Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

Clavé las uñas en la pared cuando sentí un ligero dolor al sentir cómo Miguel se introducía en mí y se deslizaba hasta lo más profundo que permitía esa postura.

El dolor fue mucho menor esta vez y empezó a disiparse cuando él comenzó a moverse.

Todo mi cuerpo se calentó y mi excitación aumentó cuando me sujetó el pelo recogido en una coleta para mordisquearme y besarme la nuca y los hombros.

Oh, qué bien...

Tenía tanto miedo de que pudiera hacerme daño que ni siquiera había pensado en lo delicioso que podría ser acostarme con él.

¡Oh, Dios mío!

¡Ahhhhh!

Me volví loca cuando sus fuertes dedos se hundieron en mi cintura y él se adentró aún más en mí con una embestida firme que hizo vibrar todo mi ser.

No tenía más amigas que Virginia y no hablábamos de sexo porque no quería saber nada de su relación íntima con mi hermano. Sin duda, mis búsquedas en Internet no me habían preparado para ese momento.

—Qué buena estás… —Oírle susurrar al oído me puso aún más cachonda.

—Ay, Miguel…

Más rápido, más fuerte, él me empujaba contra su pelvis y el impacto de mi culo contra sus músculos hacía que todo mi ser vibrara. Se oía el sonido de chasquidos resonando por la habitación, como aplausos con cada embestida suya.

Mis manos resbalaron por la pared, arañándola mientras me derretía en medio del placer.

Con cada impacto, me sentía cada vez más cerca del clímax.

Sentí cómo su líquido se derramaba dentro de mí, pero Miguel no se detuvo, penetrándome cada vez más profundo y con más placer hasta que eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro al rendirme a la deliciosa explosión de mi orgasmo.

Cuando se separó de mí, sentí cómo el semen me resbalaba por los muslos hasta que me entregó unos pañuelos de papel.

Tenía las piernas completamente temblorosas y di unos pasos tambaleantes hacia un lado, pero no me caí porque él me sujetó.

—No te has caído.

—Todavía estoy recuperando el control de mi cuerpo.

—Así es.

Pensaba que la intimidad de una pareja podía resultar incómoda, pero era sorprendente lo fácil que fluía, hasta el punto de que ya me sentía a gusto estando desnuda delante de él.

Y la forma en que me miraba… ¡Ay, Dios mío!

Era difícil no volverse loca con el calor que irradiaba por todo mi cuerpo y todo ese deseo. Definitivamente, no estaba preparada para eso.

—¿Vamos a la piscina?

Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza.

Mientras me metía en el agua, templada por haber recibido el sol intenso durante todo el día, Miguel se acercó a un pequeño bar que había en una terraza cerca de nosotros y preparó unas copas. Al poco rato se acercó a mí y me entregó una copa.

—Gracias. —Intenté sonreír tras dar un sorbo al líquido y sentir cómo el alcohol bajaba arañándome la garganta.

—De nada. —Se sentó en el borde de la piscina, cerca de mí.

—Así que, además de jefe de un cártel, eres coctelero —bromeé.

—Más o menos.

—Interesante.

—Todavía tengo muchos talentos que enseñarte. —Me guiñó un ojo de forma provocativa.

—¿Debería sentirme amenazada?

—En absoluto.

—Menos mal. —Bebí un poco más mientras observaba cómo los rayos anaranjados del atardecer hacían que su piel brillara aún más, como si su tez morena se volviera casi dorada.

Miguel se inclinó, acercando su boca a la mía, pero la mantuvo a una pequeña distancia, sin besarme.

—No tienes por qué sentirte amenazada.

—¿No? ¿Ni siquiera cuando me digas que vas a follarme?

—Quizá solo en esos momentos... —Se humedeció los labios y me lanzó una mirada que me hizo temblar de dentro afuera.

—¿Y va a pasar mucho?

—Bastante..., pero la culpa es toda tuya.

—¡¿Mía?! —Fingí sorpresa mientras me divertía con el rumbo que estaba tomando la conversación. —¿Por qué?

—Por ser tan guapa.

Sonreí con las mejillas ardiendo.

Debería sentirme como un trozo de carne, pero me gustó cómo fluyó nuestro intercambio de miradas durante aquella conversación pervertida.

A Miguel le gustaba eso y descubrí que a mí también.