Prisionera del mafioso (Cártel Velázquez 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Echaba mucho de menos a Virginia. Tener a otra mujer en aquella casa, de una edad similar a la mía, me ayudaba a llenar mis días y a sentirme menos prisionera.

No podía dar un paso fuera de aquella casa sin la compañía de los hombres de mi hermano, pero Virginia y yo teníamos nuestros momentos, nuestros secretos, y eso me ayudaba a no volverme loca. Sin ella, mi vida parecía más terrible que nunca.

Con un Adrián grosero, mi cuñada muerta y mi madre esforzándose por mantener un mínimo de control sobre la casa, sentía que me estaba volviendo loca.

Contuve el aliento, con la respiración acelerada, cuando oí que llamaban a mi puerta. Me cubrí la cabeza con la almohada e intenté esconderme, decidida a hacer oídos sordos. Quién sabe, quizá así el mundo desapareciera y me sintiera un poco mejor.

—¡Mi! —insistió la persona al otro lado.

Seguí sin hacer caso.

—¡Mirelle! —El grito de mi madre fue ensordecedor, incluso con la puerta entre nosotras, y sabía que si no me levantaba para abrirla, ella encontraría la manera de derribarla.

Me deslicé fuera de la cama y abrí la puerta como si fuera un zombi.

—Hola, mamá.

—¡Ya ha pasado el mediodía! —me miró con seriedad, con las manos en la cintura y los dientes apretados en tono amenazante.

—¡Y qué!

—¿Y qué? —Arqueó las cejas, lo que agravó aún más su expresión de furia.

—¿Para qué?

—Para vivir.

—Últimamente, vivir no parece algo que nos apetezca demasiado.

—¡No digas eso! —gritó tan fuerte que me asustó—. Tu hermano casi muere y tú te pones a hacer drama.

—He perdido a mi mejor amiga y cada día me parece que también he perdido a Adrián. El tipo que ha vuelto del hospital no se parece en nada a mi hermano.

—¡No digas eso!

—Es verdad.

—Tenemos que dar gracias a Dios por que tu hermano haya vuelto a casa.

—¿De verdad crees que ha vuelto? —Quizá estuviera siendo una idiota, pero expresé lo que llevaba sintiendo estos últimos días.

—Tu hermano lo está pasando mal; tienes que ser más comprensiva. Antes era fuerte y estaba sano, y ahora necesita una silla de ruedas para desplazarse.

—Los médicos han dicho que se va a poner bien.

—Aun así, no es tan sencillo.

—Lo sé, mamá...

—Pero no lo parece.

—Solo quiero que vuelva a ser él mismo.

—Tu hermano necesita tiempo, todos lo necesitamos.

—¿Cuánto tiempo será, mamá?

—Solo lo sabremos si esperamos.

Dejé escapar un suspiro profundo y doloroso.

—¡Vamos ya! —Me dio unas palmaditas en el hombro—. No puedes exigirle nada si sigues así, tan abatida.

—Está bien... —Me vi obligada a darle la razón, porque tenía un argumento de peso.