Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 18
27%

Capítulo 18

Alma me odiaba, Sandro se enfureció con mi idea de casar a nuestra hermanita con un desconocido; por suerte, Paola no estaba cerca para juzgarme por ser la villana.

Lo que ellos no entendían era que Alma no era la única que pagaba un precio.

Los matrimonios concertados eran muy comunes en el mundo en el que vivíamos y la idea de elegir por amor era un lujo que no debíamos permitirnos.

Además, las personas por las que nos preocupábamos acababan convirtiéndose en uno de nuestros puntos débiles.

Ramón Hernández me había enseñado esa valiosa lección.

Ahora estábamos todos bien, pero si él no se hubiera enamorado de mi hermana, la situación podría haber sido otra.

Matar a Adrián parecía la solución perfecta; sin embargo, el fallo de mis hombres me había salido muy caro. Sin duda, no tendría otra oportunidad, así que tenía que replanteármelo todo. El matrimonio acabó resultando la mejor estrategia, aunque no le gustara a nadie.

—Es un anciano decrépito en una silla de ruedas —refunfuñó Alma, recordándome lo mucho que le molestaba aquella boda—. ¡Esto no es justo, Miguel!

—Se recuperará.

—¿De verdad? —Cruzó los brazos en el asiento trasero del coche, donde estaba sentada a mi lado—. Creía que sería feliz, había pensado muchas veces en mi familia, en tener hijos. ¿Cómo voy a tener hijos con un hombre que ni siquiera puede andar?

—Apuesto a que aún puede tener hijos contigo —respondí en tono brusco—. Yo no me preocuparía por eso.

Alma tragó saliva y Sandro soltó una carcajada, sentado en el asiento del copiloto.

—Eso no es justo —murmuró ella.

No lo era, tenía razón, pero no todo en el mundo se basaba solo en la justicia y mi hermanita tenía que aprenderlo cuanto antes.

Esa falacia de que encontraríamos a nuestra alma gemela, que nos completaría para el resto de nuestras vidas, era una gran mentira.

La realidad era muy diferente. Los romances así solo ocurrían en las historias de ficción.

Aunque los matrimonios de Sandro y Paola no hubieran sido concertados, tampoco se debieron al encuentro de almas que se completaban.

Mi hermano la cagó, dejó embarazada a una brasileña y tuvo que hacerse cargo de ella.

En cuanto a la ingenua de Paola, la engañaron y la manipularon, estuvo a punto de morir y, para colmo, se quedó embarazada en medio de todo eso y, al decidir quedarse con el padre del niño, tuvo que renunciar a vivir con nosotros.

Podrían ser felices a pesar de las circunstancias, pero podría afirmar que en ninguno de los casos había sido fácil, al igual que no lo sería para mí ni para Alma.

Me gustaba pensar que, al casarme con Mirelle, era muy consciente de las consecuencias que me esperaban, pero tenía suficiente experiencia como para no ser ingenuo y olvidarme de lo fácil que todo podía salirse de control.

Paraíso Azul era uno de los hoteles de mi familia que utilizábamos para el blanqueo de dinero, pero el lugar funcionaba al límite de la legalidad, con huéspedes reales y una estructura digna de un palacio europeo, pero con las bellezas de un país tropical, haciendo honor al precio que se cobraba por noche.

Era un lugar al que me gustaba acudir para encuentros especiales, o cuando simplemente quería escapar de Sinaloa y respirar un poco de brisa marina.

Bajé del coche, me ajusté la chaqueta blanca y saqué las gafas de sol del bolsillo, colocándomelas en la cara al ser recibido por el gerente del hotel.

—¡Velásquez! Sean muy bienvenidos.

Asentí con la cabeza.

—¿Han llegado ya mis invitados? —Fui directo al grano.

—Sí, ya se han instalado.

—¡Estupendo! ¿Y los detalles de la fiesta?

—Se está montando la decoración en la playa y el personal del restaurante está preparando el bufé. Todo estará listo esta noche.

—Es mi fiesta de compromiso. Tiene que ser perfecta en cada detalle.

—Me encargo de ello, señor —aseguró, sacando pecho con confianza.

—Está muy bien. —Mi mirada hizo que se encogiera y tragara saliva.

—¿Dónde está la llave de mi habitación? —preguntó Alma—.

Necesito darme un baño y tomarme un analgésico, siento que me va a estallar la cabeza.

Espero que mamá llegue pronto con mi vestido, sería horrible que una de las novias no apareciera por falta de ropa —murmuró, y pude percibir el tono irónico de su voz.

En el fondo, parecía estar deseando tener una excusa para no comprometerse con Adrián Ruiz, pero yo no iba a permitir que nada se saliera de mis planes aquella noche.

Al unirme al Cártel de Medellín, no habría ningún enemigo a mi altura que pudiera suponer una amenaza que temer.

Había intentado vencerlos y no lo había conseguido, así que la mejor alternativa era unirme a ellos y aplastar otras posibles amenazas. Yo mismo me aseguraría de que esta vez no hubiera fallos en el plan.