Capítulo 9 #4
—Sí, ya lo sé. Dije que no hablaríamos del pasado, pero a veces no puedo evitarlo. Lo que pretendía decirte es que… es que… —Suspiró con fuerza—. Soy feliz contigo. De momento, lo soy y por eso espero que nada se tuerza. ¿Tú tienes miedo de que la situación se nos vuelva a ir de las manos?
—No sé lo que ocurrirá mañana, y no puedo prometerte que seré un corderito siempre.
—¿Un corderito? ¿El duque de Blackshow un corderito? Tú eres un lobo, Dominic. Lo eres igual que lo es Damian, pero Aurelia ha hecho que él mantenga el equilibrio.
—No me gusta que hables con tanta admiración de Harrowmere.
—Tendrás que soportarlo. Él es uno de los mejores hombres que he conocido jamás.
—Oh, Cecily… ¿Era necesario decir eso?
—Damian nos salvó, Dominic. Yo tenía un plan.
Pretendía casarme contigo para alejar a mi padre de nosotras.
Westcott es una rata avariciosa. Se apostó a mi hermana en una mesa de juego, y creo que yo también estuve en un peligro similar, pero Aurelia no me lo contaría para no herirme más.
Damian se hizo cargo de todo después de la boda.
Me llevó a su casa, se ocupó de mí y me protegió.
—Sé bien que me correspondía a mí haberte protegido. Yo…
Cecily le puso una mano en la boca para evitar que él añadiese algo más.
—No te estoy recriminando nada. Las cosas salieron tal y como debían.
Tal vez, Aurelia no habría aceptado a Damian si nuestro matrimonio hubiese salido bien desde el principio.
Te lo aseguro, mi hermana le puso las cosas muy difíciles y la idea de que ellos no estuviesen juntos…
Impensable. Así que, si pudiese regresar al pasado, no cambiaría nada.
No pondría en peligro la felicidad de Aurelia por la mía.
Ahora es nuestro momento, lo sé. Lo siento aquí.
—La duquesa le quitó la mano de la boca, sostuvo la de su esposo y se la colocó en el corazón.
—Ahora es nuestro momento, sí.
—Sabía que no podía estar tan equivocada contigo.
Tengo buen ojo para los hombres. En cuanto vi a Damian y lo observé, supe que se enamoraría de mi hermana más pronto que tarde.
Y luego está Rosehaven. Beatrice le complicó muchísimo las cosas, pero yo sabía que él sería perfecto para ella.
No me sucedió lo mismo con Lavinia… Siempre he sabido que…
—Se calló en cuanto se dio cuenta de que estaba hablando de un asunto secreto.
—¿Qué le sucedió a Lavinia?
—Le rompieron el corazón.
—Intuyo que el caballero que ella eligió no te agradaba.
—No. No sé el motivo exacto, pero había algo en él que no me convencía.
No la miraba del modo en que lo hacía Damian con Aurelia o Rosehaven con Beatrice.
Sí, ambos las deseaban y era bastante incómodo ver el modo tan libidinoso con el que las contemplaban a las dos, en especial Damian a mi hermana…
Una vez salimos los tres a la ópera y, créeme, fue de lo más escandaloso.
Mi hermana es una desvergonzada que carece de sutilidad alguna.
—Estábamos hablando de Lavinia.
—No podemos hablar más de ella.
—¿Por qué?
—Porque sus asuntos son suyos.
—Fueron sus ojos, ¿sabes?
—¿Qué? —Ella no lo había entendido.
—Hay mucha tristeza en los ojos de tu mejor amiga.
—¿Tú también lo has visto?
—Sí, Cecily. Y soledad.
—Ella no está sola.
—Sé lo que te digo, no dudes de mi palabra. Ella sufre y se siente sola.
—Me gustaría que viviese con nosotros. ¿Te opondrías?
—Si ella decide quedarse aquí, será bienvenida.
—Oh, Dominic, eso me haría muy feliz. —Y a continuación le dio un beso ligero en los labios. Vio que él se tensaba—. ¿Me he extralimitado en las muestras de cariño?
—No, porque estamos solos y podemos hacer lo que deseemos.
—¿Ahora?
—¿Tienes algún inconveniente, Cecily, en que te haga el amor en un cómodo sillón?
—Eres tan escandaloso… Me convertirás en una libertina todavía peor de lo que es Aurelia. Aunque cuando vea a Beatrice le diré que Rosehaven no es el único que la besa ahí .
—Por amor de Dios… ¿Qué clase de conversaciones tienes con tus amigas?
—Oh, no, no. Beatrice no podía decirme eso a mí porque era una mujer inocente.
Recuerda que ella no sabía que yo estaba casada, se lo escuché decir a Aurelia.
Las dos estaban muy satisfechas de los besos escandalosos con los que las complacían sus maridos cuando las espié sin querer.
Como entenderás, no puedo hablar de esa cuestión con mi hermana, así que lo comentaré con Beatrice.
—Cecily… No puedes hablar de esos asuntos con nadie. Lo que hacemos tú y yo es privado.
—Pero necesito averiguar más cosas sobre la carnalidad. Me gustaría sorprenderte de algún modo.
—Hagamos otro trato. Puedes preguntarme a mí todo lo que desees sobre la intimidad.
—No creo que pueda. Me pongo muy celosa cada vez que te imagino tocando a alguien que no sea yo.
—¿Sientes celos de otra mujer por mí? —Él estaba asombrado.
—No entiendo de qué te sorprendes. Un hombre y una mujer no son tan diferentes en cuestiones básicas. Es decir, al igual que tú, siento celos.
El duque le cogió la mano y luego entrelazó sus dedos con los de su esposa.
—No eres peculiar, Cecily, eres extraordinaria. Ninguna mujer ha sentido celos por mí.
—Porque no habías encontrado a la adecuada. No olvides darle las gracias a Dios el domingo en la iglesia por el regalo que te hizo cuando me envió a tu casa, Dominic.
—Estoy agradecido. Se lo diré —le prometió, para después comenzar a besarla con gran deleite.
Aquella noche hicieron el amor frente a la chimenea y fue delicioso. ¡Su esposa se sentía celosa! ¿Habría un regalo mejor para un hombre como él? No. Imposible que lo hubiese.