Procede con cautela (Hermanos Ford nº 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—Adelante.

Julia está tumbada en la cama con una bata de hospital en la parte de arriba y sus pantalones en la de abajo.

Lleva los zapatos quitados, pero los calcetines puestos.

Liz está sentada en la silla junto a ella.

No hay nadie más en la habitación semiprivada, así que las cortinas divisorias están descorridas.

—Hola, Colton. ¿Qué haces aquí? —pregunta Liz.

—Mi turno ha terminado, así que he pensado en pasarme de camino a casa a ver cómo estáis.

—Estoy bien. Me han hecho unas radiografías y estoy esperando los resultados —dice Julia—. Gracias por venir. Ha sido muy amable de tu parte.

—Le han dado un relajante muscular para la espalda, así que nos estábamos divirtiendo un poco.

—No, tú te estabas divirtiendo. Yo estoy reviviendo mi horrible infancia —Julia finge exasperación.

—¿Qué ha dicho el médico? —pregunto.

—Las costillas no están rotas, solo magulladas. La espalda parece que solo ha sufrido un espasmo. No parece que tenga ningún disco abombado ni desplazado ni nada más grave. Seguramente pueda irse a casa a descansar y mañana estará bien. Solo estará un poco rígida durante un par de días.

—¿Me lastimé la lengua? —Julia responde con descaro—. Puedo hablar por mí misma. —Entonces se vuelve hacia mí—. Estaré bien. No tenías que venir.

—¿No averiguaste el nombre de la motociclista que hizo esto? —pregunta Liz.

—Por lo general no pedimos datos personales a los clientes. Pero Bingo conoce a uno de los tipos con los que vino, así que podemos averiguar quién es si Julia quiere presentar cargos. Eso sí, tendríamos que llamar a la policía.

—¿Quién demonios es Bingo? —Julia suelta una carcajada.

—Oh, oh —Liz se ríe—. Esas píldoras mágicas están empezando a hacer efecto.

Me río.

—Bingo es el portero que vigila las puertas. El grandullón —extiendo las manos hacia los lados, indicando su corpulencia.

—¡Ah... King Kong! —se ríe.

—¿King Kong? —me río.

—Ese es el apodo que le puse cuando os vi a él y a ti esa primera noche que llegué —se tapa la boca con la mano, conteniendo la risa.

—¿Qué? —insiste Liz—. ¿De qué te ríes ahora? —Ella también se está riendo. Esto es divertido.

Julia me señala.

—¡A él lo llamé «Pestañas»! —se ríe sin control. Es adorable.

—Bueno, sí que tienes esas pestañas de muñeca, Colton —bromea Liz.

Noto que me sonrojo y bajo la cabeza.

—¡Ahhh, qué mono! ¡Te he avergonzado! —Julia cada vez habla más alto.

—¡Shhhh! —regaña Liz—. ¡Nos van a echar! —Me mira—. ¿Puedes quedarte con ella un minuto? Voy a ver si ya están los resultados. Tengo que llevarla a casa antes de que nos meta en problemas.

—Claro. Ve. Ah, y puedo llevaros si lo necesitáis.

—Genial. Gracias. Vuelvo enseguida —Liz sale por la puerta, dejándonos a Julia y a mí solos.

—Entonces, ¿cómo te sientes?

—¡Geeeeeniaaaal!

Contengo la risa.

—¿Necesitas algo? ¿Agua? ¿Otra manta?

Se había soltado el pelo. Le cae sobre el pecho en una maraña de rizos castaños.

—No, gracias —su mirada se posa en mi brazo izquierdo. Señala uno de mis tatuajes, una rosa, que asoma por debajo de la camisa—. ¿Qué es esa?

—Bueno... es una rosa —le hablo como si estuviera en preescolar.

—Es preciosa.

No tan preciosa como tú.

—¿Y ese? —Señala el de al lado, una enredadera parecida a la del cuento de Jack y las habichuelas mágicas.

Le explico el significado de todos mis tatuajes, hasta que llega al que me hice después de terminar en el ejército.

—¿Estuviste en el ejército? ¿Te hicieron daño? —Su expresión es impagable. Parece tan inocente y preocupada.

—Sí. Pero ahora estoy bien.

Estoy sentado junto a ella, en la silla que Liz dejó libre. Sin ningún pudor, me levanta la camisa buscando más tatuajes.

—¿Hay alguien ahí dentro? —Se ríe tapándose la boca con la mano—. Oye, ¿y este qué es?

Me sonrojo cuando encuentra el pequeño tatuaje en el pecho.

—¿Quién es Pam?

—Vale, ya está bien de explorar por ahora.

¿Qué tal si voy a ver dónde está tu hermana?

—No quiero entrar en esa conversación. Ella no lo recordaría, pero aun así...

¿Y si lo hiciera? Su contacto y su atención son muy agradables, sí, pero ¿a qué precio?

Nadie más sabe de ese tatuaje, y hasta que pueda hacer algo al respecto, nadie más lo sabrá.

No quiero que nadie sepa de esos fantasmas.

Ya es bastante malo que Wade sepa demasiado y me lo eche en cara cada vez que puede.

A pesar de todo eso, por primera vez desde Pam —uno de mis fantasmas— no tengo miedo de dejar entrar a alguien.

Que Julia me haga preguntas y me toque me resulta agradable.

El contacto de sus dedos no es sexual ni sugerente.

La mayoría de las mujeres se me echan encima cuando están en el estado en que ella está.

Una vez una tía se me sentó a horcajadas en medio de la pista de baile cuando le pedí que se marchara del local.

Es agradable que me traten como a un ser humano y no como a un trozo de carne, para variar.

Llevo a las chicas a casa después de que a Julia le dan el alta y una receta de analgésicos para tomar solo si los necesita. Julia se queda dormida en el asiento trasero, así que la llevo en brazos hasta dentro. Cuando la acuesto en la cama y Liz le quita los zapatos, se despierta un momento.

—¿Colton?

—Sí, soy yo.

—¿Dónde estoy?

—Estás en mi casa —responde Liz—. Voy a traerte hielo para la espalda.

—¿Puedes ponerlo en un margarita?

Liz se ríe y pone los ojos en blanco mientras sale de la habitación, dejándonos solos de nuevo.

—¿Colton?

—¿Sí?

—¿Ese tatuaje es un truco de magia? ¿Puedes hacer que diga el nombre de cualquiera?

—¿Qué?

—Ven aquí —me hace señas con el dedo.

Dudo, pero me acerco, hasta que estamos casi nariz con nariz.

—¿Qué? —susurro.

—De verdad que tienes las pestañas muy largas.

Sonrío.

—Gracias. Tú también.

Levanta un dedo e intenta en vano acariciarme el párpado para tocarme las pestañas. Pero me pincha en el ojo.

—Ay.

Me río, siguiéndole el juego.

—Lo siento.

—No pasa nada. ¿Qué tal si te duermes ya?

—¿Puedo pedirte algo primero?

Tiene los ojos entrecerrados y habla como una niña.

—Claro.

—¿Me das un beso de buenas noches?

—Bueno, supongo que no hay problema.

Me inclino y le beso la frente. Es suave y cálida, y su pelo huele a coco. Cuando me separo, ella me atrae con delicadeza hacia sí tirándome de las mejillas y me planta un beso suave en los labios. Es tan rápido que apenas tengo tiempo de devolvérselo. Ni siquiera abre los ojos.

Oigo a Liz acercarse y me aparto.

—Oye, Julia, ¿dónde quieres el hielo? ¿En las costillas o en la espalda?

—Creo que se ha dormido.

Me rasco la cabeza, intentando parecer lo más inocente posible, a pesar del repentino deseo que me palpita en la entrepierna. Tengo que salir de aquí.

—¿Estarás bien? ¿Podrás con esto?

—Claro. Oye, gracias por tu ayuda, Colton.

Hablo atropelladamente.

—No hay de qué, nos vemos mañana.

—Vale, pero...

Me voy antes de oír lo que está a punto de decir.