡No puedo decírtelo, joder!

Julia entra en la habitación en ese momento.

—Más te vale decírselo, Colton. Probablemente se va a enterar de todos modos —dice con tono cabreado.

—No, oye, está bien, Julia. Respeto tu privacidad —intento salvar la cara.

—Sí, no necesita saberlo. Está bien —dice Colton, apartándole una silla en la mesa. Tiene el pelo mojado y liso y le llega hasta el culo. No lleva maquillaje, pero la cara le queda bien sin él. Se ha vuelto a poner el sujetador, lo que me entristece.

Colton le sirve un plato lleno de comida y ella empieza a comérselo como si fuera su última comida. El hermano mayor no deja de mirarla mientras comemos.

—¿Necesitas algo más? —le pregunta, pero ella niega con la cabeza.

De repente, cuando su plato está casi vacío, suelta:

—Wade, ¿has visto alguna vez a un tío con un BMW blanco, tuneado, dando vueltas por la ciudad?

Creo que a Colton se le van a salir los ojos de las órbitas.

—¿Tuneado? —de coches sé bastante, ya que yo mismo conduzco uno bueno.

—Sí, como, ventanas tintadas, dos puertas, rebajado, ¿matrícula de Florida? —añade.

—Hm. ¿Faldones?

—Sí.

—No estoy cien por cien seguro, pero sí vi un BMW blanco increíble anoche de camino a casa. Pero estaba un poco distraído, así que no me fijé mucho —cuando digo «distraído» guiño un ojo.

—¿Distraído? —pregunta ella.

Colton le pone una mano en el brazo.

—Créeme, no quieres saberlo. Seguro que es alguna historia obscena.

—Así que, en otras palabras, te estaba haciendo una mamada alguna tía que conociste en un bar, ¿verdad? —dice Julia sin rodeos, sorprendiéndonos a ambos.

—Err... bueno... sí —me río. Me gusta esta chica.

—Entonces, crees que viste ese coche, pero no podrías jurarlo —repite ella.

—Claro.

—Hazme un favor y estate atento. Si lo ves, para y pártele la cara de mi parte, ¿vale?

Joder.

Colton se queda boquiabierto.

—Díselo a todos tus amigos. A todos los que conozcas. De hecho, Colton —mira a mi hermano mayor, y él cierra la boca—. Debería denunciarlo a la policía, ¿no? Sobre todo después de lo de anoche. Todavía tienes la tarjeta de visita falsa, ¿verdad?

—Espera, espera, ¿qué? —levanto la mano.

Los dos me ignoran.

—Sí, la tengo. ¿Estás segura de que quieres hacer eso?

—Por supuesto. Este tipo es un impostor. Hay que denunciarlo.

—Para el carro. ¿Qué está pasando? —interrumpo.

Julia me mira y se echa hacia atrás un mechón de pelo que le había caído sobre el pecho.

—Dormí aquí anoche porque mi exprometido, que es un lunático, me ha seguido hasta aquí desde Florida. Anoche estuvo buscándome y se presentó en la puerta de Colton con una tarjeta de visita falsa, haciéndose pasar por un inversor inmobiliario.

—¿Qué? —chillo.

Vale, ¡esta chica está como una cabra! ¡Colton, sí que sabes elegirlas!

—Tenía demasiado miedo para volver a casa de Liz anoche, así que me quedé aquí.

—Es verdad, Wade.

Colton coge una tarjeta de la encimera y me la enseña.

—¿Ves? El tipo es un fraude. No existe en esta empresa. Lo comprobé.

—Entonces deberías denunciarlo sin duda. Dale a la policía el número de matrícula y asunto resuelto.

—Bueno, si se ha tomado la molestia de hacerse tarjetas de visita falsas, quién sabe qué más hará para disfrazarse. Tiene dinero; puede cambiar de coche.

De repente, Colton se interesa.

—¿A qué se dedica? De verdad, quiero decir.

—Él y su hermano llevan un taller de coches especializados con su padre. Distribuyen piezas raras pero carísimas y difíciles de encontrar. Su padre también vende coches en esas subastas de Barrett Jackson.

—Así que no tendrá ningún problema para cambiar de coche —añado.

—Exacto —dice ella.

—Entonces, ¿qué vas a hacer? Si lo denuncias a la policía, digo —pregunto.

—No lo sé. O sea, no es violento, pero es un psicópata. Lo mejor sería mantenerme alejada de él.

—No puede quedarse sola —dice Colton—. No hasta que la policía lo encuentre.

—¿Por qué no viene al club con nosotros esta noche? A Blake no le importará que pase el rato allí. Puede limpiar mesas y esas cosas.

—No sé si es buena idea después de lo que pasó la otra noche —dice Julia.

—Venga ya, estabas más avergonzada que otra cosa, ¿no? —argumento—. La espalda la tienes bien, ¿verdad?

—Sí —murmura.

—Mira, nena, tú decides —levanto las dos manos.

Colton me lanza una mirada, probablemente porque la he llamado «nena».

—Creo que es buena idea, Julia —dice Colton.

—Vale, de acuerdo —cede ella.

—Entonces —digo, sintiéndome valiente—, ¿por qué no dormiste en el sofá, Colton?