Capítulo 10
Tras un mes de negociaciones, tomé un avión a Medellín, una ciudad colombiana controlada por los Ruiz.
Después de acabar por fin con los Hernández y con todos aquellos que los seguían, había conseguido el control total de México, pero el control de las operaciones y del tráfico, sobre todo hacia Estados Unidos, estaba muy lejos de ser totalmente mío.
Los colombianos se habían convertido en mis principales rivales en la lucha territorial por la distribución y yo estaba decidido a acabar con la competencia; sin embargo, me di cuenta de que intentar matar a Adrián había sido un error.
Había lanzado una bomba en nuestra relación que podría acabar haciendo daño a mi familia y necesitaba arreglar las cosas.
Me quedé pensando en cómo hacerlo hasta que se me ocurrió la idea más sencilla: una alianza.
Las familias se unían mediante matrimonios concertados desde hacía siglos y solía funcionar; a mí también debería salirme bien.
Le envié a Adrián una buena maleta llena de dinero, un millón de dólares estadounidenses como regalo para una posible reconciliación. El dinero fue suficiente para llamar su atención y conseguir que aceptara reunirse conmigo.
Era arriesgado, pero corría mucho más peligro manteniendo la situación tal y como estaba y llamando la atención de la policía mexicana y del resto del mundo. No quería que, por un descuido, mi madre, mis hermanos o mis sobrinos acabaran muertos.
Estaba sentado en un asiento del avión, contemplando las nubes a través de la ventanilla, cuando mi móvil vibró.
Sandro:
¿Ya has llegado?
Miguel:
Todavía no.
Sandro:
Eso es una tontería.
Miguel:
Sé lo que estoy haciendo.
Sandro:
Ese idiota te va a matar.
Miguel:
Le sale más a cuenta tenerme vivo.
Sandro:
Dudo que piense así.
Miguel:
No todos son como tú, hermano.
Sandro:
Confías demasiado en tu racionalidad.
Miguel:
Precisamente por eso.
Sandro:
¡Mató a su mujer, joder!
Miguel:
Estamos en un mundo en el que no hay inocentes ni víctimas.
Si es listo, se dará cuenta de eso.
Sandro:
¿Y si no lo es?
Miguel:
Estaré lo suficientemente cerca como para dispararle en la cabeza y asegurarme de que el trabajo quede hecho.
Sandro:
Espero que sí.
Miguel:
Os daré noticias cuando se haya resuelto el asunto.
Sandro:
Estaré esperando.
No tardó mucho en que el piloto iniciara las maniobras de aterrizaje y el avión aterrizara en una pista privada de la ciudad colombiana.
Me acompañaban unos veinte hombres y aquel pequeño ejército era más bien una medida de seguridad para una batalla que esperaba que no llegara a producirse. El chaleco antibalas también era solo por precaución. No había ido hasta allí en busca de mi tumba, al contrario de lo que pensaba Sandro.
En la pista de aterrizaje nos esperaban unos coches que habíamos reservado previamente en una empresa de alquiler. Los todoterrenos negros eran blindados y grandes, con capacidad para siete personas por coche.
Nuestra cita se había fijado en un hotel de lujo, en una de las mejores zonas de la ciudad.
Lo único que quería era cerrar ese trato y marcharme lo antes posible, pero no podía mostrar ningún tipo de inquietud ni ansiedad. El control y una buena expresión eran siempre cruciales en ese juego. De ninguna manera Adrián podía sospechar que me sintiera cohibido o con miedo en ningún momento.
Ya casi lo había matado y él tenía que recordar que podía terminar el trabajo en cualquier momento.
En lugar de matar al monstruo y dejar que naciera otro en su lugar, solo le pondría un collar.
A través de la ventanilla del coche, observé las calles de la ciudad, coloridas y bulliciosas a medida que nos acercábamos al hotel. Había muchas diferencias, pero también pude encontrar algunas similitudes con México y con todo aquello a lo que estaba tan acostumbrado.
Nos bajamos del coche en la recepción y me dirigí al mostrador acompañado de mis hombres, que analizaban a cada persona del lugar en busca de una posible amenaza. Estaban allí para eso y hacían un buen trabajo.
La recepción combinaba el color con el lujo, con muchos adornos en rojo, azul y verde, además de una lámpara de cristal de al menos un metro de diámetro que colgaba del techo, pintada con figuras de ángeles.
En cuanto me acerqué al mostrador, la recepcionista, que estaba absorta en algo en la pantalla del ordenador, levantó la cabeza y me dedicó una sonrisa mientras se arreglaba el pelo.
—Señor...
—Velásquez.
—¡Ah, sí! ¿Tiene alguna reserva?
—Les pedí que nos reservaran una planta para mí y mis amigos.
—¿Una planta entera? —se quedó boquiabierta.
—¿No han hecho la reserva? —Mi tono se volvió más brusco y malhumorado.
—Voy a comprobarlo. —Bajó la mirada hacia la pantalla del ordenador. —Ah, sí, señor Velásquez. La última planta está reservada íntegramente para usted; hay una suite presidencial y otra premium.
—De acuerdo.
—Un momento, voy a hacer su registro de entrada y a prepararle las tarjetas de acceso.
—De acuerdo. —Apoyé el brazo en el mostrador mientras esperaba.
Mientras la recepcionista no me quitaba los ojos de encima, los míos recorrían el ambiente, analizando desde el maletero de la entrada hasta la familia sentada en uno de los bancos de la recepción.
Estaba probando una estrategia diferente, pero, al contrario de lo que pensaba Sandro, no había bajado la guardia y seguía analizando los movimientos y estudiando posibles amenazas a cada instante.
Había ordenado matar a ese tipo y sería un completo idiota si ignorara la posibilidad de una severa represalia.
Alguien hizo un movimiento brusco y mis hombres se inquietaron, pero el tipo solo se sacó el móvil del bolsillo y llamó a alguien.
Sí, estaba tenso; sin embargo, parecía imposible no estarlo ante las posibles consecuencias del paso que había decidido dar.
Ser jefe es tomar decisiones difíciles que no siempre van a complacer a quienes te rodean.
Recordaba muy bien aquellas palabras de mi padre; había hecho un buen trabajo enseñándome todo lo que necesitaba para continuar con su legado; sin embargo, no había nada que él pudiera haber hecho para que todo aquello fuera más fácil.
Era extraño saber que estaba vivo en algún lugar y, al mismo tiempo, tan lejos como era posible.
Había intentado visitarlo durante el primer año de su condena a cadena perpetua, por mucho que la prisión de máxima seguridad no lo facilitara; sin embargo, él mismo no quería que siguiera yendo.
Sabía que nuestras conversaciones podían ser intervenidas y que ya no podría ayudarme.
Aunque no estaba muerto, muchas veces parecía como si lo estuviera.
Pensar en ello me devolvía a la realidad y me hacía darme cuenta de que era yo el responsable de los negocios y del bienestar de mi familia.
Sandro era un buen hermano, pero actuaba antes de pensar y tenía una gran tendencia a meter la pata. A menudo tenía que controlarlo. En cuanto a las mujeres, eran joyas que había que proteger, pero que acababan escapándose de entre mis dedos.
Lo que le había pasado a Paola me demostró que los lobos podían acercarse a mi familia de una forma que ni siquiera imaginaba. Protegerlos se había vuelto aún más difícil...
—Señor... —La recepcionista me tocó el brazo para llamar mi atención.
—Sí.
—Aquí tiene las llaves. —Me tendió un sobre con las tarjetas—. La roja es para la suite presidencial.
—Gracias. Menos mal que ya sabes el número. —Le guiñé un ojo y se le sonrojaron las mejillas.
No había ido allí para ligar, pero tenía mis necesidades y la chica podría ser una buena distracción durante la noche.
—Sí, lo sé... —Se mesó el pelo, colocándoselo detrás de la oreja, y apartó la mirada.
—Nos vemos por ahí.
—Sí, señor.
Me alejé de la barra y me dirigí hacia mis hombres, repartiéndoles las llaves de las habitaciones.
—Estad atentos y evaluad las amenazas. Cualquiera puede suponer un peligro.
Asintieron.