Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Se besaron, se abrazaron y cuando llegó el momento de unirse, él la trató como si fuese lo más preciado del mundo.

Le abrió las piernas sin prisa. Ella se ofreció con verdadero anhelo.

La danza del amor comenzó. Suspiros, gemidos y deseo…

Todo se mezclaba con los sonidos de la naturaleza.

Ninguno tenía la menor duda de que estaban haciendo lo correcto.

Estaban casados y se habían propuesto darse una nueva oportunidad.

Dominic estaba viendo recompensado su esfuerzo y Cecily comprendía que entregarse a los caprichos de la lujuria con su marido era un acto que le estaba permitido por Dios y la ley.

Además, el duque estaba siendo tan generoso, tan tierno…

tan… ¡perfecto! La escuchaba, la acariciaba sin demandar u ordenar.

Era más, Dominic se estaba dejando guiar por su esposa.

Estaban disfrutando de sus cuerpos, del momento, sin pensar en herederos. Tampoco en deberes, linajes ni en todos aquellos derechos que debían regir a una pareja de la alta aristocracia.

Dominic solo pensaba en ella. En que no quería causarle dolor alguno.

Deseaba ver la expresión de Cecily cuando el placer comenzase a vencer cualquier reserva.

Estaba concentrado en sus brazos rodeándolo, en sus labios buscando los suyos y en aquella forma tan particular que tenía de pronunciar su nombre cuando se olvidaba de que debería estar muy enfadada con él.

Le hizo el amor tal como ella se lo había pedido mientras lo guiaba con sus reacciones.

Y cuando alcanzaron el cénit de la gloria, ninguno se mostró triunfante. La relación física resultó natural y más que adecuada. Satisfactoria también. Como si fuese el resultado mismo del destino.

Después permanecieron juntos sobre la manta, todavía abrazados, mientras el viento agitaba suavemente la hierba a su alrededor.

Dominic tenía un brazo bajo la cabeza de ella y Cecily descansaba contra su pecho, dibujando con la punta de un dedo una forma indeterminada sobre su piel.

Fue entonces cuando el duque comprendió algo que debería haber sabido dos años atrás.

No había habido ninguna diferencia entre las dos uniones conyugales.

Aquella primera noche también había pensado en el placer de su mujer antes que en el suyo.

De igual modo, había querido besarla, escucharla reír, hacerla temblar y conseguir que descubriera que compartir una cama con él no tendría por qué convertirse en una obligación desagradable.

Con Cecily había hecho mucho más que cumplir con sus obligaciones conyugales.

La había besado porque deseaba besarla. La había complacido porque su placer le importaba.

Incluso logró retrasar el suyo para observar el de ella antes de dejarse ir.

Y allí, mientras la mantenía abrazada, Dominic sentía una felicidad inmensa.

¡Dios de los cielos! Dos años atrás, él ya le había hecho el amor a esa mujer porque en su fuero interno sabía que ella lograría despertarlo de una solitaria pesadilla.

—¿En qué piensas? —preguntó ella, al ver que él estaba con los ojos cerrados y muy callado—. ¿O te he desgastado tanto que te has quedado dormido?

—Pequeña bruja… Tengo energía como para hacerte el amor tres veces más.

—¿Y qué piensas, pues?

—En si te estás arrepintiendo de lo que acabas de permitirme. O en si me he precipitado al darte lo que me has demandado. Cuando nos casamos te exigí consumar el matrimonio y creo que aquello resultó ser un error.

—No vamos a hablar del pasado cuando estamos concentrados en el presente, ¿recuerdas?

—Eso no responde a mis dudas sobre lo que acabamos de compartir, Cecily.

—No me arrepiento de que hayamos hecho el amor, Dominic. Yo me sentía preparada para hacerlo. Además, llevo soñando contigo todos estos años.

Él abrió los ojos de golpe y la buscó con la mirada.

—¿Qué?

—¿Crees que una mujer podría olvidar a un hombre tan interesante como tú, después de que le descubriese las mieles de la pasión? Cada día pensaba en cómo sería volver a sentir tus brazos rodeando mi cuerpo. Lavinia es un buen testigo que puede corroborar mis palabras.

—¿Cómo dices? —preguntó escandalizado.

—No es nada indecoroso, solo que alguna vez le he comentado a mi mejor amiga que, aunque eras un patán insensible, echaba de menos tus besos y caricias.

—Dios santo, Cecily, sí que eres peculiar.

—Eso no implica que me hubiese olvidado de lo enfadada que estaba contigo.

—Vuelves a hablar del pasado —le tuvo que recordar.

—Sí. Supongo que no estás preparado para eso —murmuró de modo ininteligible.

—¿Qué farfullas? —inquirió porque no la había entendido.

—¿Habías dicho algo de poder hacerme el amor tres veces, Dominic?

—Serás mi ruina, mujer —apuntó con una sonrisa de lo más pícara al darse cuenta de que su esposa lo estaba invitando de nuevo a disfrutar del placer.

¡Dios santo! No podía fallar. No podía perderla. No tenía la menor idea de cómo lo lograría, pero haría que su esposa se diese cuenta de que no podía vivir sin él.