Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Dominic estaba allí. Su marido no se había molestado en encender más que dos lámparas y el fuego se reducía a brasas rojizas.

Estaba sentado en un sillón, con una pierna extendida sobre otro asiento y la cabeza apoyada contra el respaldo.

Llevaba la camisa abierta en el cuello y pantalones, pero no las botas puestas, y Cecily comprendió enseguida que no lo había sorprendido trabajando ni leyendo. La pierna debía de dolerle.

Dominic abrió los ojos al escucharla.

—¿Qué haces despierta?

—Supongo que me has malacostumbrado y no puedo dormir plácidamente si no estás a mi lado.

—Esta noche no soy una buena compañía, me temo.

Cecily bajó la mirada hacia la pierna extendida.

—¿Te duele?

—Haces demasiadas preguntas a cualquier hora del día. —No quería que su mujer pensase que era un hombre débil por su dolencia.

—Tu observación no cuenta, porque es de noche.

Ella entró y se acercó.

—¿Te duele? —insistió.

Dominic podría haber negado la evidencia por puro orgullo, aunque ya se había dado cuenta de que Cecily era bastante insistente cuando sospechaba algo. Además, él no quería mentirle.

—El cambio de tiempo la vuelve más rígida.

—¿Te duele debido a la tormenta?

—La humedad, el frío, haber montado demasiado durante varios días… Puedes escoger la explicación que prefieras.

Cecily se sentó en el sillón más cercano y observó cómo mantenía la pierna casi inmóvil.

Había reparado en su cojera desde la noche en que regresó a Londres para buscarla, pero Dominic se movía con suficiente soltura para que resultase sencillo olvidar que tenía algún problema.

En Black Manor lo había visto montar, caminar durante horas y recorrer las tierras sin quejarse ni una sola vez.

Solo en esos momentos comprendía el precio de aquella normalidad.

—¿Por eso cojeas a veces?

—Sí.

—No me has contado qué ocurrió.

La expresión de Dominic cambió.

—Y no pienso hacerlo esta noche.

Cecily lo miró con atención, pero recordó que se había prometido no convertir cada nueva cercanía entre ambos en un interrogatorio. Había preguntas que todavía no estaban preparados para responder. El pasado debía esperar a que ellos asentasen su presente.

—Está bien.

Él pareció sorprendido.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas que te torturase?

—Conociéndote, había considerado esa posibilidad, sí.

—Puedo empezar si te decepciona mi comportamiento. ¿Anoto las preguntas que tengo o me limito a decírtelas en voz alta?

Dominic sonrió y Cecily sintió otra vez cómo su corazón se aceleraba.

La duquesa procedió a avivar el fuego sin preguntarle si quería que lo hiciera y después encontró una manta doblada sobre un sofá y se la tendió.

—No estoy inválido —farfulló él.

—Sé bien que no lo estás, Dominic.

—Me estás tratando como a un anciano.

—En absoluto. El deporte de cama resulta una prueba indiscutible de tu vigor, que no podemos negar ni tú ni yo.

Dominic aceptó entonces la manta con resignación.

—Te estás divirtiendo demasiado, esposa.

—Me limito a preocuparme por ti, esposo —rebatió la dama.

Cecily se sentó en un sillón y permanecieron unos minutos escuchando la lluvia.

No hablaron de nada trascendente. Dominic comentó que el tejado de la escuela costaría menos de lo que había calculado; ella le explicó que había vuelto a hablar con el señor Pritchard y que las niñas podían asistir más días si conseguían reorganizar las clases.

Después discutieron sobre dónde resultaría más práctico ampliar el edificio y terminaron descubriendo que sus opiniones no eran tan distintas.

La duquesa se acordó de las cinco mil libras. No había pensado hablar de ellas esa noche, pero la escuela había logrado que se impusiera lo importante frente a lo trivial.

—Dominic, hay algo que quiero devolverte.

Él la miró con suspicacia.

—Esa introducción resulta preocupante.

—No lo es. Se trata de las cinco mil libras. —La expresión de Dominic se endureció. Cecily entrelazó las manos sobre el regazo—. Las tengo todas.

—¿Todas?

—No gasté ni una sola moneda.

Dominic se incorporó un poco en el sillón y la molestia de la pierna hizo que su rostro se tensara antes de relajarse otra vez.

—Creí entender que las necesitabas para ayudar a tu hermana.

—Esa era mi intención. Cuando me presenté en tu casa estaba convencida de que Aurelia necesitaría dinero para escapar de nuestro padre, pero Damian resolvió la situación antes de que yo tuviese que recurrir a él.

Guardé las cinco mil libras por si el matrimonio de mi hermana salía mal y necesitaba marcharse algún día, aunque después resultó evidente que Harrowmere preferiría arrancarse un brazo antes que hacerle daño.

—Dominic no discutió aquella valoración—. Así que quiero devolvértelas.

—No.

Cecily frunció el ceño.

—Ni siquiera lo has pensado.

—No necesito hacerlo.

—Dominic, ese dinero era parte de nuestro acuerdo y yo nunca lo necesité.

—Te lo di. Es tuyo.

—Me lo arrojaste sobre la cama —apuntó ella sin acordarse de que hablar de aspectos dolorosos del pasado era lo último que debían hacer de momento.

La frase había salido sin intención de herirlo, pero ambos sintieron el cambio que se produjo en la estancia.

Dominic apartó la mirada de ella y la centró en el fuego.

—Sé bien lo que ocurrió esa noche.

Cecily lamentó haberlo dicho de aquel modo.

—No pretendía…

—No tienes que suavizarlo. Hice lo que acabas de decir.

Durante unos segundos solo se escuchó la lluvia azotando los cristales.

—Es por eso por lo que quiero devolvértelo —explicó ella—.

Sé que no debemos hablar del pasado todavía, pero…

Yo… —suspiró—. Cada vez que pienso en ese dinero recuerdo aquella noche.

Me recuerda por qué fui a buscarte, lo que creímos que estábamos haciendo y cómo terminó todo.

No quiero conservar una fortuna que sigo teniendo escondida como si todavía necesitase una vía para escapar.

Dominic volvió a mirarla. La última frase le produjo una emoción que no estaba preparado para analizar, pues ella le acababa de decir que no tenía intención de huir de él… ¿cierto? Sí. Él lo interpretaría de ese modo.

—No voy a aceptarlo.

—Dime qué hago con esa fortuna, pues.

—Es tuya.

—Pero yo no necesito ese dinero.

—Y yo tampoco.

Cecily arqueó una ceja.

—Estupendo. Tenemos cinco mil libras que ninguno necesita. Estoy segura de que ese es un problema que perturbará el sueño de muchos —ironizó.

Dominic soltó una risa baja y volvió la atención hacia su mujer.

—La escuela. Utilízalo para la escuela, Cecily.

—¿Qué?

—Podrías utilizarlo para mejorar todavía más la escuela —repitió.

La duquesa se incorporó.

—¿De verdad?

—Podemos invertir el capital y utilizar la renta para mantenerla.

Las reparaciones y la ampliación pueden pagarse con los fondos de la finca; esas cinco mil libras podrían asegurar un maestro, una maestra para las niñas, libros, carbón y parte del mantenimiento durante muchos años.

—Ella lo contemplaba en silencio, por lo que Dominic continuó pensando en voz alta—: Incluso podría establecerse una pequeña dotación para que algunos de los niños más capaces continúen aprendiendo o puedan colocarse como aprendices cuando tengan la edad suficiente.

Habría que hablar con Resswell y con el vicario para organizarlo correctamente, pero es posible.

Tú tendrías que supervisar el proyecto, por supuesto.

Cecily sintió que algo cálido se expandía dentro del pecho.

—Quiero que las niñas aprendan también aritmética. Y escritura. No solo lectura, costura y cómo convertirse en esposas obedientes.

Dominic volvió la cabeza.

—Creo que nada te lo impediría. A fin de cuentas, tú eres una esposa… peculiar.

—Sí, y sé que tú me adoras justo por serlo —coqueteó con él.

—¿Tan segura estás de tus palabras, duquesa? —bromeó con ella.

—Por supuesto. ¿Qué clase de duquesa sería si dudase de lo que le inspiro a mi duque? —se reafirmó ella con el mentón en alto.

—Quizá podríamos abrir una clase especial para duquesas desobedientes.

—No encontrarías a un maestro dispuesto a aceptarme.

—Podría aumentarle el salario. Saldrían muchos candidatos.

—¿Me estás diciendo que te gustaría reformarme de algún modo, Dominic?

—¿Serviría de algo que tratase de hacerlo? —preguntó con media sonrisa.

—Podrías encontrarte con una duquesa muy gruñona. No te conviene tratar de hacerme cambiar. Yo ya era perfecta cuando llegué a tu vida.

—Uhm… ¿Debo suponer que yo no lo era?

—Oh, por favor, Dominic. ¿Tú, perfecto? Admite que a mi lado eres feliz —lo desafió.

El duque de Blackshow la observó mientras la luz del fuego se reflejaba en su rostro. Si ella supiese cuánto había cambiado su vida y que, si la perdiese, se moriría…

—¿Vas a utilizar el dinero para la escuela?

—Sí. Has tenido una idea fantástica.

—Está decidido. Será como hemos dicho.

—¿Qué nombre le pondremos?

—No había pensado en ello.

—No quiero que se llame Escuela del Duque de Blackshow; los pobres niños tendrían pesadillas antes de aprender a leer.

—Agradezco tu confianza en mi popularidad.

Cecily bajó la mirada y jugueteó con el borde de la manga de su bata.

—Ya pensaremos un nombre más adelante.

—Me parecerá bien lo que decidas. Ahora… Creo que estás lejos de tu no perfecto esposo. Ven a mi lado —le pidió.

La duquesa se levantó y, cuando estaba a punto de sentarse junto a él, el duque tiró de ella para colocarla sobre su regazo.

—¡Dominic, tu pierna! —lo regañó.

—Mi pierna está perfectamente. Eres la mejor cura que podría encontrar.

Ella suspiró embelesada. Estar entre los brazos de su marido era fantástico.

—Es curioso.

—¿El qué?

—Todo esto —observó al tiempo que se acomodaba mejor sobre su pecho—. Creo que lo estamos consiguiendo, Dominic.

—¿Te refieres a nuestro matrimonio?

—Sí. Cuando te miro ya no veo al hombre amargado que recordaba. Ni tan siquiera veo al bruto que se presentó en Londres para ordenarme que lo acompañase al campo porque debía darle herederos.

—Cecily…