Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—No lo creo. Solo sé que nunca quise pagar a una mujer para descubrir si podía soportar que la tocara, ni me interesaba buscar una amante que fingiese olvidar mi aspecto porque llevaba una corona ducal imaginaria sobre la cabeza.

Y antes de que menciones el dinero que te di la noche de bodas, permite que te recuerde que tú ya eras mi esposa, así que aquello fue diferente.

En fin, la abstinencia me pareció una solución bastante más digna y segura debido a las enfermedades que existen.

Eso sin olvidar que los métodos que previenen un embarazo no son seguros.

No podría soportar condenar a un niño al ostracismo por haberlo tenido fuera del matrimonio.

Supongo que la cicatriz facilitó el celibato y mi carácter encantador —arrastró la palabra— terminó de asegurar el resultado.

—Tu carácter ha debido ser siempre un problema mucho más serio que la cicatriz, es cierto.

—Gracias por confirmar mis sospechas.

—Tú me pediste sinceridad durante nuestros votos privados y siempre te la ofreceré.

—Sí, ya sé que no refrenarás tu lengua porque eres una mujer peculiar. Poco te importa que yo sea un duque huraño y sin paciencia.

Cecily se acercó hasta detenerse frente a él y le sonrió.

—Empiezas a interpretar bien nuestra situación. ¿Sabes que te dije que no debíamos hablar del pasado hasta que fuese el momento adecuado?

—¿Y ese momento acaba de llegar? —se aventuró a conjeturar.

—Sí. Tú fuiste, eres y serás el primer hombre para mí, Dominic. —La tensión apareció de nuevo en las facciones del duque. Ella no iba a retroceder ni un solo paso—. Quiero saber por qué me echaste aquella noche de tu cama, de tu casa y de tu vida.

Él apartó la mirada.

—No volvamos a eso.

—Tenemos que hablar sobre ello si pretendemos dejar a un lado el pasado.

—No vamos a conseguir nada bueno removiéndolo ahora. No quiero que las cosas se estropeen entre nosotros. Te lo ruego, olvida lo que sucedió y sigamos adelante.

—No puedo hacer lo que me pides, Dominic. Llevo dos años intentando averiguar qué hice para que pasaras de abrazarme a tratarme como si te hubiese engañado de la peor forma posible.

El duque dio un paso hacia la ventana, pero Cecily lo siguió de inmediato. No iba a escapar de esa conversación.

—No quiero hablar de eso.

—Y yo no pienso permitir que vuelvas a decidir por mí. Esa era una de mis condiciones, por si la has olvidado.

—No he olvidado ninguna de tus condenadas condiciones.

—Entonces cúmplela.

Él permaneció varios segundos de espaldas a ella antes de girarse.

—Creí que me habías mentido.

—Eso ya lo sé. Creíste que era una mentirosa. Bien, quiero saber por qué.

Dominic apretó la mandíbula y Cecily comprendió que estaba buscando las palabras adecuadas.

—Porque no sangraste cuando te reclamé en mi lecho.

Aunque Cecily ya conocía la explicación, escucharla de sus labios le provocó una punzada dolorosa en el corazón.

—Así que mis sospechas se confirman… —dijo, aliviada y molesta a partes iguales.

Él frunció el ceño.

—¿Lo sabías?

—Lo sospechaba desde antes de venir aquí, sí. A lo de peculiar, añadiremos que soy una mujer inteligente.

Él se pasó una mano por el cabello.

—¿Lo sabías y has esperado todo este tiempo para decirme lo que sospechabas?

—Quería que fueras tú quien me explicase qué ocurrió.

Había otros motivos por los que pudiste comportarte de ese modo tan abominable.

Las cinco mil libras que te exigí, el hecho de que te tocase y besase la cicatriz…

—Se quedó un momento pensativa—. Ninguna de esas dos cosas era tan importante como el hecho de que no hubo sangre durante la consumación del matrimonio, por fin lo veo.

Además, ya me habías despejado algunas dudas al respecto, pero no pensé que fuese por eso…

Tenía la esperanza de que hubiese algún otro motivo.

—Para mí aquello significaba que me habías mentido sobre algo que consideraba importante. Acabábamos de hablar de sinceridad y te había dicho que podía soportar muchas cosas, pero no una mentira. Después vi que no había ni rastro de sangre por ninguna parte y…

Cecily cruzó los brazos.

—Resulta bastante hipócrita que la sociedad anime a los caballeros a convertirse en hombres de mundo mientras exige que las damas lleguemos al matrimonio sin conocer siquiera nuestro propio cuerpo.

Vosotros podéis acumular experiencia y presumir de ella; nosotras debemos ser recatadas, ignorantes y, al parecer, incluso proporcionar una prueba física que satisfaga las expectativas de los maridos.

—Las cosas son así, Cecily.

—Lo sé bien. Del mismo modo, comprendo que vivimos dentro de una sociedad y formar parte de ella exige aceptar unas normas que muchas veces son injustas.

Lo que me sorprende es que tú, que jamás habías estado con una mujer, dieses por hecho que sabías exactamente cómo debía reaccionar mi cuerpo.

Podía soportar que no me creyeses, porque, a fin de cuentas, no me conocías, pero…

Dominic aceptó el golpe sin defenderse.

—Ya no me importa —la cortó.

Cecily lo observó con muchísima atención.

—¿Qué no te importa?

—Lo que hubiese ocurrido antes de que yo llegase a tu vida.

Durante mucho tiempo pensé que no eras virgen y convertí esa idea en el centro de mi resentimiento, pero en algún momento dejó de importarme.

Bueno… en realidad, mi enfado fue más por la mentira que por el hecho de que no fueses una mujer pura.

—¿Seguro? —preguntó ella, al tiempo que arqueaba su delicada ceja.

—Me molestó más la mentira, eso es cierto, y tienes que creerme, aunque admitiré que el hecho de que otro hombre te hubiese tocado mientras yo no había estado con ninguna mujer, me hizo hervir la sangre.

Yo sin experiencia y mi mujer sabiendo lo que era la intimidad… Mi orgullo sufrió un duro golpe.

—Ya lo creo que debió ser así. Me trataste de una manera que…

—Sí, lo recuerdo perfectamente. Por favor, no lo menciones.

Aquello la desconcertó, porque su marido se veía muy abatido y triste. Avergonzado también.

Dominic apoyó las manos sobre el escritorio y la miró con franqueza.

—Sé qué clase de hombre soy y no necesito que me recuerdes mis defectos.

Soy exigente, orgulloso, desconfiado, tengo un carácter complicado y he pasado buena parte de mi vida convencido de que estar solo era más sencillo que permitir que otra persona tuviera poder para herirme.

Primero fue mi aspecto, después una prometida que prefirió huir antes de casarse conmigo y al final apareciste tú.

Hasta que regresaste conmigo a Black Manor no había comprendido la magnitud de mi soledad.

—Dominic… —Lo veía tan mal que deseaba abrazarlo y consolarlo.

—Ahora sí lo sé —continuó él—, porque ya no puedo imaginarme en esta casa sin escucharte, sin verte entrar aquí para hablarme sin titubear sobre cualquier asunto o sin encontrar alguna de tus cosas donde antes no había absolutamente nada.

Me estoy enamorando de ti y eso me aterra, porque siempre he pensado que amar a alguien significa entregarle el poder de la destrucción. Si me abandonas, me destruirás, Cecily.

La duquesa dio un paso hacia él y apoyó la mano sobre el lado izquierdo de su rostro, dejando que la palma cubriera parte de su cicatriz.

Dominic no cerró los ojos. La contemplaba mientras ella lo miraba con una expresión que se parecía mucho al afecto, a la preocupación y a la ternura.

—Mi Duque Siniestro… Una mujer no puede entregarle su cuerpo a un hombre sin dejar que una parte de ella se quede con él.

Yo no habría ido a buscarte para ofrecerme a ti si hubiese estado con otro caballero previamente.

Sé que nunca lo habría podido olvidar, tal y como me sucedió contigo durante el tiempo en el que estuvimos separados. Tengo que contarte algo —dijo ella.

Dominic dejó escapar un suspiro.

—No necesito saber nada, solo que no te irás.

—Escúchame y entiéndeme, Dominic. Sé que eres un hombre que cree en lo que sus ojos ven.

No me ofende que todavía no me creas del todo, pues, aunque no lo hagas, sé que estás dispuesto a olvidar lo que sucedió.

Verás, mantuve una reunión con Aurelia, Beatrice y Lavinia para confesar que estaba casada contigo.

Tuve que explicarles todo lo que ocurrió aquella noche para que nos separásemos y…

—Por amor de Dios… Es un milagro que Lavinia no me odie con todas sus fuerzas y que tu hermana no me recibiese pistola en mano.

—Escúchame, por favor.

—Sigue —la animó.

—Llegó un punto durante la reunión en el que Beatrice convocó a Rosehaven y yo tuve que explicarle cómo resultó la consumación de nuestro matrimonio.

Dominic abrió mucho los ojos.

—¡Cecily!, no sé si podré seguir escuchándote.

—No es lo que estás pensando.

—Por favor, no me digas que Rosehaven conoce todos los detalles.

—No hubo nada sórdido. Necesitaba saber qué había hecho mal y mis amigas intentaban ayudarme a averiguarlo, así que recurrimos a un hombre porque vosotros entendéis mejor estas cosas que nosotras.

—Al menos no fue Harrowmere…

—Oh, no. Yo sabía que no podía decirle a Damian la verdad sobre lo sucedido o tú estarías enterrado hace tiempo.

Él suspiró.

—Sigue. ¿Qué ocurrió con Rosehaven?

—Verás, el médico que atiende a Beatrice es amigo del marqués desde la infancia —prosiguió Cecily—.

Estudió medicina en Edimburgo y, por lo visto, durante años le habló de toda clase de asuntos relacionados con anatomía y enfermedades.

Rosehaven confesó que prestaba especial atención cuando la conversación versaba sobre el cuerpo femenino.

Dominic asintió.

—Eso sí me lo creo.