Capítulo 9
Un avance impensable
Habían transcurrido cuatro días desde el pícnic y Cecily empezaba a sospechar que su corazón estaba desarrollando una mala costumbre que no pensaba consultar con ningún médico.
Se aceleraba cada vez que veía a su marido.
No siempre de la misma manera ni con una intensidad capaz de alarmarla, pero sí lo suficiente como para que hubiese comenzado a reconocer aquella pequeña traición de su cuerpo.
Ocurría cuando Dominic entraba en el comedor mientras ella desayunaba y su mirada iba directamente a buscarla; cuando lo veía regresar a caballo después de recorrer las tierras con el administrador; cuando él se inclinaba sobre su hombro para señalar alguna cifra en las cuentas y Cecily percibía el olor de su piel mezclado con el del jabón y el cuero.
Hasta le sucedía algunas veces cuando escuchaba su voz desde otra habitación y sabía, antes de verlo, que estaba a punto de aparecer.
Aquello no podía atribuirse únicamente al deseo, por mucho que compartir la cama con Dominic hubiese demostrado que ese aspecto de su matrimonio gozaba de una salud extraordinaria.
Había algo más difícil de explicar y, justo por eso, Cecily se esforzaba en no pensar en ello.
Había decidido concederle una oportunidad y estaba cumpliendo su palabra; convertir cada gesto amable en una prueba de amor o cada conversación agradable en la promesa de un futuro feliz sería una negligencia que no se podía permitir… todavía.
Dominic, por su parte, había descubierto un fenómeno igual de desconcertante, dado que Cecily iluminaba cualquier habitación cuando entraba en ella.
Black Manor llevaba años funcionando con una precisión perfecta que él siempre había considerado satisfactoria, pero desde que ella se había hecho cargo de la casa había advertido cuántos espacios habían estado vacíos hasta que su esposa comenzó a ocuparse de todo.
La encontraba hablando con la señora Henderson en el vestíbulo, riéndose con Lavinia en una salita, inclinada sobre una mesa llena de cuentas o regresando del pueblo con las mejillas encendidas por el aire frío, y cada vez que la veía su mundo entero resplandecía por ella.
La oscuridad y la soledad comenzaban a abandonarlo y él no pensaba retenerlas. Cecily estaba cambiando toda su vida. No pensaba decírselo. Había límites para lo que un hombre podía soportar mientras conservaba un mínimo de dignidad.
Aquella mañana, la duquesa de Blackshow había decidido visitar la pequeña escuela del pueblo después de descubrir su existencia entre las cuentas benéficas de la finca.
No necesitó mucho tiempo para comprender que llamar escuela al lugar era ser muy generoso.
El edificio se encontraba junto a la iglesia y constaba de una sala principal, una estancia minúscula para el maestro y un pequeño espacio posterior donde se guardaban libros, carbón y materiales.
Varias generaciones de niños debían de haber pasado por allí desde que algún antepasado de Dominic contribuyera a su mantenimiento, pero muy pocos de sus descendientes se habían preocupado por averiguar en qué condiciones seguía funcionando.
El tejado constituía el mayor problema. Una tormenta reciente había abierto nuevas filtraciones y todavía quedaban manchas de humedad sobre parte del techo.
Algunas tablas del suelo se habían deformado, varias ventanas cerraban mal y los bancos tal vez se construyesen cuando Jorge II aún era joven.
La escuela acogía a los hijos de arrendatarios, trabajadores y familias del pueblo, aunque el espacio resultaba insuficiente para todos y las niñas recibían una enseñanza todavía más limitada porque no siempre podían acudir al mismo tiempo que los niños.
Aquello último hizo que Cecily se enfadase.
El maestro, un hombre de unos cincuenta años apellidado Pritchard, le explicó la situación mientras dejaba claro que llevaba mucho tiempo pidiendo mejoras sin éxito. La parroquia contribuía con una cantidad modesta, algunas familias entregaban lo que podían y Black Manor asumía determinados gastos.
En esos momentos, Cecily estaba revisando a fondo la sala: observaba las grietas, las ventanas y el lugar por el que había penetrado el agua. Lavinia la acompañaba.
—La ventana del fondo tendrá que cambiarse, no repararse —determinó Cecily, después de comprobar que la madera estaba prácticamente podrida—. Y no quiero a los niños sentados debajo de ese techo hasta que alguien se asegure de que no va a venirse abajo.
El secretario del duque, que las acompañaba, carraspeó con visible incomodidad y le recordó que las reparaciones importantes debían aprobarse antes de comprometer los fondos de la propiedad.
Una cosa era decirle a su patrón cómo comportarse con su esposa, y otra muy diferente, determinar cómo gastar su dinero. Resswell tenía un límite muy claro ahí.
—Entonces aprobaremos los fondos —decretó la duquesa después de haberlo escuchado.
El hombre le explicó que él no podía hacerlo sin consultar primero con el duque.
—¿Cuál es el problema, Resswell? —inquirió de modo firme cuando observó que el secretario de Blackshow comenzaba a transpirar de un modo bastante abundante.
El maestro se había echado a un lado para darles cierta intimidad al hablar. Lavinia seguía cerca.
—Ninguno, excelencia, pero los asuntos económicos solo le competen al duque. No tengo capacidad para…
—¿Mi esposo está en la ruina? —preguntó de modo inflexible, interrumpiéndolo.
—Por Dios, no. Lo que sucede es que… —El secretario no consiguió pasar de ahí.
—Creo, Cecily —tomó la palabra Lavinia—, que el señor Resswell conoce muy bien a tu esposo y teme que se enfurezca si tomas la decisión de arreglar la escuela sin consultarle a él primero.
La duquesa se volvió hacia el administrador.
—¿Cree que Blackshow podría enfadarse mucho conmigo si me comprometo a arreglar el lugar donde los niños deberían aprender en buenas condiciones?
El hombre comenzó a secarse la frente con insistencia.
—Dicho así… Yo, excelencia… No sé qué decirle al respecto. No dudo de la caridad de su excelencia, de su esposo, digo, pero me preocupa que pueda… digamos, no tomarse a bien que no contemos con su bendición para el proyecto.
Cecily contempló otra vez el techo.
—Esto no es negociable. La escuela debe ser reparada a la mayor brevedad posible. No se preocupe por Blackshow, yo me ocuparé de él —afirmó con vehemencia.
—Como usted diga, excelencia. —La seguridad que observaba en la duquesa se le contagió.
—¿Resswell?
—¿Sí, excelencia?
—No le tenía por un hombre que le tuviese miedo a Blackshow.
—Y no se lo tengo… —afirmó de inmediato. No obstante, se dio cuenta de que había sonado demasiado convencido y se apresuró a añadir—: Errr, es decir, el duque cuenta con mi absoluto respeto, pero otra cosa muy diferente son los asuntos… asuntos…
—Económicos —lo ayudó la duquesa.
—Así es, excelencia —apuntó el secretario más calmado.
—Lo comprendo, pero no me importa. La escuela se arreglará y los trabajos comenzarán en cuanto haya hombres disponibles para hacerlos.
Lavinia volvió ligeramente la cabeza para ocultar una sonrisa, pues Cecily se veía bastante segura de hacer entrar en razón al duque, mientras que el buen señor Resswell le pedía cautela aún a riesgo de excederse en sus recomendaciones.
El secretario comenzó una nueva explicación sobre presupuestos, prioridades y reparaciones estacionales, pero no llegó a terminarla porque una voz masculina intervino desde la puerta.
—¿Qué cantidad necesitamos?
Cecily se volvió. Dominic estaba allí, todavía con los guantes de montar en las manos y algunas gotas de humedad sobre los hombros de la chaqueta. Debía de haber regresado de inspeccionar unas tierras cercanas y alguien le habría informado del paradero de su esposa.
El corazón de la duquesa comenzó a latir con fuerza.
Era el hombre más viril, apuesto, duro y peligroso que jamás había conocido.
Y él le pertenecía a ella. Se mordió el labio inferior porque estaba reviviendo lo que él le había hecho la noche anterior, cuando la besó ahí .
En ese momento, Lavinia le dio un discreto toque en el brazo.
—¿Sí?
—Tu esposo te está hablando —le indicó su amiga.
—Por supuesto. ¿Qué decías, Dominic?
—¿Qué has pensado hacer con la escuela?
—¿Repararla? —Sí. No logró decir lo que pretendía y terminó preguntándolo.
Su esposo alzó ambas cejas.
—¿Me estás preguntando si hay que repararla, Cecily?
—En absoluto. Te estoy informando de que hay que reparar todos los desperfectos. Y con urgencia, además.
Dominic recorrió la sala con la mirada antes de acercarse al lugar donde una mancha oscura se extendía por el techo.
—¿Cuánto tiempo lleva así?
El señor Pritchard se acercó al duque y le explicó que las filtraciones habían empeorado durante el último invierno y que las reparaciones realizadas hasta entonces habían sido provisionales.
Dominic lo escuchó sin interrumpir, hizo algunas preguntas sobre el número de alumnos, los gastos anuales y el estado de las paredes, y terminó dirigiéndose a Resswell:
—Que mañana venga alguien que pueda calcular lo que costaría sustituir la parte dañada del tejado, reparar el suelo y cambiar las ventanas que no puedan salvarse. Quiero el montante antes de que termine la semana.
Resswell sonrió satisfecho y asintió de inmediato.
Al secretario le faltó poco para dar las gracias a Dios.
No le hubiese gustado tener un problema ni con el duque ni con la duquesa por si uno se empecinaba en repararlo todo de inmediato y el otro pedía ir poco a poco.
Ponerse en un bando hubiese sido muy complicado.
Por su parte, Cecily miró a su esposo con cierta sorpresa, y por si lo había entendido mal inquirió:
—¿Eso significa que estás de acuerdo conmigo?
—Significa que prefiero gastar dinero en un tejado antes de descubrir que se ha caído encima de treinta niños y mi esposa ha decidido enterrarme debajo de los escombros como castigo.
—No serían treinta. Hoy había veinticuatro.