Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Me probé un vestido, otro, unos pantalones cortos y unas camisetas, y elegí varias prendas.

Miguel lo pagó todo y luego salimos de la tienda con sus hombres cargando todas las bolsas. Seguimos entre las tiendas hasta un lujoso restaurante donde paramos para almorzar.

Amablemente, me acercó una silla y esperó a que me sentara antes de dar la vuelta y sentarse frente a mí.

Un camarero se acercó y nos entregó la carta.

Había muchas opciones de pasta y marisco que me hicieron la boca agua. Adrián no solía llevarme a salir a menudo y, las veces que salía con mi madre, no me sentía tan libre.

—Me gustan las gambas —dije mientras hojeaba el menú.

—Hay muchas opciones —dijo Miguel.

—Ya me he dado cuenta —sonreí con torpeza mientras lo miraba y acabé colocándome un mechón de pelo detrás de la oreja.

En el fondo, sentía cierta culpa porque la libertad que sentía con él fluía con tanta facilidad, pero era tan extrañamente natural que ni siquiera podía controlarla.

Estamos casados… Mi conciencia se burlaba de mí, recordándome lo obvio.

—Este risotto parece una buena opción. —Recorrió con el dedo la hoja del menú y yo pensé en cómo sería sentir esa mano pesada deslizándose por mi cuerpo.

¡Mirelle!

Sentía como si hubiera algo que no estaba bien en mí, porque ya no podía mirarlo de la misma manera.

—Esposa… —Sentí su mano rozar mi muslo por debajo de la mesa y levanté la cabeza, mirándolo fijamente mientras me ardían las mejillas.

—Sí…

—¿El risotto está bien?

—Ah...

—El camarero está esperando.

¡¿Qué?!

Fue como si me hubiera dado una descarga que me lanzó contra el respaldo de la silla y la hizo tambalearse.

Fue como si me hubieran echado encima un cubo de vergüenza cuando me fijé en el tipo de traje que estaba de pie junto a la mesa, esperando nuestros pedidos, mientras yo me derretía por completo ante mi marido como si fuéramos las dos únicas personas del mundo.

Miguel dejó escapar una risita ahogada que me hizo sentir aún más avergonzada.

—Sí… ¡Sí! El risotto, por favor —dije cualquier cosa para que el camarero se marchara lo antes posible.

—¿Y usted, señor? —El camarero tuvo la decencia de fingir que no había pasado nada y se volvió hacia Miguel.

—Un filete mignon poco hecho con salsa Roti.

Por fin asintió con la cabeza y se alejó de nosotros.

—¿Estás bien, Mirelle? —preguntó Miguel cuando parecía que ya no había nadie mirando.

—No… Ha sido embarazoso.

—No deberías preocuparte tanto.

—Seguro que ahora se está riendo de mí.

—Podría matarlo por atreverse a hacer eso.

—¡No! ¡Por el amor de Dios! —grité desesperada.

—Solo era una broma —Miguel volvió a reírse.

—No digas eso, ni siquiera en broma.

—Está bien.

El camarero volvió a acercarse a nosotros y yo me quedé en silencio; temía que él sufriera algún tipo de consecuencia, porque aún no sabía hasta dónde podían llegar las reacciones de Miguel ni hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Mejor ni averiguarlo...

Nos sirvieron una botella de vino tinto, una copa para cada uno, y el camarero dejó la botella en una esquina de la mesa antes de alejarse de nuevo.