Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

El problema de las mentiras piadosas

El regreso a Londres tuvo poco que ver con la primera salida de Cecily hacia Black Manor.

La otra vez había abandonado la ciudad preparada para una batalla, acompañada por Lavinia y decidida a demostrarle a su esposo que podía cumplir con todas las obligaciones de una duquesa sin entregarle nada que él no se hubiese ganado antes.

Las cosas eran muy diferentes en ese momento, pues regresaba sentada frente a Dominic en el carruaje, llena de júbilo.

Incluso lo buscaba con la mirada cada pocos segundos.

Se había convertido en alguien todavía peor que Aurelia, porque su hermana no podía dejar de contemplar a Damian.

Resultaba extraño recordar cuánto había deseado estrangularlo tiempo atrás.

Dejaron primero a Lavinia en su casa. Su amiga prometió acudir más tarde a visitar a Aurelia, una vez que hubiese comprobado que su padre no había acabado muerto a causa del alcohol. La despedida fue breve, de modo que no tardaron en continuar hasta casa de Harrowmere.

Cecily subió los escalones con suficiente preocupación por su hermana como para no reparar demasiado en el silencio de Dominic.

Él sí había empezado a sentir una incomodidad difícil de explicar desde que el mayordomo los recibió con una expresión muy seria y los condujo hacia una salita privada sin necesidad de preguntar a quién deseaban ver.

Encontraron allí a Aurelia perfectamente erguida en un sillón, sin rastro alguno de la mujer debilitada que Cecily había imaginado durante buena parte del viaje.

Damian permanecía de pie junto a la chimenea y un tercer hombre ocupaba una silla cercana a la ventana. Cecily gruñó nada más reconocerlo.

—¿Qué hace él en esta casa?

El conde de Westcott, el padre de Cecily y Aurelia, giró la cabeza hacia su hija menor y tuvo la desfachatez de parecer indignado, como si fuese él quien se acabase de encontrar con una presencia desagradable.

Aurelia tampoco parecía muy satisfecha con la compañía de su padre, mientras que Damian conservaba una calma que rara vez perdía.

Dominic sintió cómo se le tensaba el cuerpo entero. No sabía qué pretendía Harrowmere, pero comprendió de inmediato que aquella carta no había contado toda la verdad. Estaba claro que el denominado Conde Oscuro había utilizado una treta para hacer que Cecily regresase a casa.

Aun así, decidió contenerse. Sabía que para su mujer la familia era importante y haría un esfuerzo por llevarse bien con Harrowmere.

Además, sospechaba que atacar al esposo de Aurelia, cuando todavía no habían transcurrido ni treinta segundos desde que puso un pie en ese lugar, no lo dejaría en buen lugar.

—Estoy bien —se apresuró a explicarle la condesa cuando Cecily se acercó a ella—. Antes de que empieces a enfadarte, sí estoy embarazada y sí sufrí un desmayo, pero el médico me ha visitado y asegura que no existe ningún motivo de alarma.

Cecily la miró con incredulidad.

—Entonces, Damian me ha hecho regresar a toda prisa por una mentira que incluye la presencia de él —señaló a su padre con el dedo.

—No mentí, solo exageré un poco —la corrigió el Harrowmere.

—Te mataré después, y puede que no esté exagerando —lo amenazó la duquesa.

—Tienes más carácter del que me imaginaba —murmuró Westcott.

Cecily volvió la cabeza hacia su padre y no escondió su rabia cuando le dijo:

—Nadie te ha pedido que intervengas. Harás bien en no hacerte notar. Una sola palabra mía y mi esposo te explicará un par de cosas. Y utilizará los puños para hacerlo.

Dominic se tragó una sonrisa. Sentía una gran satisfacción que probablemente no debería.

Ah, pero a diferencia de Harrowmere, su esposa no acababa de exagerar.

Una orden suya y le daría su merecido a Westcott.

Y como el padre de Cecily lo miró de inmediato para que el duque dijese algo al respecto, Dominic tuvo que hacerlo:

—Mi duquesa no miente. Podría utilizar los puños si me lo pide. En realidad, ardo en deseos de hacerlo. —Y no mentía. Dominic era muy consciente de cuánto había sufrido su mujer a causa de ese hombre.

Cecily se irguió llena de gran placer en cuanto su padre se encogió frente al duque. Siempre había sabido que casarse con alguien como Blackshow sería lo más eficaz para darle su merecido al verdadero villano de su vida.

Damian carraspeó.

—Westcott está aquí porque necesitábamos aclarar una cuestión relacionada con tu matrimonio, Cecily.

El duque dejó de encontrar divertida la situación.

—¿Qué cuestión? —intervino Dominic de inmediato.

Harrowmere le sostuvo la mirada.

—Es un asunto familiar.

—Tiene que ver con mi duquesa, por lo tanto, me incumbe, Harrowmere —se plantó el duque.

—Por favor, Damian… —le pidió tranquilidad Cecily.

—Muy bien —le concedió el conde a la hermana de su esposa. A continuación, regresó la mirada a Dominic para preguntarle—: Necesitaba saber si tú y Westcott habíais tenido algún acuerdo previo relacionado con Cecily.

Dominic frunció el ceño.

—No entiendo de qué estás hablando.

—Le he preguntado a Westcott si alguna vez apostó a su hija menor en una partida en la que tú estuvieses presente —dijo sin dilación. No había forma de adornar la cuestión y no intentó minimizarla.

La sorpresa de Dominic se transformó tan deprisa en indignación que Cecily sintió cómo se tensaba junto a ella.

—¿Me estás preguntando si gané a mi esposa en una mesa de juego? Te enfrentaste a mí en una partida privada hace años, ¿acaso hubo algo más que dinero sobre la mesa o te induje a pensar que no tenía moral?

—Estoy intentando averiguar qué ocurrió antes de vuestra boda.

—Jamás participaría en algo tan despreciable —se defendió de inmediato el duque.

Westcott emitió un sonido desde su asiento y a continuación dijo:

—No hace falta adoptar ese tono de indignación. Algunos acuerdos se hacen durante una partida sin que después resulte sencillo recordar todos los detalles. Es algo que se hace constantemente. A Harrowmere le salió bien.

La mirada glacial del conde se posó sobre el padre de Aurelia.

—Y tienes suerte de que saliese bien, porque, de otro modo, podrías estar en Australia haciendo trabajos forzados —le recordó Damian.

Westcott se puso rojo.

—No sé por qué te ofendes tanto, Harrowmere. La chica se casó contigo con los ojos cerrados y te dio respetabilidad. Sé que todavía no te ha dado un muchacho, pero lo hará esta vez. Y siempre puedes utilizar bien a tu hija. A mí me funcionó.

—No estamos aquí para hablar de mi pasado —terció Aurelia al ver que su esposo se disponía a ir en dirección a su padre. Se puso delante de su marido para calmarlo—: Damian, Cecily es lo que importa. Por favor, no te pelees con Westcott, no merece la pena —le tuvo que recordar.

La aludida intervino antes de que la conversación desembocara en una pelea:

—¿Puede alguien explicarme qué tiene todo esto que ver con mi matrimonio?

Damian levantó una mano para pedirle paciencia.

—Westcott ha reconocido que hubo ocasiones en las que apostó estando demasiado borracho como para recordar después todas las condiciones o a quienes lo acompañaban en la mesa de juego.

No podía asegurarme que Blackshow no hubiese participado en alguna de aquellas partidas o que no hubiese existido algún tipo de acuerdo respecto a ti.

Por ese motivo te hice regresar y convoqué a tu padre aquí, para que viese a Blackshow. Ya intuía que él te acompañaría.

—No recuerdo haber jugado nunca contra él —intervino Westcott mientras estudiaba a Dominic—. Recordaría una cicatriz tan horrenda como esa aunque hubiese estado ebrio.

El silencio duró apenas un instante. Cecily dio un paso hacia su padre con tal rapidez que el duque no logró detenerla.

—Tú sí que eres un ser pérfido. Horrendo, repugnante y desagradable, y no estoy hablando de tu aspecto. Mi esposo tiene más honor en la uña de su dedo meñique que tú en todo el cuerpo, así que vuelve a insultar al hombre que amo y te… te… te…

Se quedó sin amenaza. Dominic sintió que el pecho se le llenaba de un orgullo tan desproporcionado que casi olvidó que estaban en mitad de una conversación preocupante.

—Yo lo mataré por ti, mi pequeña bruja —se ofreció con total tranquilidad—. ¿Quieres que lo haga ahora?

Cecily volvió la cabeza hacia él.

—No hace falta. Terminar de ese modo con su sufrimiento me parecería demasiado sencillo.

—Como quieras.

—No he venido aquí a ser insultado por… —Westcott se calló de inmediato cuando Blackshow y Harrowmere alzaron, simultáneamente sendas cejas.

Sobraría decir que, ante el arrebato de Cecily, lord y lady Harrowmere habían intercambiado una mirada muy cómplice. A la pareja no le había pasado desapercibido que la hermana de Aurelia acababa de declarar a los cuatro vientos que amaba al duque.

—¿Qué hacemos, Damian? —le preguntó Aurelia a su marido.

—Lo has escuchado tan bien como yo. Lo ama, y cuando tu hermana toma una decisión…

—Lo sé, amor mío, pero…

—Sí. Lo sé también. ¿Cómo quieres proceder a partir de aquí, Aurelia?

—Creo que es hora de que Westcott se marche de aquí y, con un poco de suerte, puede que no tengamos que volver a verlo jamás.

—¿Aurelia? —intervino Cecily porque Damian y su hermana parecían estar hablando en un idioma secreto que nadie más que ellos entendían.

—Un momento, hermana. Te lo explicaremos todo en un momento, pero antes… —Aurelia miró a Damian y él asintió.

—Ya has escuchado a mi condesa, Westcott —le dijo el conde al padre de su mujer—. No te necesitamos, así que ahora vete.

El padre de ambas damas miró a unos y otros, evidentemente molesto por ser expulsado justo cuando empezaba a comprender que estaba ocurriendo algo importante.

—Soy el padre de Cecily, el conde de Westcott. No puedes llamarme y luego despacharme como si fuese un perro —le ladró a Harrowmere.

—Ese parentesco nunca te ha preocupado demasiado. Oh, sí: para tratar de vendernos, lo olvidaba —intervino Aurelia—. No empieces a darte un valor del que careces. Vete de mi casa o mi esposo te sacará a rastras, padre.