Capítulo 48
Tengo que admitir que, a pesar de la tensión que sentía al ser atacados de nuevo, fue un paseo divertido, sobre todo por el desconcierto de mi mujer.
Aquella boda había empezado de forma turbulenta, pero cada vez estaba más seguro de que nos entenderíamos para llevar la relación a un punto aceptable para ambos. Ella era guapa, simpática y yo me lo estaba pasando bien, me gustaba eso.
Al fin y al cabo, me había salido muy bien aquel acuerdo con su hermano.
Ya era última hora de la tarde y el sol se estaba poniendo, tiñendo el horizonte de naranja cuando regresamos al complejo turístico. Con el maletero lleno de bolsas, Mirelle ya no podría quejarse de no tener nada que ponerse, por mucho que yo prefiriera verla sin nada.
Entramos en la habitación y Javier, junto con otros dos hombres, dejaron las bolsas sobre el sofá antes de salir de la habitación. Les hice un gesto de asentimiento con la cabeza antes de esperar a que se marcharan para cerrar la puerta con llave.
—¿Qué te parece si nos damos un chapuzón en esa piscina? —Me volví hacia mi mujer, sonriéndole y deleitándome con el rubor de sus mejillas.
Ella bajó la mirada y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja con un gesto delicado y, al mismo tiempo, sensual, lo que aumentó aún más mis ganas de besarla.
—Me voy a poner el bikini nuevo...
—No… —Di un paso hacia ella, la agarré por la cintura y la atraje hacia mí—. No hace falta que te pongas nada.
—Pero, Miguel…
Le sujeté la barbilla y le levanté la cara para que me mirara a los ojos.
—Te quiero desnuda.
—Alguien podría vernos...
—Nadie te verá, salvo yo.
—Eso suena...
—Delicioso. —Acerqué mi boca a la suya, rozando ligeramente nuestros labios en señal de provocación.
—Yo diría que indecoroso.
—No importa. —Con la otra mano, le agarré el culo por debajo del vestido sin preocuparme por ser más delicado.
—Miguel...
Mi mano siguió el contorno de la curva que marcaba la falda del vestido.
Volví a rozar mi boca contra la suya hasta que mi lengua se abrió paso. Solté su barbilla y mis dos palmas se posaron sobre sus nalgas, apretándolas y presionando el delicado cuerpo de Mirelle contra el mío.
Ella gimió en voz baja por mi lengua dentro de su boca, pero no intentó apartarme mientras yo le subía la falda del vestido para tocar directamente su piel.
Solté la tela para desatar el lazo detrás de su cuello y tiré del vestido hasta el suelo, reanudando el beso acto seguido cuando mis manos se posaron sobre sus pechos redondos de pezones erectos.
Mirelle echó la cabeza hacia atrás mientras yo bajaba traziendo un rastro de besos, chupetones y mordiscos hasta que mi lengua volvió a rozar la punta de su pecho.
—¿No íbamos a la piscina?
—Ya llegaremos allí.
Mientras lamía y chupaba su pecho, moví las manos para quitarme la camisa abotonada y los pantalones cortos, con mi polla ya palpitando dentro de los calzoncillos, suplicando que la liberaran.
Desnudos, la atraje hacia mí, uniendo nuestras pieles mientras volvía a disfrutar del sabor de su beso. Mis manos no tenían control, iban y venían por las curvas de su cuerpo, explorando cada parte. Le retorcía los pezones con las yemas de los dedos y los hundía en su suave culo.
El beso era urgente, hambriento; mi lengua no le daba tregua a la suya, mostrándose cada vez más feroz, y la presión de los labios parecía casi suficiente para fundirlos.
Cuando su boca se separó de la mía, buscando aire, la giré de espaldas y le levanté el pelo para morderle la nuca, mientras presionaba mi polla dura contra su culo.
Mi ansia por ella parecía tan urgente que quizá no me contuviera hasta que llegáramos a la piscina.
Hice que Mirelle diera unos pasos más tambaleándose hacia delante hasta que la empujé contra la pared. Sus pechos, aplastados contra la superficie, parecían aún más grandes y deliciosos. Atrevidamente, los toqué antes de deslizar la mano lentamente hasta su cintura.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —se le escapó con voz ronca.
—Comerte —respondí, soltando una risita provocativa al encajar mi polla entre sus muslos y frotarla contra sus labios mayores antes de penetrarla.
Mirelle gimió, retorciéndose mientras yo la provocaba, mordisqueándole los hombros y la nuca.
Tiré más de su cintura, haciendo que mi mujer levantara más el culo para que yo tuviera el ángulo necesario para entrar en ella.