Capítulo 12 #2
Westcott masculló algo que nadie se molestó en escuchar y abandonó la salita después de advertir que esperaba una explicación futura que, por la expresión de Damian, jamás recibiría.
Cecily aguardó hasta escuchar cerrarse la puerta principal de la casa.
—Muy bien. Ahora quiero té.
Aurelia parpadeó un par de veces.
—¿Té?
—Me habéis hecho recorrer medio país con la amenaza de un desmayo, he encontrado aquí a nuestro padre y Damian acaba de insinuar que mi esposo pudo ganarme en una partida de cartas. Necesito té antes de continuar.
—Tú no tomas té. Disfrutas del chocolate.
—Me apetece un té hoy. Sé una buena anfitriona y ordena que preparen un servicio. —Se sentó en el sofá y dio unas palmaditas sobre el lugar que quedaba junto a ella—. Dominic, por favor, tu esposa reclama tu atención. Ven a mi lado, si eres tan amable.
—Será un placer. —Él obedeció de inmediato.
En cuanto él se acomodó, Cecily buscó la mano masculina y entrelazó los dedos con los suyos, otro gesto que tampoco pasó inadvertido para los condes.
Dominic comprendía muy bien lo que estaba dejando claro Cecily con ese movimiento tan audaz.
Su duquesa esperaba algún tipo de amenaza procedente de Harrowmere y acababa de colocarse como un escudo protector.
Una parte de él se moría por señalar que era el esposo quien debía proteger a su mujer y no al contrario.
No obstante, Dominic encontró tan reconfortante sentirse protegido por Cecily que decidió callarse.
Se sentía protegido y amado… porque aquello era amor, ¿verdad?
¡Claro que lo era! Tenía que serlo, pues ella había dicho a viva voz que él era el hombre al que amaba.
No la dejaría retractarse, llegado el caso, porque contaba con numerosos testigos.
Además, después del estallido contra Westcott resultaba difícil interpretarlo de otro modo.
El té llegó mientras todo el mundo seguía en silencio. Los caballeros lo declinaron. Cecily aceptó la taza que su hermana le acababa de servir y tomó un sorbo antes de hablar.
—Comprendo que me habéis tendido una trampa para hacerme regresar a Londres y que el embarazo es real, pero el peligro era una exageración. Ahora quiero saber la verdad de todo el asunto. Todavía siento náuseas por haber tenido que ver a Westcott.
Damian tomó la palabra:
—Aurelia sí está embarazada, eso ya ha quedado claro.
El médico que atiende a Beatrice vino a verla después del desmayo y asegura que tanto ella como el niño se encuentran bien.
Me aproveché de lo sucedido porque quería que regresases y que fuese hoy.
Calculé lo que podrías tardar y convoqué a tu padre aquí.
Supe que la preocupación por tu hermana daría sus frutos.
Hay un asunto urgente que necesitábamos explicarte en persona y que resultaba imposible transmitir por carta.
Cecily dejó la taza sobre el plato.
—Bien, aquí estoy, lista para escuchar —apuntó magnánima.
Damian la miró primero a ella y luego a Blackshow. No sabía cómo proceder.
—No hay una forma sencilla de decirlo, amor mío. Solo… díselo —animó Aurelia al conde.
—Bien, allá voy: vuestro matrimonio no es válido.
Dominic se levantó con tal violencia que Cecily se asustó.
—¡No vuelvas a decir eso! —le gritó en la cara.
Damian no retrocedió a pesar de la furia que veía en el rostro del duque.
—Blackshow, deberías…
—No lo hagas —lo frenó—. No pongas a prueba mi paciencia con algo semejante. Acepta que ella me pertenece. Es mía. Es mi mujer y mataré a todo aquel que tenga el valor de poner en tela de juicio nuestros votos.
Cecily estuvo en un pestañeo detrás de su marido.
—Dominic… —lo llamó en un susurro. Él no la escuchó, continuaba mirando al conde con una ira visceral—.
Dominic, ¡mírame ahora! —le ordenó con firmeza.
Aquello sí consiguió llamar la atención de él.
El duque se dio la vuelta y se concentró en su mujer.
Entonces, Cecily extendió una mano hacia él y el duque la cogió de inmediato—.
Siéntate conmigo y escucha lo que sea que Damian vaya a explicarnos.
Te aseguro que él odia tanto a mi padre como yo, tal vez no más que yo, pero lo detesta con todas sus fuerzas.
Si ha hecho que Westcott ensucie el aire que respira Aurelia, tiene un buen motivo para haberlo traído aquí.
Recuerda que el esposo de mi hermana se arrancaría un brazo por ella.
—Y tú recuerda que, por ti, sacrificaría los dos míos sin dudarlo un instante.
Cecily le sonrió y le dio un ligero beso en los labios.
—Lo sé, de igual modo que Damian sabe que estoy enamorada de ti. Él no me haría enfadar jamás. Ten paciencia.
El duque respiró hondo y trató de tranquilizarse.
—Solo porque tú me lo pides, Cecily.
Aurelia observó fascinada cómo un hombre cuya reputación bastaba para intimidar a media sociedad apretaba la mandíbula, contenía una respuesta demoledora que claramente deseaba lanzar contra Damian y terminaba volviendo a sentarse solo porque Cecily se lo había pedido.
Su hermana le cogió la mano otra vez al duque y él se relajó por completo.
—¿Puedo continuar ya? —pidió permiso el conde.
Dominic seguía furioso, pero asintió.
Aurelia intercambió otra mirada con su esposo.
—Un momento, amor mío. —La condesa regresó la mirada a su hermana y le preguntó—: ¿De verdad lo amas? Sé que lo has dicho, y creo que no nos has mentido, pero necesito saberlo, hermana. ¿Te has enamorado de él?
La interpelada se sorprendió de que ese punto continuase siendo una duda.
—Sí. Lo amo con todo mi corazón.
Ella apretó su agarre sobre la mano masculina y Dominic suspiró embelesado. Incluso estaba sonriendo.
Aurelia dejó escapar una respiración llena de emoción.
—¡Oh, cielos, Damian! Ha ocurrido, mi hermana se ha enamorado.
—Ya lo veo, amor mío, pero eso no cambia las cosas; seguimos teniendo un problema bastante preocupante.
—Es cierto. Tenemos que explicarles esto a los dos desde el principio.
Cecily asintió.
—Hacedlo, por favor.
—Tu boda fue toda una gran sorpresa para nosotros, eso ya lo sabes —comenzó Aurelia—.
Así que Damian tuvo que hacer las averiguaciones pertinentes; ya sabes también, lo protector que es.
Sabíamos hasta dónde podía llegar nuestro padre y pensamos que quizá hubiese existido algún acuerdo previo que tú desconocieras entre él y tu duque.
Tal vez te hubiese apostado, quizá hubiera consentido el matrimonio con Blackshow a cambio de dinero o de la cancelación de alguna deuda y después todos hubiesen decidido ocultártelo.
—No tuve contacto alguno con Westcott. Antes de hoy nunca lo había visto —se reafirmó el duque, mientras trataba de mantener bien sujeto su temperamento.
—Comprendo por qué lo pensasteis —admitió Cecily—. Nuestro padre habría sido capaz de hacer cualquier locura.
—Exactamente. Por eso Damian quiso comprobar si Blackshow había participado alguna vez en una partida con él.
Dominic hizo una mueca.
—Jamás —insistió—. ¿Cuántas veces tengo que negarlo para que alguien me crea?
—Ahora lo sabemos —dijo Aurelia—. Y después de verte con Cecily empiezo a creer que tampoco eres culpable de lo demás. Uhm… creo que debo prescindir de la etiqueta, dado que mi hermana te ama y todo eso. ¿Te importa que lo haga?
—No —apuntó el duque.
—Perfecto —consideró Aurelia—. Haz lo mismo conmigo, te lo ruego.
—¿Hermana? Esto no es una simple charla social —intervino Cecily—. Damian y tú estáis cuestionando la validez de nuestro matrimonio. ¿Puedes centrarte, por favor? ¿De qué creíais que era culpable Dominic?
—Sí. Es cierto —comentó la condesa—. El asunto importante es la validez de tu matrimonio, pues ya ha quedado claro que tu esposo y Westcott no han jugado nunca ninguna partida ni se conocían.
—Bien. Hubo una licencia especial, un ministro de Dios, testigos y una ceremonia. Nos casamos. Todo fue perfectamente adecuado.
—Así fue —aportó Dominic.
—No podías casarte legalmente de ese modo, Cecily —tomó la palabra el conde.
La dama frunció el ceño.
—Claro que podía. La licencia especial permite mayor libertad sobre ciertos asuntos, como el hecho de poder casarse donde uno decida y sin que se lean las amonestaciones.
—No tenías edad suficiente, hermana —le explicó con suavidad la condesa.
Ella miró a Aurelia como si acabara de decir una gran estupidez.
—La licencia precisamente evitaba los problemas habituales.
—No ese.
Cecily volvió la cabeza hacia Dominic, pues esperaba que él contradijese a Aurelia. Su marido no tenía buen aspecto. ¿Habría comido algo en mal estado? ¿Y por qué negaba con la cabeza sin parar mientras trataba de controlar la respiración?
—¿Dominic? —le pidió ayuda.
El duque, que comenzaba a comprender la magnitud de la cuestión, tomó una larga bocanada de aire y buscó una calma que no sentía en absoluto.
—Cecily —dijo con infinita paciencia—, me dijiste que tenías veintiún años.
Ella parpadeó un par de veces desconcertada.
—Aquello fue una mentira piadosa.
El duque cerró los ojos.
—Dios de los cielos…
—¿Qué? No puedes enfadarte por eso ahora que hemos superado todos los grandes problemas que arrastrábamos. Creí que era importante para ti. Preguntaste mi edad y dijiste que esperabas que tuviese veintiún años, así que confirmé lo que querías escuchar.
Dominic se llevó una mano a la frente. ¡Esto era una pesadilla! ¿Cuándo se acabarían las pruebas del destino?
—No era una preferencia personal, mi pequeña bruja.
—¿Entonces qué era?
Él bajó la mano.
—Veintiún años es la edad a partir de la cual podías casarte sin el consentimiento de tu padre.
Cecily negó lentamente con la cabeza.
—Pero teníamos una licencia especial —insistió.
—No cambia ese requisito. Es la ley.
—Hubo un hombre de Dios y testigos. Yo consentí en casarme contigo. Recité mis votos matrimoniales y los de consumación ante ti. No los he roto. Eso tiene que contar para algo.
Dominic apretó su mano.
—Lo sé.
—Entonces nos casamos. ¡Estamos casados! —se reafirmó.
La resistencia desesperada que comenzaba a aparecer en la voz de Cecily le partió el corazón.