Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Sentada en posición fetal, me abrazaba las rodillas y escondía el rostro entre las piernas, con la esperanza de protegerme de la mayor tragedia de mi vida, por mucho que, en el fondo, supiera lo inútil que era.

Ojalá mi padre estuviera allí y pudiera recurrir a él para impedir que se llevara a cabo la terrible decisión que había tomado Adrián. ¿Cómo puede sacrificarme de esa manera?

No quería casarme, no podía casarme con un hombre que solo me inspiraba desprecio.

Si Virginia estuviera allí, nunca lo habría aceptado.

No sé cuánto tiempo pasó en aquella habitación hasta que oí un golpe.

No quería levantarme, ni me atreví a hacerlo, pero fue ingenuo por mi parte pensar que bastaría con eso para quedarme sola, pues, en cuanto no respondí ni me moví, el pomo giró y mi madre entró por la puerta, deteniéndose junto al colchón y mirándome fijamente mientras sostenía algo de ropa en una bolsa negra de la colada.

—¿Ya te has duchado?

—No —murmuré.

—¿Y no te vas a duchar?

—No.

—Mirelle...

Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas al levantar la cabeza para mirarla a los ojos.

—No puede ser que estés del lado de Adrián. ¡Mi hermano se ha vuelto loco! No me voy a casar con ese asesino, mamá.

Ella soltó un suspiro y se alejó, colgando la percha del bolso negro en un soporte detrás de la puerta; luego volvió a mi lado y se sentó tan cerca de mí que me vi obligada a apartarme un poco para que tuviera espacio.

—Seamos sinceras la una con la otra, ¿vale?

Asentí con la cabeza, dando mi consentimiento.

—No es como si ninguna de las dos tuviéramos otra opción.

—Pero, mami…

—Oh, mi niña. —Me secó una lágrima con el pulgar antes de que resbalara por mi mejilla y me apartó el pelo detrás de la oreja—. Quizá si hubieras nacido en otra familia, con otro padre y otro hermano, tus opciones serían mejores, pero no hay mucho que yo pueda hacer.

—¿Por qué te casaste con mi padre?

—Él me eligió.

—¿Y tú aceptaste?

—Mi familia habría pagado un precio muy alto si lo hubiera rechazado.

Tragué saliva ante su revelación.

—Rezaré mucho para que Miguel Velásquez sea un buen marido para ti.

—Espero que tus oraciones sean suficientes —dije con sincera esperanza al darme cuenta de que, independientemente de lo que yo quisiera, no tenía elección.

—¡Vamos, cariño! —Mi madre se levantó—. Voy a ayudarte a arreglarte.

Me arrastré fuera del colchón como un zombi, derrotada.