Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Me incliné sobre la barra del bar mientras esperaba a que el barman terminara mi copa, adornándola con una sombrillita de papel naranja en el borde del vaso ancho.

La acerqué a mí y bebí a sorbos, chupando lentamente por la pajita mientras mis ojos recorrían la playa, observando cada detalle de la decoración montada para mi compromiso.

Había antorchas de madera clavadas en la arena, pétalos de rosas rojas y blancas esparcidos por el suelo, que quizá hubieran sido arrancados de los hermosos arreglos florales dispuestos estratégicamente por todo el recinto.

También había algunos sofás para los invitados y una cabina de DJ donde el hombre estaba conectando los equipos para que empezara la música.

Sandro aún no había bajado, estaba ayudando a Agda con los gemelos, pero mi madre y Alma ya estaban en la playa; estaban en silencio, simplemente observando el ambiente, cuando me acerqué sorbiendo mi copa.

—Deberías intentar sonreír un poco —le susurré a mi hermana menor.

—Como si tuviera algún motivo para sonreír —dijo irritada, cruzándose de brazos.

—Es la novia más guapa que he visto nunca.

—¿Más que tu novia? —Se volvió hacia mí con aire provocador.

—Aún no la he visto, así que sí.

Alma negó con la cabeza y me sacó la lengua.

Ignoré a mi hermana y bebí un poco más de mi copa, que ya se estaba acabando.

El DJ ya había empezado a poner una canción bailable cuando la vi acercarse. Quizá Alma había previsto que mi novia la eclipsaría, porque Mirelle me llamó la atención de inmediato y me dejó hipnotizado.

¡Vaya!

Llevaba un vestido blanco de encaje hasta las rodillas, que realzaba sus curvas y dejaba al descubierto sus hombros.

Su melena castaña estaba recogida en un moño alto, con algunos mechones sueltos que enmarcaban su delicado rostro.

Sus ojos castaños brillaban bajo la luz de la luna, y sus labios rojos estaban apretados, lo que provocaba una ligera tensión que la hacía aún más sexy.

No podía negar que su belleza angelical representaba una oportunidad para que aquella boda me resultara más agradable. Tenía que admitir que, como un lobo, estaba deseando devorarla.