Epílogo
Un par de recuerdos y una sorpresa
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Los lectores más atentos quizá recuerden que esta columna insinuó, no hace mucho, la existencia de un antiguo vínculo entre lady C.
W. y cierto duque cuya llegada a Londres consiguió resucitar un asunto que llevaba dos temporadas enterrado bajo una discreción poco habitual entre los miembros de nuestra sociedad.
Ha llegado el momento de confirmar que aquellos rumores contenían bastante más verdad de la que entonces podíamos permitirnos comentar.
Lady C. W. ha contraído matrimonio ya con el duque de B.
La boda, celebrada con mayor rapidez de la acostumbrada, aunque respetando de forma escrupulosa las formalidades que exige un enlace de semejante importancia, reunió a un reducido grupo de familiares y amigos.
Quienes tuvieron la fortuna de presenciarla aseguran que la novia estaba muy hermosa y que el novio no apartó los ojos de ella durante toda la ceremonia.
Algunas fuentes, cuya fiabilidad esta cronista no tiene motivos para poner en duda, afirman incluso que el duque sonrió. Más de una vez. Londres va a necesitar unos días para recuperarse de tal muestra de alegría, dado que el Duque Siniestro no acostumbra a sonreír.
Todo parece indicar que la relación entre ambos no nació durante esta temporada ni guarda relación directa con los recientes rumores que vincularon a lady C.
W. con cierto barón de excelente reputación.
El entendimiento entre la dama y el duque se remonta mucho más atrás y habría permanecido en secreto por razones que pertenecen en exclusiva a los interesados.
Respecto al barón de R. , nada puede reprochársele salvo haber llegado demasiado tarde a una historia que había comenzado mucho antes de que él tuviese oportunidad de intervenir en ella, según hemos podido averiguar.
No le queda más remedio que soportar la pérdida con la dignidad que caracteriza a un caballero de su condición.
Esta cronista, sin embargo, no siente demasiada preocupación por su futuro sentimental.
Estamos convencidos de que lord R. encontrará muy pronto a la mujer indicada.
Después de todo, resultaría difícil imaginar que permaneciese soltero durante mucho tiempo un caballero al que tantas damas consideran, con bastante fundamento, el hombre más encantador de Londres.
Volviendo a los recién casados, quienes esperaban contemplar a la duquesa de B.
convertida en la desdichada prisionera de un hombre al que la sociedad ha atribuido asesinatos, crueldades y suficientes pecados como para condenar a media aristocracia, tal vez deban buscar otro entretenimiento.
La nueva duquesa nunca ha demostrado demasiado talento para obedecer órdenes y esta cronista sospecha que el verdadero cautivo de esta historia será su formidable marido.
Por la manera en que el duque de B. contempló a su esposa, después de pronunciar los votos, tampoco parece que tenga el menor interés en recuperar su libertad.
Así pues, Londres pierde a una de sus jóvenes más comentadas y Su Gracia gana una duquesa capaz, según dicen, de conseguir que el hombre más duro de Inglaterra sonría, recite poesía y se comporte de manera casi agradable.
Hay milagros que ni siquiera esta columna se atrevería a explicar.
La Pluma Indiscreta.
Black Manor, unos meses más tarde.
Cecily, después de leer esa nota que siempre recordaba haber escrito con gran cariño, comenzó a mirar la bandeja del desayuno con una desconfianza que Dominic conocía muy bien.
El duque había aprendido a identificar muchas de las expresiones de su esposa desde que se casaron por segunda vez.
Esta última de una manera tan legal que ni Harrowmere, un vicario o todos los abogados de Inglaterra juntos podrían encontrarle una sola objeción.
Sabía cuándo estaba a punto de discutir, cuándo fingía inocencia después de haber cometido alguna travesura y cuándo una idea peligrosa comenzaba a gestarse en esa mente tan audaz que Dios le había dado y que todavía conseguía fascinarlo.
Esa mañana, sin embargo, Cecily parecía estar librando una batalla contra una tostada.
—¿Por qué te gusta tanto leer esa nota? ¿Es porque la escribiste tú?
—Shhhh. No puedes hablar de mi secreto. Además, no la hice yo sola; me ayudaron mis cuatro amigas. Todavía no me creo que Georgiana estuviese presente. No le gusta abandonar el campo. Creo que Aurelia la obligó a ir a Londres para darle más respetabilidad y seguridad a nuestro matrimonio.
—No diré nada, pues. Ni me quejaré de nuevo porque siguieses llamándome Duque Siniestro. ¿Piensas comértela o interrogarla? A la tostada me refiero.
Ella levantó la mirada.
—No me apetece.
Dominic dejó el periódico a un lado.
—Ayer tampoco desayunaste.
—Sí desayuné.
—Dos fresas.
—Eran grandes.
—Cecily, tienes que comer. Sabes que soy un hombre muy vigoroso y es necesario que estés en plena forma para los planes que tengo para ti esta noche.
Ella suspiró, apartó el plato y apoyó una mano sobre el vientre con un gesto tan inconsciente que Dominic dejó de encontrar divertida la conversación. La observó con mucha atención y después contempló el modo en el que su mano acariciaba esa zona de su cuerpo.
Cecily siguió la dirección de sus ojos y una sonrisa comenzó a formarse lentamente en sus labios.
—Pensaba decírtelo esta noche, durante una cena íntima y privada en mi habitación.
Dominic tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Estás…?
—Eso cree el médico. Vino ayer a verme mientras tú supervisabas las obras de la escuela.
—¡Por Dios!
Él se levantó con tanta rapidez que la silla se volcó sobre la alfombra.
Cecily comenzó a reírse.
—No pongas esa cara, mi duque. Pareces aterrorizado. —No mentía. Dominic se había puesto muy serio.
Él rodeó la mesa, se arrodilló junto a ella con algo de esfuerzo debido a la rodilla y apoyó una mano sobre su vientre, aunque sabía que todavía era demasiado pronto para sentir algún movimiento.
—¿Estás bien?
—Mejor que nunca.
—¿Seguro?
—Dominic, no voy a romperme.
—Eso lo decidirá el médico.
—El médico está de acuerdo conmigo.
Él alzó la mirada y Cecily encontró en sus ojos tanta emoción que dejó de bromear. Le acarició el lado izquierdo del rostro, directamente sobre la cicatriz.
—Vamos a tener un hijo —dijo él sin creérselo todavía.
—Así es.
Dominic apoyó la frente contra ella y permaneció así unos instantes. Habían recorrido un camino bastante largo para llegar hasta allí.
La segunda boda había sido preciosa, aunque el duque de Blackshow continuaba considerando que tres semanas completas de amonestaciones fueron una prueba de resistencia que ningún hombre enamorado debería verse obligado a superar.
Harrowmere había insistido en respetar cada formalidad posible después del desastre de la primera ceremonia y, como Cecily se alojaba en su casa, Dominic tuvo que soportar la vigilancia del Conde Oscuro durante interminables días.
Gracias a Dios existían los bailes. Y las terrazas oscuras, que, junto con los gabinetes vacíos, habían demostrado ser muy útiles.
Cecily poseía una inteligencia admirable para encontrar lugares en los que un prometido y una dama podían dejar de comportarse de forma respetable durante un tiempo, y Dominic había descubierto que el peligro de que alguien abriese una puerta mientras su futura esposa tenía las faldas levantadas añadía cierto atractivo a unas semanas que, de otro modo, podrían haber resultado un auténtico tormento.
¡Claro que ella estaba embarazada ya! Él se había esforzado en hacerle el amor muy concienzudamente a pesar de que Harrowmere había complicado mucho las visitas a su casa.
Damian vigilaba a Cecily como si Dominic fuese un desconocido sin escrúpulos que pudiera mancillar a una dama inocente en cuanto nadie mirase, pese a que el conde estaba muy al tanto de que habían vivido como marido y mujer antes de aquella segunda boda.
Gracias a Dios que Cecily siempre encontraba soluciones. Era una de las muchas razones por las cuales Dominic la adoraba.
—Estás sonriendo —observó ella.
Él levantó la cabeza.
—Pensaba en nuestro baile de compromiso.
Cecily lo entendió de inmediato.
—Eres un depravado.
—Tú me arrastraste detrás de aquel biombo en casa de los duques de Ravensholt —le tuvo que recordar.
—Porque Damian llevaba toda la noche mirándonos.
—Y tu solución fue hacer justo aquello que intentaba impedir.
—No nos descubrió.
—El marqués de Rosehaven estuvo a punto.
Cecily hizo una mueca.
—Edmund tiene la desagradable costumbre de aparecer cuando nadie lo necesita.
Dominic se incorporó lo suficiente para besarla.
—Nunca imaginé que echaría de menos esas tres semanas. Fueron muy intensas.
—No las echas de menos. Recuerdas una parte muy concreta de ellas.
—Varias partes muy concretas. No debí dejar que estudiases tan a fondo mi colección privada. Has superado al maestro, mi pequeña bruja.
Ella se rio contra sus labios. Dominic seguía teniendo la mano sobre su vientre.
—Quiero una niña.
Cecily arqueó una ceja.
—¿No necesitas un heredero?
—También. Más adelante. Primero quiero una pequeña Cecily que me haga pagar por todos mis pecados.
—Eso suena a una condena bastante severa.
—He sobrevivido a ti. Estoy preparado para cualquier cosa.
—No estés tan seguro.
Dominic iba a besarla otra vez cuando alguien llamó a la puerta. El mayordomo apareció poco después y anunció que lady Lavinia Marlowe acababa de llegar.
Cecily sonrió.
—Que pase.
El hombre no se marchó.
—Trae equipaje, excelencia.
La sonrisa desapareció del rostro de la duquesa.
Pocos minutos después, Lavinia entró en el comedor. No necesitó explicar demasiado. Su expresión lo hizo por ella.
Cecily se levantó.
—¿Qué ha ocurrido?
Lavinia intentó mantener la compostura.
—Mi padre ha decidido que ya ha soportado suficiente vergüenza por mi culpa, y me ha informado de que no piensa continuar manteniendo bajo su techo a una hija que ha conseguido convertirse en un escándalo sin siquiera tener la decencia de regresar casada después de fugarse.
La duquesa de Blackshow avanzó hacia ella.
—Lo mataré.
—No será necesario.
Dominic se puso en pie.
—Coincido con mi esposa en que se merece algo desagradable.
Lavinia soltó una pequeña risa que estuvo cerca de convertirse en llanto.
—Necesito un lugar en el que quedarme, Cecily.
—Y esta es tu casa —se adelantó Dominic—. Eres más que bienvenida, Lavinia. Puedes vivir en Black Manor todo el tiempo que necesites.
—Gracias a Dios —suspiró la recién llegada. Y a continuación sonrió para tratar de mitigar su tristeza.
—Ven —tomó la palabra Cecily—. Veamos cómo está tu antigua habitación. No sabes lo bien que me viene tu llegada… ¡Voy a ser madre! —exclamó llena de júbilo.
Las dos amigas se abrazaron bajo la orgullosa mirada del duque. Dominic comprendió de inmediato que acababa de asumir la protección de la mejor amiga de su esposa y no le molestó. Lavinia era una joven sensata que no le traería ni un solo problema.
La duquesa acompañó a su amiga hasta sus aposentos y cuando regresó al comedor, su esposo seguía sonriendo.
—¿Qué estás pensando? —inquirió Cecily.
Dominic se levantó y la rodeó por la cintura.
—En una noche en la que llamaste a mi puerta para prometerme que serías una duquesa excelente.
—Y lo he conseguido —expuso con orgullo.
—Has hecho algo muchísimo mejor.
—¿Qué?
Él la besó en la frente.
—Me haces feliz cada día. Me has traído dicha. Fulminaste mi soledad y ahora soy un hombre que valora lo que tiene y da gracias por ello.
Ella sonrió y apoyó la cabeza contra su pecho. Él la abrazó con más firmeza. Se enfrentaría a cualquiera que tratase de arrebatársela.
Black Manor ya no era un lugar silencioso y nunca volvería a serlo. El Duque Siniestro no podía imaginarse una fortuna mayor. Se había convertido en el prisionero de su duquesa.
Fin.