Capítulo 17
Colton
Cuando me siento así, voy al bosque. En lo profundo de la arboleda, más allá del prado, despejé un claro lo bastante grande para construir algún día una cabaña.
Es un lugar tranquilo, y solo mis hermanos saben dónde está.
Así que, si quiero estar solo, allí es donde voy.
Hay un pequeño estanque donde a veces pesco o nado, y un sitio estupendo para hacer una fogata, un área abierta sin árboles.
En las noches de luna llena, esa zona queda completamente iluminada.
Los caballos siempre me avisan si alguien se acerca.
A veces también monto a Maya hasta el claro.
Nunca llevo teléfono, pero siempre llevo una linterna.
Construí una chimenea de ladrillo en el suelo junto al agua y dejo un cubo de metal para apagar las llamas cuando termino.
Hay cuatro sillas disponibles, por si vienen mis hermanos, pero solo dejo una fuera.
Después del flashback con Pam, estoy cabreado por dos razones: porque dejé que aquello pasara entonces, y porque he dejado que me afecte ahora...
otra vez. Esa mujer se me metió bajo la piel incluso dos años después de dejarme.
Si Wade supiera que estoy aquí pensando en ella de nuevo, me colgaría los huevos junto al fuego.
Desde el primer día, a Wade nunca le cayó bien Pam.
Decía que algo en ella era falso. Acertó de pleno, y nunca me lo ha dejado olvidar.
Traje algunos malvaviscos que sobraron de la cena con Julia.
Rebusco una ramita con la linterna, aso la golosina pegajosa y me la meto en la boca, recordando lo bien que me lo pasé antes con ella.
Me arrepiento de no haber traído una cerveza; casi me tienta volver a por una, cuando oigo a Maya relinchar desde los establos.
El aire está fresco, con una brisa de finales de verano.
Hay media luna en el cielo, que ilumina tenuemente la zona.
Al levantarme, la oigo relinchar de nuevo y apago rápidamente el fuego con el cubo que tengo preparado al lado.
A paso rápido, troto de vuelta a la casa, donde oigo a Maya relinchar por tercera vez.
Al rodear hacia la entrada, hay un hombre de pie ante mi puerta. Es alto, lleva un traje de tres piezas. Parece azul marino, aunque podría ser negro en la oscuridad. Su coche está aparcado detrás del mío, demasiado cerca para mi gusto. No lo he visto nunca, y habla con acento británico.
—Hola. Disculpe la molestia.
Me tiende la mano.
—Wendel James.
—Colton —digo, sin ofrecerle mi apellido. Desde que estuve en el ejército, tengo por costumbre no dar mi apellido hasta que conozco bien a alguien. Yo decido cuándo llega ese momento.
—Tiene un rancho precioso, si me permite decirlo.
—Gracias. ¿Qué puedo hacer por usted? —no puedo evitar el tono brusco de mi voz. No me gustan los desconocidos, especialmente los que aparecen sin avisar a estas horas de la noche.
—Claro, claro. Soy inversor inmobiliario.
Me entrega una tarjeta y entreabro la puerta para encender la luz del porche. Compruebo que es, efectivamente, una tarjeta de visita con su nombre y el de una empresa que no me suena de nada. Lo miro expectante.
—¿Y qué quiere de mí?
—Estaba recorriendo Carolina del Norte buscando propiedades en las que invertir. He visto algunas, pero esto —extiende la mano señalando mi rancho—, esto es de otro mundo.
—Gracias. No está en venta.
Estoy a punto de darme la vuelta y desearle buenas noches cuando me pide que espere.
—Por favor, señor. No suelo encontrar terrenos con tanto encanto, es muy poco frecuente. ¿Me permitiría echar un vistazo?
—No lo creo —mi tono es gélido—. Como le he dicho, no está en venta.
—¿Qué piensa hacer con esto? He oído a sus caballos... ¿Cuántos tiene?
—Dos.
—¿Piensa tener más? ¿El establo tiene capacidad para más?
—Señor, de verdad, no tengo intención de vender esta propiedad. Está perdiendo su tiempo... y el mío.
Me doy la vuelta y entro en la casa antes de que pueda decir nada más.
—Muy amable, señor —dice mientras se aleja—. Que pase buena noche.
Justo cuando voy a cerrar la puerta mosquitera, lo veo marcharse. El coche había estado aparcado tan cerca del mío que no podía verle la matrícula.
Entonces la veo...
...es una matrícula de Florida. Miro la dirección en la tarjeta de visita: dice Florida.
Entro rápidamente en la casa, cojo la tableta de uno de los cajones de la cocina y la enciendo.
Tecleo el nombre de la empresa y veo que sí existe.
Reviso los nombres del personal; no veo el suyo, pero sí un número de atención veinticuatro horas para asesoramiento de inversiones.
Marco el número, sigo las instrucciones e introduzco su nombre en el teléfono.
No aparece. Pensando que quizá sea nuevo, marco el cero para hablar con un operador.
Una mujer contesta un momento después. Dice el nombre de la empresa de inversión y el suyo propio.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Hola. ¿Puede pasarme con Wendel James, por favor?
Oigo que le entra otra llamada.
—¿Puede esperar un momento, por favor?
—Claro.
Escucho música de ascensor durante unos cinco segundos, hasta que vuelve a la línea.
—¿Señor? ¿Puede repetir el nombre, por favor? ¿Ha dicho «Wendel James»?
Al decir el nombre, le sube la voz una octava, como si no estuviera segura.
—Sí, correcto.
—Señor, me temo que aquí no trabaja ningún Wendel James.
—¿Está segura? ¿Quizá sea nuevo o algo así?
—No, me temo que no, señor. Esta es una oficina muy pequeña y llevo aquí cinco años. Jamás he oído hablar de ningún Wendel James.
Le doy las gracias y cuelgo. Mi mente empieza a dar vueltas.
…y entonces caigo.
….Julia.