Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Julia

Papá me ofrece por última vez quedarme con él en el hotel, pero rechazo la oferta.

El hotel está a menos de cinco minutos en coche.

Si las cosas se ponen feas, papá estará cerca.

Además, es tarde, y papá está acostumbrado a acostarse y levantarse temprano.

Su expresión favorita es «a quien madruga, Dios le ayuda», y vive conforme a ella.

Conociéndolo como lo conozco, seguro que tiene reuniones matutinas programadas para aprovechar al máximo su estancia en Carolina del Norte.

Liz está sentada en el sofá, resistiéndose al sueño.

—Vete a la cama, chica. Yo no tardaré mucho —le digo.

Nate había llamado mientras papá estaba aquí para pedir quedarse a dormir en casa de un amigo. Papá y Nate quedaron en almorzar juntos mañana.

Bosteza.

—Nadie diría que a veces trabajo hasta las tres de la madrugada. Las noches que estoy en casa no puedo mantener los ojos abiertos después de las once.

—Es porque se te acumula el cansancio. No te preocupes, no falta mucho para que empieces a estudiar, y con suerte después tendrás una carrera en la que no tengas que quemarte las pestañas.

—Sí, hablando de eso, el lunes debería saber si me han aceptado en el programa de Artes Culinarias.

—¡Qué bien! Yo espero saber algo la semana que viene sobre el trabajo en el colegio.

—Genial. Oye, mira, no es que no me parezca buena idea, pero me he apuntado a clases de conducir. Me encanta que quieras enseñarme, pero creo que será mejor para las dos. Además, así me hacen descuento en el seguro.

—Es verdad. Pero si quieres, puedo llevarte a practicar de vez en cuando.

Liz vuelve a bostezar.

—Me voy a la cama. Hasta mañana, hermanita.

—Hasta luego.

Pongo agua a calentar para prepararme una infusión de manzanilla.

Desde que me mudé aquí, me cuesta conciliar el sueño.

Las cortinas y persianas están echadas, las puertas cerradas con llave, el coche en el garaje, pero aun así se me eriza el vello de la nuca cada vez que oigo un coche pasar por la calle.

Llevo días ignorando el móvil; me da demasiado miedo mirarlo.

Cuando hierve el agua, preparo la infusión y me siento a ver reposiciones de «Friends», que nunca falla para despejarme la mente.

Es uno de mis capítulos favoritos: el de las dos fiestas de cumpleaños.

En este, los padres de Rachel, que están en pleno divorcio horrible, aparecen los dos en su fiesta, y el grupo tiene que ingeniárselas para mantenerlos separados toda la noche.

Mi frase favorita es cuando casi los pillan y Chandler salta por encima del sofá gritando: «¡Rápido!

¿Qué harían Jack y Chrissy?». Esa frase siempre me hace reír a carcajadas, y suelto una risita floja, consciente de que Liz está durmiendo, y es entonces cuando lo oigo: un golpecito suave en la puerta.

El corazón me da un vuelco. Me quedo paralizada, con la esperanza de que quien sea se marche pensando que no hay nadie o que estamos dormidas. «¿Y si es papá?». Es poco probable. Me levanto, voy a la puerta y miro por la mirilla. No sirve de nada. En la oscuridad solo distingo una sombra.

—¿Julia? Soy Colton.

Suelto el aire que estaba conteniendo y abro la puerta.

—Colton, ¿qué haces aquí? —susurro.

Mira a su alrededor.

—Ah, ¿Liz está dormida?

Asiento.

—¿Va todo bien? ¿Qué haces aquí? —vuelvo a preguntar.

—¿Te apetece dar una vuelta en coche? Tengo que hablar contigo.

Frunzo el ceño.

—¿Ahora?

—Sí. Coge el bolso y cierra con llave.

Echa un vistazo a la casa mientras cojo el bolso y cierro la puerta.

Rodea el coche hasta la puerta del copiloto y me la abre, luego va al lado del conductor y se sienta al volante.

—Perdona por venir tan tarde. Espero no haberte asustado.

—Un poco sí, pero no pasa nada.

Lo observo meter la marcha atrás y salir a la calle.

—Entonces, ¿de qué quieres hablar?

No tengo ni idea de qué está pasando. Esto es muy raro. ¿Tendrá que ver con cómo dejé las cosas antes? Hay que tener mucha cara para presentarse a estas horas a hurgar en mi vida personal, sobre todo cuando le dije que aún no estaba preparada para contársela.

Mete la mano en la consola central y saca lo que parece una tarjeta de visita.

—¿Te suena este nombre?

La miro. Estira el brazo y enciende la luz interior para que pueda verla bien.

—No, no me suena de nada. ¿Por qué?

Apaga la luz.

—Eso esperaba que dijeras.

—¿Quién es? ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Espero que nada. Pero es de Florida. Se presentó en mi puerta hace un rato diciendo que estaba interesado en mi rancho.

Me pareció raro que viniera tan tarde a hacer negocios.

Pero como no insistió, lo dejé estar. Mi instinto me decía que algo no cuadraba, así que lo investigué.

El tipo no existe en esa empresa de inversiones.

La tarjeta es falsa. Pensé que a lo mejor tenía algo que ver contigo, ya que antes estabas un poco rara.

Vaya, qué rebuscado. ¿Colton da por hecho que, como el tipo es de Florida, tiene algo que ver conmigo?

—Pues no. Como te he dicho, no me suena de nada.

—No será un ex ni nada de eso, ¿no?

El tono de Colton es desenfadado, pero con un punto de suspicacia.

—No.

No quiero entrar en detalles con Colton… todavía.

Parece que Colton está volviendo a su casa, pero no digo nada. En realidad me da igual adónde vayamos; ya no se me eriza el vello de la nuca.

—¿Tenías pareja en Florida?

—No veo qué tiene que ver, pero sí.

—¿El tipo hablaba con acento británico?

Se me escapa una risita.

—No.

Pero al ver la expresión perpleja en su rostro, me siento mal.

—Lo siento.

—No pasa nada. Oye, no pretendo asustarte ni nada de eso. Y perdona si lo estoy haciendo.

Tiene el rostro serio. Ahora me siento realmente mal. Ojalá pudiera ayudarlo a descubrir qué está pasando, pero no sé cómo.

—¿Cómo era?

—Alto y delgado... musculoso, como si hiciera ejercicio con regularidad. Llevaba un traje de tres piezas azul. Bien vestido. Sin duda un hombre de negocios.

John está en buena forma y viste bien, pero también lo están todos sus amigos, familiares y compañeros de trabajo en el negocio de su padre. Solo hay otra forma de saberlo.

—¿Qué tipo de coche conducía?

—Un BMW blanco. De dos puertas. Algo tuneado. Ventanas tintadas.

Se me revuelve el estómago y me llevo la mano a la garganta.

—¿Estás bien?

Mierda. Es John. Está aquí. Me está buscando. Debe de haberme estado siguiendo durante un par de días si sabe dónde vive Colton.

Cuando llegamos a su rancho, suelto de golpe:

—Dios mío, Colton, da la vuelta. No puedo ir a tu casa. Sabrá que estoy allí.

Hablo atropelladamente, frenética.

—¿Quién?

Me pone la mano sobre la mía.

—Oye, tranquila. ¿Quién es este tipo?

Aparca el coche y me aprieta la mano.

—¿Qué está pasando?

Se me forma un nudo en la garganta. Casi no puedo hablar.

—Dios mío, Colton, siento mucho haberte metido en esto. No tenía ni idea de que llegaría tan lejos.

—¿Qué? ¿Qué...? Dime. ¿Qué está pasando? ¿Quién es este tipo?

Miro a mi alrededor con el corazón desbocado. Las lágrimas empiezan a rodarme por la cara. ¿Está aquí? ¿Puede verme? ¿Nos está observando?

—No, no, no puedes tocarme. Podría vernos.

—¿Quién? ¿Es... un exnovio o algo así?

Me seco las lágrimas.

—No, es mi prometido. O mi exprometido. Lo dejé en Florida. Tuve que hacerlo. Era... tan... horrible.

Colton aparta la mano y se rasca la nariz, nervioso.

—¿Te pegaba?

—No, no, era mucho peor que eso. Es un psicópata. E hice algo muy malo que lo enfureció.

—¿Qué...? ¿Lo dejaste, verdad?

—Sí, pero antes de eso. Hice algo muy estúpido y luego me fui. Ahora está furioso. Me siguió hasta aquí. Debe de llevar aquí días, semanas. Lo siento muchísimo. Siento mucho haberte metido en esto.

Colton se pellizca el puente de la nariz y pone las manos en el volante.

—Vale, tenemos que meterte en la casa y servirte una copa bien cargada.

—No, no. Sabrá que estoy aquí.

—¿Y qué?

—Que podría ir a por ti.

Suelta un bufido.

—Cariño, no tengo miedo. Si alguien viene por aquí, los caballos me avisan.

—No, no lo entiendes. Es un psicópata, Colton. Si ha llegado a estos extremos, si ha impreso tarjetas de visita falsas, si se ha disfrazado, si ha fingido un acento, es que está desesperado. No sé qué me hará... ni qué te hará a ti.

Me pone la mano sobre la mía.

—Julia, cariño. Mírame.

Me levanta la barbilla con la mano.

—Mírame.

Me mira fijamente a los ojos.

—No hay nada que temer. Estuve diez años en el ejército. A un perdedor enclenque que acosa a una chica indefensa me lo meriendo en un santiamén... si Rebel no le echa el guante primero.

La puerta del coche se abre y Colton sale. Me quedo paralizada en el asiento. Quiero protestar, decirle que me lleve a casa, pero estoy muy confundida. Ya no sé qué es seguro. El miedo me está volviendo histérica. Cuando quiero darme cuenta, Colton ha abierto mi puerta y me ha cogido de la mano.

—Vamos. Te voy a servir un whisky.

Diez minutos después estoy sentada en el sofá de Colton, bebiendo lo que a partir de ahora llamaré «suero de la verdad», que es exactamente lo que este líquido suave y oscuro me obliga a hacer. Colton no tiene ni idea de en qué se está metiendo.

...ni yo tampoco.