Capítulo 12 #4
Damian adoptó una expresión falsamente herida que apenas pudo sostener porque una sonrisa terminó apareciendo en sus labios.
—Está bien. Me has convencido por completo de que lo amas. Ahora quiero que me convenza él. —Señaló a Blackshow con un dedo.
Dominic miró aquel dedo; después levantó la vista hacia Harrowmere y finalmente contempló a Cecily, quien esperaba con una mezcla de emoción y entusiasmo una brillante proposición matrimonial.
—Esto es humillante.
—Quiero algo precioso —le recordó Cecily.
—Sí, sí, ya lo has dicho y te he oído.
Dominic avanzó hasta quedarse frente a ella.
Su pierna protestó cuando comenzó a descender y durante una fracción de segundo pensó en mandar al cuerno todas las convenciones románticas inventadas por la humanidad, pero vio el brillo de los ojos de Cecily y terminó apoyando una rodilla en la alfombra.
Ella se llevó una mano a la boca.
Sobraría decir que Damian estaba disfrutando muchísimo con la escena, mientras que Aurelia no paraba de suspirar.
Dominic decidió ignorar a Harrowmere y le cogió las manos a la dama con la que iba a casarse… por segunda vez. ¡Cierto! La primera no era válida, pero sin esa especie de ensayo ellos no habrían llegado hasta este preciso momento.
—La primera vez que te casaste conmigo irrumpiste en mi casa decidida a ser mi duquesa y conseguiste que aceptase una boda antes de que hubiese tenido tiempo de comprender qué estaba ocurriendo.
Cecily trató de apartar las manos de las de él. El duque no se lo permitió.
—Esto no parece muy romántico. Creo que tendré que escribirle una carta a Resswell y deberás venir mañana a visitarme.
—No he terminado, pequeña bruja.
—Está bien. Sigue, por favor.
—Aquella noche pensé que estaba aceptando una esposa porque necesitaba herederos y porque tú querías cinco mil libras.
Supuse que con eso bastaría para construir un matrimonio, y durante unas horas incluso llegué a pensar que quizá habíamos tenido una suerte extraordinaria al encontrarnos de esa manera tan peculiar.
—Él le sonrió debido a la broma privada—.
Después permití que mi miedo fuese más poderoso que lo que ya empezaba a sentir por ti y destruí nuestra esperanza.
Me marcaste más que la cicatriz de mi mejilla.
Te he llevado en el alma desde que te vi.
—Qué bien lo estás haciendo… Y sin Byron. Estoy orgullosa de ti, Dominic.
Los ojos de Cecily empezaron a llenarse de lágrimas.
El duque apretó sus manos.
—He pasado dos años creyendo que podía vivir sin ti, y ahora sé que solo estaba sobreviviendo.
Regresaste y convertiste mi casa en un hogar, mis silencios en conversaciones, mis obligaciones en proyectos que quiero compartir contigo y mi futuro en algo que ya no puedo imaginar si tú no formas parte de él.
Me has obligado a descubrir que puedo equivocarme, pedir perdón, sonreír sin que nadie muera por el impacto e incluso recitar a Byron sin perder por completo la dignidad.
Cecily soltó una risa temblorosa.
—Oh, Dios… cada vez te amo más. Sigue, por favor.
—No voy a prometerte que seré un hombre fácil porque ambos sabemos que sería mentira.
Seguiré siendo orgulloso, probablemente gruñiré demasiado y habrá días en los que tendrás que recordarme que no puedo resolver todos nuestros desacuerdos dando órdenes.
Pero sí te prometo algo que hace dos años desconocía.
Nunca volveré a expulsarte de mi vida porque ya no puedo ni quiero estar sin ti.
Si discutimos, discutiremos juntos; si te enfadas, esperaré a que dejes de querer asesinarme, y si yo vuelvo a ser un necio, confío en que encuentres una manera poco dolorosa de hacérmelo saber.
—Oh, Dominic…
—Te amo, Cecily —continuó él—. Te amo porque eres generosa, valiente y le has dado sentido a mi vida. Antes de ti yo no era nada. Ahora lo soy todo gracias a ti. Me enamoré profundamente cuando me miraste como si fuese un hombre normal que no tuviese una fea cicatriz en gran parte de su rostro.
—Fue por tu cicatriz por lo que supe que tenías que ser tú. Quería a un hombre extraordinario por fuera y formidable por dentro. No me arrepiento de haber ido aquella noche a buscarte.
Cecily ya no intentaba contener las lágrimas.
Dominic levantó las manos de su dama y se las besó.
—Así que te lo preguntaré como debí hacerlo la primera vez: lady Cecily Westcott, ¿quieres casarte conmigo porque deseas compartir tu vida a mi lado, no porque necesites mi dinero, mi título o mi protección, sino porque me amas a pesar de conocer exactamente el hombre que soy?
—Sí, quiero casarme contigo, amor mío.
Dominic sonrió.
—Gracias a Dios.
Cecily tiró de él y terminó ayudándolo cuando la pierna protestó después de permanecer tanto tiempo doblada. Apenas estuvo en pie, ella le rodeó el cuello y lo besó con una felicidad tan desbordante que Dominic olvidó por completo que había otras personas en la habitación.
Cecily también.
Damian carraspeó. Ninguno reaccionó, por lo que el conde volvió a hacerlo con mucha más fuerza.
Dominic se apartó lo imprescindible para mirar a Harrowmere por encima del hombro de su prometida y le preguntó:
—¿Tienes algún problema?
—Uno bastante evidente. No estáis casados.
Cecily apoyó la frente contra el pecho de Dominic y comenzó a reírse.
—Tiene razón.
—Besarte es lo menos escandaloso que hemos hecho últimamente, ¿o quieres que te recuerde aquella vez en la que te pusiste de rodillas y me…?
—¡Por amor de Dios! —saltó Harrowmere para interrumpir la conversación. Entonces Damian cruzó los brazos—. Hasta que se celebre la boda, la hermana de mi condesa se quedará en esta casa.
El gruñido que salió del duque hizo que Aurelia comenzase a reírse sin control.
Cecily levantó la cabeza y besó de nuevo a Dominic, esta vez con mucha más ligereza.
—Tenemos que interpretar un papel y hacerlo bien por nuestra reputación. Será durante poco tiempo.
—Será insoportablemente largo —la corrigió él.
—Para mí también.
—Me gustará verte sufrir, Blackshow —opinó el Conde Oscuro.
El duque gruñó con fuerza.
—No gruñas, mi querido Duque Siniestro.
Dominic la rodeó por la cintura.
—No soy siniestro.
—No. Ya no.
—Busca otro apelativo para mí. Y pienso descubrir qué demonios es eso de la Pluma Indiscreta .
Cecily sonrió con una inocencia que no lo engañó.
—Eso puede esperar hasta mañana. Es increíble, Dominic, esta vez lo has conseguido. Estamos en Londres, me has puesto a tus pies y lo has logrado sin amenazar a Damian… Estoy muy orgullosa de ti.
—¿Qué? —saltó el conde—. ¿Él me amenazó? ¿Cómo hizo eso? ¿Cuándo?
—No es importante. Fue una tontería —le dijo Cecily al conde.
—Sabía que Blackshow tuvo que haber encontrado tu punto débil para presionarte y que fueses al campo con él tan mansamente, hermana. Ingenioso… Usar al hombre que siempre habías admirado para conseguir tu rendición…
—¡Aurelia! Deberías reprender al duque, no reconocer su valía por lo que fuese que hizo —aportó Harrowmere.
—Olvídalo, amor mío; tú habrías hecho lo mismo por mí. ¿O acaso te resignaste cuando te mandé al infierno? Me presionaste y no te importó hacerlo —le recordó.
—Pero él no debería haberlo hecho con Cecily. Además, no es lo mismo. Él no soy yo —apuntó sin duda alguna Damian.
—¡Hombres! —saltó Aurelia exasperada.
—Deja ya de besarla, Blackshow; ella es tu prometida, no tu esposa.
—¡Yo quiero que me bese y que no se detenga nunca!
—Tengo que salir de aquí. Cuando regrese, no quiero ver a tu prometido en mi casa. ¿Amenazarme a mí? —Damian lo miró con rabia—. Tres semanas de amonestaciones… Y te prometo que serán las más largas de toda tu vida. —Y dicho eso, el conde se dio media vuelta y se fue.
Aurelia suspiró.
—Os dejaré intimidad, no creo que él os permita mucha más. No debiste mencionar lo de la amenaza, Cecily. Conoces a Damian.
—Se me escapó, lo siento.
La condesa salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Los dos se quedaron a solas.
—Me lo has hecho pagar. No te gustó que amenazase a Harrowmere y no podías perdonarme sin más, ¿verdad? —le preguntó el duque.
—No ha sido deliberado, supongo que en mi mente todavía estaba eso ahí y solo… salió sin más. No pienses en él ahora. Tendré que quedarme aquí hasta que todo este lío de la boda esté resuelto. Hazme el amor, Dominic.
—¿Aquí?
—Damian nos vigilará de cerca solo para fastidiarte.
—¿Y de quién es la culpa? ¡Ni una sola vez me planteé que pudieses no haberme dicho la verdad sobre tu edad! De haberlo sabido, nos habríamos fugado a Gretna Green, donde no hay problemas de ningún tipo.
—¿Te habrías ido conmigo a Escocia para que nos casásemos?
—Muy posiblemente sí. El deseo fue lo primero que me atravesó en cuanto te puse los ojos encima. El amor llegó después, como bien sabes. Además, no es como si yo tuviese una larga lista de mujeres interesadas en mí. ¿Cómo habría podido desperdiciar esa oportunidad que me daba el destino?
—Bésame, ámame, te necesito ahora… —le rogó, mientras le quitaba el nudo del pañuelo de la corbata con urgencia.
Y ahí, Dominic no quiso ni pudo contenerse. Se amaron de una manera deliciosa y extremadamente satisfactoria. Al duque le encantó mancillar la estancia de la casa de Harrowmere.
Al día siguiente, la nota que Cecily había escrito para explicarles la situación sobre su matrimonio a sus amigas, salió publicada y causó mucho revuelo entre la alta sociedad.