Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Dominic volvió la cabeza hacia ella.

—Gracias por la precisión. Me alegra que corrijas ese dato y no lo dicho sobre mi castigo.

El secretario disimuló una tos que había nacido como una risa.

Dominic recorrió de nuevo el pequeño edificio y entonces reparó en la reducida fila de bancos destinada a las niñas. Preguntó por qué había tanta diferencia de espacio y el maestro le explicó las limitaciones de horario, el número de alumnos y la imposibilidad de atenderlos a todos a la vez.

Cecily aprovechó la oportunidad.

—También quiero que estudien las niñas.

—Ya estudian algunas —se apresuró a señalar el profesor.

—Algunas y menos horas, ¿verdad?

—¿Qué quieres hacer, Cecily? —le preguntó su esposo, pues se imaginaba que su duquesa ya tenía un plan en mente.

Ella le sonrió.

—Si vamos a reparar el edificio, sería absurdo conservar un problema que ya conocemos.

Podría ampliarse la sala hacia la parte norte del terreno y contratar a una mujer que se ocupase de las niñas más pequeñas, o al menos disponer de más espacio para que todos pudiesen asistir con regularidad a las clases.

Dominic la estaba observando con fijación.

Las palabras de Rivington, describiéndola como una mujer que siempre estaba dispuesta a ayudar a otros aunque hacerlo le causase problemas, le vinieron a la mente.

Había considerado que aquellas reflexiones podrían haber sido una defensa exagerada de un amigo, sin embargo, tal vez Rivington se había quedado corto.

Cecily no estaba allí para representar el papel de gran dama benevolente durante una mañana.

Seguro que habría hablado con los niños, preguntado a dos madres por qué sus hijas apenas asistían y escuchado al maestro con la misma atención que le dedicaría a un duque, a él.

Su mujer ya estaba calculando espacios, buscando soluciones y preocupándose por personas que no podían ofrecerle nada a cambio de su atención.

Dominic miró a Reswell.

—Se hará como la duquesa diga —apuntó su hombre de confianza, a pesar de que el duque no había emitido ni una sola palabra—. Se incluirá la ampliación en el cálculo. Me ocuparé de averiguar cuánto costaría hacer todas las renovaciones que su esposa considere relevantes.

—Perfecto —apuntó Blackshow.

Cecily lo miró con satisfacción, caminó un par de pasos hacia él y le dio un ligero beso en los labios. Los presentes miraron hacia el techo de inmediato. Incluida Lavinia, quien suspiró porque su amiga estaba encauzando su vida hacia la felicidad.

—Sabía que serías razonable, Dominic.

Él, algo incómodo por la muestra recibida delante de tantas personas, carraspeó.

—No confundas resignación con ser razonable. Te conozco lo suficiente como para saber que no me permitirías descansar hasta que me hubieses hecho entrar en razón.

Ella le sonrió abiertamente.

—Son por cosas como esta, por las que cada día te admiro un poco más —le dijo ella llena de felicidad.

Él sintió que su corazón comenzaba a latir con fuerza y temió que se le escapase del pecho y acabase en las manos de su mujer.

El duque asintió. No era el momento de sostenerla entre sus brazos y besarla minuciosamente.

Eso lo haría durante la noche. Oh, sí. Desde el pícnic, su esposa había insistido en que él debía dormir en su cama cada noche.

Hasta el momento, habían hecho muchas cosas, salvo dormir en abundancia.

—¿Resswell?

—¿Sí, excelencia?

—Las instrucciones de la duquesa serán suficientes cuando se trate de asuntos de esta naturaleza.

Si ella compromete una cantidad extraordinaria, me informará antes, así que no hará falta que yo te diga nada al respecto después.

No quiero que mi duquesa tenga que esperar más de la cuenta mi permiso para cada reparación importante, ayuda a un arrendatario o gasto relacionado con las obras benéficas de la finca, más si son cantidades menores.

El hombre inclinó la cabeza y sonrió complacido.

Cecily permaneció callada hasta que salieron del edificio y dejaron a Lavinia conversando con el maestro. Solo entonces se dispuso a hablar con Dominic mientras él caminaba hacia su semental.

—No tenías que hacer eso.

—¿A qué te refieres?

—Respaldarme delante de ellos.

Dominic la miró de frente.

—Sí tenía que hacerlo. Eres la duquesa de Blackshow y fuiste tú quien insistió en ejercer como tal.

Resultaría bastante estúpido por mi parte imponerte obligaciones para luego impedir que las cumplas.

—Cecily bajó la vista para ocultar una sonrisa—.

Además —continuó él—, la escuela necesita una intervención que no podía aplazarse más. Tenías razón.

Ella levantó la cabeza de inmediato.

—¿Puedes repetir eso último?

Dominic siguió andando.

—No.

—Uhm… Creo haber oído que decías que yo tenía razón. ¿Es cierto?

—El viento distorsiona los sonidos en esta parte del territorio.

Cecily soltó una risa y él sintió que de nuevo el corazón amenazaba con explotarle.

—¿Dominic?

—¿Sí?

—¿Te ha molestado que te besase?

—No.

—Yo creo que sí. ¿No debo volver a hacerlo en público?

—Lo que me ha molestado es no haber podido devolverte el beso tal y como deseaba hacerlo.

Así que no, no deberías darme demasiadas muestras de cariño si no estamos en privado y no quieres que acabe cometiendo una temeridad.

Los rumores homicidas sobre tu esposo podrían transformarse en otros que mencionasen la lujuria que le provoca su mujer.

Ella volvió a reírse con franqueza.

—Trataré de recordar tu advertencia, pero no te prometo nada. Soy una mujer muy peculiar, ¿recuerdas?

Cuando llegaron junto al caballo, Dominic perdió parte del humor.

—Hay algo muy importante que sí quiero discutir contigo.

—Adelante —lo animó la duquesa.

—No me molesta que tomes decisiones ni que visites cada rincón de Black Manor hasta conocerlo mejor que yo, pero te agradecería que no te subieras a una escalera medio rota para comprobar personalmente si un tejado se hunde.

Cecily parpadeó asombrada.

—¿Quién te ha contado eso?

—Un niño de nueve años salía de la escuela contándole a un amigo lo que parecía considerar como una hazaña extraordinaria. Dijo que no sabía que las duquesas fuesen tan intrépidas.

—No ocurrió nada.

—La escalera tenía un peldaño partido.

—Lo vi.

—Después de subirte.

—Antes de llegar a esa parte.

Dominic cerró los ojos durante un instante.

—No estoy intentando prohibirte que hagas nada, Cecily. Trato de evitar que te rompas el cuello mientras lo haces.

—¿Eso implica que te has dado cuenta de que no podrías vivir sin mí? —bromeó con él.

—Sí —respondió sin pensarlo ni un instante.

La afirmación la dejó callada. Él la miraba sin incomodidad alguna. Cecily comprendió que Dominic era muy consciente de lo que acababa de decir y no se avergonzaba. Además, estaba más claro que el agua que estaba preocupado.

Cecily sintió de nuevo aquel molesto movimiento dentro del pecho. Su corazón se había saltado varios latidos.

—Te prometo que no haré nada peligroso —le concedió.

—Gracias.

El duque pareció satisfecho. Cecily lo estaba observando mientras él sostenía las riendas de su caballo. Todavía no había montado.

—¿Regresas ya a casa?

—Sí.

—Nosotras hemos venido en el carruaje, escoltadas por Resswell.

—Ya lo suponía.

—Sí, cierto. Lo que iba a decirte es que también regresaremos a casa en seguida.

—Muy bien, te esperaré allí.

—¿Dominic?

—¿Sí?

—Me gustaría que me dieses un beso.

—¿Qué?

—Un beso. Aurelia le da un beso a Damian cada vez que se despiden.

—¿No has escuchado lo que te he dicho sobre lo que pueden provocar las muestras de cariño, Cecily?

—Damian adora a Aurelia y no lo he visto hacer nada salvaje…

—Yo no soy Harrowmere —la cortó.

—Sí. Es evidente que no.

—¿Y eso qué significa?

—Nada. Que no eres él.

—Cecily, ¿por qué tienes que hacer esto tan difícil?

—Difícil, no. Ya te dije que soy peculiar.

—Maldita sea —ladró el duque, para luego acercarla a su pecho a fin de darle un beso en los labios. —¿Satisfecha? —inquirió cuando terminó.

—Uhm… Lo cierto es que no.

—Por amor de Dios, Cecily. Harás que los rumores comiencen a circular.

—¿Me besarás mejor cuando estemos en casa… solos?

—Sí.

—Ah. Bien, bien. Entonces tu beso ha sido… aceptable.

—¿Aceptable?

—Vete antes de que te pida algo más.

Él arqueó una ceja.

—¿Más que arreglar la escuela por completo?

—No te has enfadado, ¿verdad?

—No. —El duque subió a su montura y ella lo miró fascinada. Era un ejemplar magnífico. El caballo también—. No tardes en regresar a casa si quieres un beso más que aceptable.

—Sí. No tardaré.

Y así él se marchó, sintiéndose todo un seductor. Echó la vista hacia atrás cuando ya había recorrido una distancia considerable y se dio cuenta de que Cecily seguía contemplándolo con gran deleite mientras se mordía el labio inferior.

—¡Quién me iba a decir que mi propia esposa me convertiría en un truhan! —comentó, para luego carcajearse.

Definitivamente, su duquesa sí que era una mujer muy peculiar.

***

La tormenta llegó dos noches después. Había amenazado desde media tarde, acumulando nubes oscuras sobre los campos hasta que, poco después de la medianoche, la lluvia comenzó a golpear las ventanas de Black Manor con tanta fuerza que el sonido despertó a Cecily.

La duquesa giró la cabeza y se dio cuenta de que su marido no estaba a su lado.

Se había sentido cansada después de la cena y él le informó de que tenía que atender unos asuntos importantes, por lo que le pidió que no lo esperase despierta.

Permaneció unos minutos en la cama escuchando el viento y el retumbar lejano de los truenos.

Descendió las escaleras envuelta en una bata y siguió el resplandor de la luz hasta una pequeña sala contigua a la biblioteca.