Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

—Y no lo hago, pero Londres asegura que mataste a un hermano.

—Entonces, Londres debería empezar por comprobar que la víctima existió.

Una carcajada escapó de ella.

—¡Oh, Dios! Eso es extraordinario.

—Me alegra que mi reputación homicida te divierta.

—No es tu reputación. Es que alguien decidió que habías asesinado a un hermano y nadie se tomó la molestia de averiguar si tenías uno. ¿Cómo empieza un rumor semejante?

—No tengo la menor idea. Un día aparecería esa historia, demasiado jugosa como para matarla. Después alguien añadió a una prometida muerta, ese rumor si lo había escuchado.

Cecily seguía sonriendo.

—Todo este tiempo he estado casada con un hombre que asesinó a un hermano imaginario.

—No pareció haberte preocupado demasiado.

—Ya te dije aquella noche que no creía que hubieses matado a nadie.

—No me conocías.

—Y tú tampoco me conocías a mí.

La sonrisa de ambos desapareció. Ahí estaba otra vez. Esa sombra que oscurecía su relación.

Dominic miró las tierras que se extendían ante la colina.

—Rivington me dijo algo en ese sentido.

Cecily se tensó.

—¿Has hablado con Rivington?

—Sí.

—¿Cuándo?

—En Londres, antes de salir hacia el campo.

—¿Por qué?

No había enfado todavía, pero aparecería pronto. Lo sospechaba. Dominic decidió que, si ella había exigido sinceridad, tendría que aprender a proporcionársela incluso cuando fuese incómodo.

—Quería saber qué había ocurrido entre vosotros.

Cecily dejó la rosa sobre la manta.

—Te dije que no había ocurrido nada.

—Lo sé.

—Y aun así fuiste a preguntárselo a él.

—Sí.

Ella apartó la mirada.

—Eso no habla demasiado bien de tus avances con el asunto de la confianza.

—No —estuvo él de acuerdo.

La aceptación consiguió que Cecily volviera a mirarlo y Dominic se obligó a continuar:

—Me dijo que te había pedido matrimonio y que lo rechazaste de inmediato. Me juró por su honor que nunca te había besado ni había existido intimidad entre vosotros.

—¿Y a él sí lo creíste?

La pregunta no contenía rabia.

—Sí.

Cecily asintió muy despacio.

—Entiendo.

—No, no creo que lo entiendas.

—Creo que sí.

—Me avergüenza haber necesitado escucharlo de otro hombre. Soy muy desconfiado. Llevo toda mi vida sin nadie, Cecily. Solo sé confiar en mí mismo —trató de explicarle.

—Tienes que aprender a ser diferente —le dijo con cierta suavidad.

Dominic sintió que era el momento de dar un paso al frente, porque estaba cansado de esconderse detrás de la arrogancia.

—También me dijo que eres leal. Que si habías pronunciado tus votos junto a mí, no los romperías nunca. Y desde entonces llevo dándole vueltas a muchas cosas.

—¿Y una de esas cosas es si vale la pena confiar en mí? —supuso ella.

—Sí.

—¿Y qué has decidido?

—Pues lo cierto es que creo que lo que sí valía la pena era cortejar a mi mujer y conocerla mejor. ¿Te sirve mi respuesta?

—Sí, más de lo que te imaginas, Dominic.

—Bien.

Cecily sonrió.

El duque de Blackshow sintió entonces que algo había cambiado.

No sabía identificar en qué momento había ocurrido.

Quizá mientras hablaba de su hermana o cuando admitió que era un hombre solitario que no confiaba en nadie.

O lo más seguro es que llevase sucediendo durante los tres días anteriores, escondido entre desayunos compartidos, discusiones divertidas y aquella lista de condiciones que lo obligaba a descubrir a la mujer con la que se había casado después de haberla llevado primero a la cama.

Cecily se acercó a él.

—Dominic…

—¿Sí?

—Quiero pedirte algo.

—Empiezo a temer esas palabras. ¿Vas a sacar una larga lista de nuevas peticiones?

—Lo que quiero no está en ninguna lista.

—Eso me tranquiliza muy poco.

Ella no sonrió aquella vez.

—Bésame.

El duque dejó de respirar durante un instante. Había imaginado oír muchas cosas de sus labios desde que llegaron a Black Manor. Como provocaciones, invitaciones veladas e incluso alguna rendición obtenida después de semanas de cortejo, no aquello.

—Cecily…

—Necesito que me beses ahora.

Dominic sintió que el deseo se mezclaba con algo mucho más peligroso.

—¿Estás segura?

—Sí.

—No quiero que mañana decidas que incumplí alguna de tus condiciones. No me gustaría apresurar las cosas y que se acaben torciendo.

—¿No quieres besarme?

—Más que respirar, Cecily.

—¿Y no lo harás?

—¿Y si luego te arrepientes?

—Esto forma parte de la oportunidad que te dije que estaba dispuesta a darte.

Él levantó una mano, pero se detuvo antes de tocarla. Cecily observó sus dedos suspendidos entre ambos y recorrió por voluntad propia la distancia que faltaba. Cogió su mano y la apoyó sobre su mejilla.

Ese gesto terminó con cualquier resistencia por parte del duque.

Dominic la besó. No hubo prisa al principio.

Había esperado demasiado tiempo para volver a tenerla de aquella forma y no quería convertir el momento en una batalla.

Besó sus labios hasta sentir que ella respondía, deslizó la mano hacia su nuca y la acercó mientras Cecily apoyaba ambas palmas sobre su pecho.

Ella fue quien profundizó el beso.

Dominic sintió la sonrisa contra su boca.

—No sonrías —murmuró él.

—Tú tampoco.

—No lo hago.

—Mentiroso.

La palabra podría haberlos detenido. No lo hizo. Dominic la miró durante un instante y comprendió que Cecily también se había dado cuenta.

Después volvió a besarla y aquella vez no hubo espacio para los fantasmas.

La acostó sobre la manta sin dejar de tocarla, concediéndole tiempo para detenerlo en cada gesto, aunque Cecily no parecía tener la menor intención de hacerlo.

Sus dedos llegaron a la cicatriz y siguieron el recorrido que ya conocían desde la sien hasta la mandíbula.

Dominic cerró los ojos.

—Si sigo besándote, querré más.

—¿Y si yo también deseo más de ti ahora mismo, Dominic? Eres mi esposo. No hay nadie más que tú. Recuerdo lo que me dijiste en Londres sobre el embarazo durante aquel baile, pero…

—Dije muchas tonterías motivado por los celos. Por favor, olvídalas todas. Este es nuestro momento —se apresuró a pedirle.

—Yo también creo que es nuestro momento. Los dos estamos poniendo de nuestra parte. Puedo hacerlo, puedo olvidarlo todo. Lo hice en cuanto acepté salir de Londres contigo. ¿Podrás tú?

—Sí, claro que sí. ¿Te quedarás conmigo si sigo comportándome como el hombre que deseas que sea?

Cecily depositó un beso sobre la piel marcada. Él sintió que algo se quebraba en su interior. No era deseo. O no solo eso. Sentía ilusión por el presente, por el futuro.

—Siempre que me quieras a tu lado —le dijo ella.

La besó con una ternura que nunca imaginó que podía mostrar y se dedicó a acariciarla durante mucho tiempo.

Ambos se quedaron desnudos bajo un cálido sol que prometía un nuevo comienzo.

Dominic se dio cuenta de que ella seguía siendo tan espectacular como la recordaba.

Cecily estaba igualmente maravillada con su esposo. Era tan perfecto… esculpido en mármol.