Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 10 #4
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Capítulo 10 #4

—No la perdí, como puedes comprobar, pero pasé meses inmóvil y se temió por mi vida.

Hubo férulas, correas, médicos discutiendo sobre cuánto movimiento podía permitirse y un dolor lo suficiente intenso como para que cualquier otro problema dejase de parecer urgente.

Incluida mi esposa. Después llegó la recuperación y nadie podía asegurarme si volvería a caminar sin ayuda.

—¿Y no pudiste haberme avisado?

—¿Después de cómo te traté? Cecily, era fácil imaginar que habrías estado junto a mí, rezando para que Dios te convirtiese en viuda pronto.

—Oh, tu humor es tan perverso, Dominic. Volveré a perdonarte esa observación porque no me conocías en absoluto.

—No pude tragarme mi orgullo y confesarte que había cambiado de opinión menos de ocho horas después de echarte de mi casa. En especial, porque las secuelas de aquella caída parecían ser más alarmantes que una cicatriz. ¿Satisfecha?

—Lo que dices tiene sentido. Pero no. No estoy satisfecha con tu proceder ni con tu reconocimiento. Tu orgullo ha participado demasiado en nuestro matrimonio.

—No voy a discutirte eso.

—No olvides la testarudez —le recomendó Cecily.

Dominic volvió a apoyarse contra el escritorio y suspiró derrotado.

—Cuando empecé a recuperarme, habían pasado meses y para entonces me había convencido de que quizá las cosas estuvieran mejor como estaban.

Nunca he tenido una opinión generosa sobre mis encantos físicos y la posibilidad de quedarme cojo no mejoraba el conjunto.

Una cicatriz, un carácter desagradable y una pierna posiblemente inútil convertían al duque de Blackshow en un partido todavía más cautivador —ironizó.

—Tu cojera apenas se nota —observó ella.

—Ahora. Entonces no sabía si volvería a caminar sin bastón y aquello me proporcionó otra excusa para convencerme de que debía dejarte en paz.

Además, tú tampoco regresaste, no me escribiste ni diste ninguna señal de que quisieras saber qué había sido de mí, así que utilicé tu silencio para confirmar todo lo que ya deseaba creer.

Cecily abrió mucho los ojos.

—¿Y cómo demonios iba a saber que el hombre que me había mandado al infierno esperaba que fuese yo quien provocase algún acercamiento?

Me arrojaste dinero como si hubieses pagado por acostarte conmigo, me echaste sin explicarme nada y amenazaste con sacarme tú mismo de tu casa si no te obedecía.

¿Qué querías que hiciese, que regresara a la mañana siguiente para preguntarte si habías dormido bien?

—No, por supuesto que no.

—Me hiciste muchísimo daño —recordó con tristeza.

Dominic se acercó despacio a su esposa.

—Lo sé.

—¿Y si me hubiese quedado embarazada aquella noche, Dominic?

Él se detuvo.

—Cecily…

—Quiero saberlo. ¿Habrías pensado que el hijo tal vez no fuese tuyo?

Dominic guardó silencio el tiempo suficiente para que ella comprendiese que no iba a ofrecerle una mentira piadosa y se preparó para escuchar lo peor.

—Valoro la honestidad por encima de todo. Eso ya lo sabes. Bien, te lo diré: tal vez al principio habría dudado porque soy un hombre muy desconfiado.

Cecily bajó los ojos.

—Es cierto que eres letalmente sincero.

—Pero aquello no habría sido el final para nosotros.

Cecily, mírame. —Ella obedeció y Dominic le sostuvo las manos entre las suyas—: Te habría conocido.

Quizá habría tardado más de la cuenta porque soy un estúpido sin remedio y hace dos años lo era todavía más, pero habría terminado viendo quién eres en verdad.

Habría descubierto cómo proteges a Aurelia, cómo defiendes a Lavinia, cómo puedes enfrentarte a mí sin sentir el menor miedo.

Eres tan valiente e increíble… Yo habría acabado entendiendo que la deslealtad no forma parte de ti.

Cecily tragó saliva con dificultad.

—¿Y nuestro hijo?

—Lo habría amado con todo mi corazón. Te lo juro por la tumba de mi hermana.

Tal vez me habría costado llegar hasta ti y quizá hubiese cometido algunos errores más antes de conseguirlo, porque ya sabes que puedo ser muy torpe cuando hay sentimientos implicados, pero habría encontrado el camino para amarlo a él y a ti.

Sé que tú no te habrías rendido conmigo tampoco.

No lo hiciste cuando me presenté en Londres.

Cecily dejó escapar una respiración temblorosa.

—Lo hicimos todo tan mal.

—Sí.

—Dos años, Dominic. Has tardado dos años en dar un paso y solo porque hubo rumores sobre mí y Rivington.

¿Y si no hubiese aparecido nada publicado?

No estaríamos aquí —se lamentó. Cecily se lo imaginó entonces aislado en Black Manor mientras leía aquellos artículos que escribió la competencia de la Pluma Indiscreta —.

Dios mío. Lo que debiste pensar que yo estaba haciendo con Rivington…

Bueno, sé exactamente lo que pensaste porque no tuviste el menor reparo a la hora de hacérmelo saber —lo acusó.

Dominic bajó la mirada lleno de vergüenza.

—Celos, Cecily. Sentí unos celos tan terribles que apenas podía respirar y que me emponzoñaron por dentro. Imaginé que aquel hombre había conseguido lo que yo había perdido por mi propia estupidez y no soporté la idea. Estaba herido y te ataqué sin compasión.

—Mi pobre Duque Siniestro…

—Mi pequeña bruja perseverante siempre dispuesta a hacerme entrar en razón.

No te preguntes lo que habría ocurrido si no hubiese leído lo que el periódico insinuaba.

Lo que a mí me perturba es lo que habría sucedido si no me hubieses dado una oportunidad.

No conocía otro método más efectivo que el de ordenar y exigir para tratar de doblegarte.

¡Dios santo! Eso suena todavía peor cuando lo digo en alto.

No quería someterte; es más, dudo mucho que algún hombre pudiese llegar a conseguir tal hazaña, lo que necesitaba era que vinieses conmigo a Black Manor y lo hicieses rápido.

Tenía dudas sobre si Rivington había logrado cautivarte y no vi otra solución más que la de apartarte del problema lo antes posible.

¿Elegirlo a él frente a mí? No creo que nadie tuviese dudas sobre tal elección.

Por ese motivo te presioné, aunque no estoy satisfecho con el modo en el que me comporté.

—¿Entiendes ahora el motivo de mi larga lista de condiciones, Dominic? No quería estar contigo solo por la obligación que ambos contrajimos. No se me ocurrió nada mejor que un cortejo para obligarte a salir de ese caparazón duro y orgulloso que sospecho que siempre te ha recubierto.

Cecily levantó una mano y volvió a tocarle la mejilla. Dominic inclinó el rostro contra su palma.

—Lo siento —dijo él—. Lo siento por aquella noche, por no creerte, por hacerte sentir como si hubieses vendido tu cuerpo por cinco mil libras y por permitir que mi orgullo y mis inseguridades decidieran por nosotros.

No puedo cambiar lo que hice, pero puedo asegurarme de no repetirlo.

Quédate conmigo y luchemos juntos por nuestro futuro. Superemos el pasado y seamos felices.

Cecily mantuvo la mano sobre su rostro y le sonrió.

—Lord Byron es un aprendiz a tu lado, pues acabas de superarlo de un modo admirable.

Cuando lo besó, no hubo desesperación ni necesidad de convertir el momento en una reconciliación grandiosa.

Fue un beso largo, íntimo y tranquilo, mucho más parecido a una promesa que a la batalla con la que habían comenzado su matrimonio.

Permanecieron abrazados durante un rato hasta que Cecily se separó y dirigió la mirada hacia un lugar muy concreto.

Dominic reconoció de inmediato la curiosidad que apareció en sus ojos.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—No hace falta.

Cecily se acercó al mueble, giró otra vez la llave y recuperó uno de los volúmenes mientras él la contemplaba con suma atención.

—Después de todo lo que acabo de descubrir sobre tu educación, considero justo que me permitas beneficiarme de ella.

—No creo que necesites más ideas.

—Siempre se necesitan más ideas.

Pasó varias páginas mientras Dominic permanecía detrás de ella, resignado ya a que su colección privada hubiese dejado de serlo para siempre, hasta que Cecily se detuvo ante un grabado que mostraba a una mujer arrodillada entre las piernas de un hombre mientras lo complacía con la boca.

El silencio de su esposa se prolongó lo suficiente como para que él comprendiese que había encontrado algo de lo más interesante. El duque se tensó de inmediato. Hasta un tipo como él sabía que había determinadas cosas que una dama no debía llevar a cabo… ¿no?

—Cecily…

Ella levantó la vista con una expresión cargada de curiosidad.

—Podríamos probar una cosa nueva.

—No tienes que hacerlo.

—Sé que no tengo obligación de hacerlo, pero quiero hacerlo.

—Dios… Cecily, serás mi ruina…

—¿Me lo prohibirás?

—¿Yo, prohibirte algo a ti? ¿En qué mundo me permitirías semejante acción?

—Ah, veo que estás aprendiendo, mi Duque Siniestro. Ahora, si fueses tan amable de bajarte… ¡Oh, cielos! —exclamó cuando lo vio comenzar a luchar contra la presilla de sus pantalones a toda prisa.

—No se dirá nunca del duque de Blackshow que no cumple fervientemente las indicaciones de su esposa. Me sacrificaré por tu curiosidad.

Cecily soltó una carcajada y se relamió los labios. Iba a ser una interesante jornada. Había un par de cosas que iba a poner en práctica.

Y así fue como Dominic comprendió que jamás habría podido encontrar una mujer más adecuada aunque hubiese dedicado toda su vida a buscarla.

Si alguna vez se topase con lady Helena Fawcett, tendría que darle las gracias por haber huido, porque sin aquella fuga, Cecily jamás habría aparecido en su puerta para trastocar su existencia ordenada, silenciosa y miserable, una que, hasta entonces, había confundido con una vida aceptable.

Dios… ¡Qué mujer!