Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

Cuando el corazón se implica

Durante las dos semanas siguientes, Black Manor adquirió una normalidad que ninguno de los dos se había imaginado cuando llegó.

La tensión no desapareció por completo, todavía quedaban asuntos que resolver, sin embargo, disfrutaban pasando tiempo juntos.

Desayunaban el uno en compañía del otro casi todas las mañanas, coincidían a menudo en la biblioteca, salían a caballo cuando el tiempo lo permitía y algunas tardes terminaban conversando más de lo previsto sobre las tierras, los arrendatarios o cualquier cuestión del hogar.

Era un matrimonio que estaba funcionando a las mil maravillas.

También compartían la cama, aunque Cecily se había asegurado de que Dominic comprendiese que esa intimidad no podía convertirse en una obligación exigida por la rutina.

Algunas noches él llamaba a su puerta y esperaba a que ella le permitiese entrar; otras era Cecily quien atravesaba la galería que separaba sus aposentos y aparecía en los suyos con una naturalidad que lo sorprendía.

Habían descubierto que el deseo resultaba mucho más agradable cuando ninguno intentaba utilizarlo como un arma.

Esa tarde, Cecily entró en el despacho de su marido después de golpear dos veces con los nudillos sobre la puerta entreabierta.

Nadie respondió y, cuando asomó la cabeza, comprobó que Dominic no se encontraba allí.

Había ido a buscarlo para preguntarle por unas reparaciones que necesitaban varias casas cercanas al límite oriental de la propiedad, pero decidió esperarlo al ver sobre la mesa su taza todavía tibia y varios documentos abiertos, pues eran señales inequívocas de que no debía de haberse alejado demasiado.

Ya no se sentía una intrusa en su despacho.

Durante los primeros días había entrado solo cuando resultaba necesario y se había divertido recordándole que una de sus condiciones le permitía hacerlo, pero con el paso del tiempo esa estancia había terminado formando parte de la vida cotidiana que estaban construyendo juntos.

Allí había discutido con él sobre gastos de la finca, descubierto que Dominic conocía por su nombre a más arrendatarios de los que esperaba y comprobado que detrás de aquel hombre empeñado en mostrarse indiferente existía un duque mucho más atento de lo que su reputación sugería.

Mientras esperaba, se acercó a las estanterías y recorrió los lomos de algunos libros.

Dominic poseía tratados de agricultura, economía, política y administración suficientes como para aburrir a cualquiera durante varias vidas, pero también había novelas y algunos libros de viajes que Cecily no había esperado encontrar.

Fue al agacharse para examinar una balda inferior cuando reparó en dos pequeñas puertas de madera integradas en el mueble, tan bien disimuladas que hasta entonces no les había prestado atención.

La llave estaba puesta en la cerradura. Cecily permaneció unos segundos observándola antes de girarla con convicción. Nadie iba a la horca por ser una mujer curiosa… ¿no?

Dentro encontró libros. Muchos volúmenes.

Sacó el primero, cuya encuadernación carecía de título, y al abrirlo por una página cualquiera se encontró con una ilustración que la obligó a cerrar el volumen por puro reflejo.

Esperó un instante, volvió a abrirlo en el mismo lugar y comprobó que sus ojos no la habían engañado.

La pareja representada allí estaba haciendo algo que reconocía gracias a su propia experiencia, aunque la posición elegida por el artista requería una flexibilidad que ella no estaba segura de poseer.

El siguiente volumen estaba escrito en francés y contenía grabados todavía más explícitos.

Otro parecía una mezcla entre un tratado indecente y un manual conyugal, mientras que algunos se ocupaban del placer femenino con una minuciosidad que habría provocado un desmayo colectivo en cualquier reunión de damas respetables.

No entre su grupo de amigas, por descontado, pues, aunque Beatrice, Aurelia y Lavinia eran respetables, aquello no las hubiese escandalizado… demasiado.

Cecily terminó sentándose sobre la alfombra con varios libros a su alrededor, fascinada por aquella inesperada faceta de su esposo. ¿Cuántas mujeres habrían pasado por su vida para que conociese tanto sobre tales asuntos?

Estaba estudiando un grabado bastante sorprendente cuando oyó una voz detrás de ella:

—Tengo la sensación de que debería preguntarte qué haces, aunque me temo que la respuesta resulta bastante evidente.

Cecily levantó la cabeza.

Dominic estaba apoyado contra el marco de la puerta y su expresión no era de enfado… por completo. ¿Incomodidad? ¿Vergüenza? Tal vez un poco de las tres cosas.

—Estoy descubriendo que mi esposo posee un interés académico mucho más variado de lo que me imaginaba.

Él cruzó el despacho, se inclinó y le quitó el libro de las manos.

—Esos volúmenes son privados.

—Ya me lo imagino.

—Cecily…

—No estoy criticándote. En realidad, empiezo a comprender algunas cosas.

Dominic se detuvo mientras recogía otro libro.

—¿Qué cosas?

Ella se puso en pie.

—Tu seguridad, para empezar. Aquella noche parecías saber exactamente qué hacer conmigo, y ahora estoy viendo que ese conocimiento no nació de la nada.

Dominic dejó varios volúmenes dentro del armario.

—Los libros existen para ser leídos.

—Desde luego que sí, aunque si toda esta educación está en el papel, no quiero imaginarme lo numerosa que habrá sido la otra más práctica.

Él volvió la cabeza.

—¿Qué insinúas?

Cecily sonrió.

—Eres un pícaro. —No era una pregunta.

—¿Disculpa? —Dominic no se creía lo que acababa de escuchar.

—Lo siento, es que… Yo… —Suspiró. No tenía sentido esconder su inseguridad, así que decidió dar un paso al frente—: No quiero imaginar cuántas mujeres hicieron falta para convertirte en ese hombre tan seguro de sí mismo que me encontré durante nuestra noche de bodas.

Estoy realmente celosa de todas ellas y las maldigo.

La reacción de Dominic resultó inmediata. Se llevó dos dedos al puente de la nariz y negó un par de veces con la cabeza.

—Oh, por Dios, Cecily. Yo soy todo lo contrario a un canalla.

—No importa si lo fuiste, pero cuando te recité mis votos de consumación, creo que así los llamé, te avisé de que te mataría si me fueses infiel y lo sigo manteniendo.

No te preguntaré por lo que hiciste mientras estuvimos separados, sin embargo, ahora que estamos casados y juntos, no toleraré la traición.

—Jamás rompería mis votos. Mi palabra vale tanto o más que el oro, Cecily —apuntó en un tono que no admitía réplica—.

Y no. No soy un libertino —insistió—. La sola idea de utilizar a una mujer para mi placer sin ofrecerle a cambio mi mano, me resulta inaceptable.

Y luego está todo eso del coqueteo que nunca he sabido hacer, las enfermedades, posibles hijos ilegítimos…

No. No soy de esa clase de hombre. No me atrevería jamás a jugar de ese modo con una mujer, sea una dama o no —apuntó con firmeza.

—Uhm… ¿Me estás diciendo que no has tenido nunca una amante?

—No. Ninguna —afirmó sin dudar.

Cecily arqueó una ceja.

—Dominic, no tienes por qué fingir conmigo.

—No estoy fingiendo.

—Entonces supongo que las mujeres que te enseñaron todo lo que sabes no cuentan. —Ella no se creía que un hombre como él no hubiese tenido a ninguna mujer en la cama.

—He dicho que no hubo ninguna.

Ella perdió parte de la sonrisa.

—¿Ninguna amante?

—Ninguna.

—¿Ni una viuda discreta? ¿Una actriz? ¿Alguna mujer casada que encontrase atractivo el peligro de acostarse con el Duque Siniestro?

—Cecily, por amor de Dios… —la regañó.

Dominic cerró las puertas del armario con más fuerza de la necesaria.

—No hubo ninguna mujer antes de ti y no la habrá tampoco después.

La duquesa lo contempló durante unos segundos y, cuando comprendió que él hablaba completamente en serio, la sorpresa fue tan grande que la dejó con la boca abierta.

—¿Quieres decir que…?

—Quiero decir justo lo que he dicho —la interrumpió.

—Pero aquella noche…

—Sé perfectamente cómo me comporté.

—Parecías un libertino.

—Nunca dije que lo fuese.

—Hablabas como uno.

—Porque tenía la formación necesaria para poder hablar y comportarme del modo en el que lo hice.

Cecily miró hacia el armario y después regresó a él con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Todo aquello salió de los libros? ¿Lo que me haces y pides sale solo de ahí?

—De los libros, de mi imaginación y de varios años en los que tuve tiempo suficiente para preguntarme cómo funcionaban ciertas cosas.

—No puede ser…

—Empiezo a arrepentirme de habértelo contado —dijo airado, al tiempo que retrocedía un paso.

—No, espera. —Cecily se acercó un poco más, fascinada—. ¿Yo fui realmente la primera mujer con la que intimaste?

Dominic le sostuvo la mirada. Se veía bastante incómodo.

—Sí.

La respuesta consiguió que su esposa mirase de nuevo el mueble como si aquellos volúmenes hubiesen adquirido un significado distinto.

—Entonces, ¿semejante colección es…? —lo invitó a explicarse, al tiempo que le hacía un gesto con la mano.

Dominic se apoyó contra el escritorio y tardó un momento en contestar:

—Porque sabía que algún día tendría que casarme y necesitaba herederos, pero no quería llegar a mi propia cama como un completo ignorante. Me parecía bastante injusto que una mujer tuviese que soportar mi falta de experiencia además de todo lo que soy y tú ya conoces.

—Tu carácter —adivinó la dama—. La mayoría de los caballeros aprende practicando.

—La mayoría de los caballeros no tiene mi rostro. Esta cicatriz —se la tocó— me ha condicionado toda la vida. Aparte, ya te lo he dicho, mis creencias no me hubiesen permitido usar de ese modo a ninguna mujer.

La sencillez de la explicación hizo que Cecily lo comprendiese al fin.

—Dominic, eres un hombre formidable.

El duque desvió la mirada hacia la ventana.