Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 8 #2
69%

Capítulo 8 #2

—Se suponía que tenía que elegir regalos pensando en ti y no ordenar que un criado comprase cualquier objeto caro. Lo menos que podía hacer era estar pendiente de tu reacción para ver si mi esfuerzo había valido la pena.

—Veo que prestaste mucha atención a mis instrucciones. Estoy satisfecha, Dominic.

—Bien.

El duque apartó la atención de su rostro, más bien de su boca, antes de que aquella conversación adquiriese otra dimensión. Sacó el libro y lo dejó sobre la manta.

—¿Byron? —preguntó Cecily.

—Está muy de moda entre el género femenino.

—Eso no estaba en mi lista. ¿Fue idea de Resswell?

—Yo mencioné los poemas y él me sugirió Byron.

—Me gusta mucho tu secretario. —Vio que él se tensaba y le cogió la mano derecha.

Dominic se quedó muy quieto porque no había esperado ese gesto—.

Cuando lo conocí y vi el modo tan… peculiar en el que te trataba, comprendí que él era algo más que un simple empleado.

Le escribí a él mis demandas para irritarte, es cierto, pero también porque sabía que tu secretario te haría comprender la idoneidad de que enmendásemos nuestra situación de algún modo.

Me pareció que un cortejo sería adecuado, más teniendo en cuenta cómo fueron las cosas entre nosotros.

No nos conocíamos, Dominic. Eso tiene que cambiar ahora o no superaremos las suspicacias que puedan existir. ¿Lo entiendes?

Dominic tomó una gran bocanada de aire y asintió. A continuación, abrió el libro.

—¿Quieres que lea un poco?

—Por supuesto. Necesito escuchar al Duque Siniestro recitando poesía romántica —bromeó.

—Empiezo a arrepentirme de haber traído poesía, pequeña bruja.

—Demasiado tarde. No escaparás de esta. Adelante, lee para tu esposa.

Dominic leyó durante un rato. No interpretó los versos ni puso especial sentimiento en ellos porque habría preferido batirse contra una docena de hombres antes que reconocer cuánto empeño estaba poniendo en escoger algo que pudiera gustarle, pero Cecily permaneció tumbada de lado junto a él, apoyada sobre un codo, escuchando mientras sonreía embelesada.

Eso debía ser embelesamiento, ¿no? Bueno, si no lo era, se le parecía mucho a la adoración. ¡De acuerdo! Era interés.

Cuando terminó, cerró el libro.

—Bueno.

—Bueno ¿qué, Cecily?

—No ha sido tan espantoso. Competente.

—Tu capacidad para elogiar es extraordinaria.

—He dicho que eres competente. Además, no soy de las que disfruta especialmente de la poesía. Me entusiasma más la practicidad.

—¿No te gusta la poesía y me has tenido recitando al condenado Byron durante un buen rato? —se quejó él.

Ella se encogió de hombros.

—Estabas tan empeñado en leer que no quise privarte de la emoción.

—¿Practicidad dices? Veamos si valoras más esto otro.

Dominic buscó en el interior de su chaqueta de terciopelo negro. Había llegado el momento de mostrar la rosa. La sacó procurando que el tallo no se enganchase con la tela y se la tendió. No estaba tan fresca como debería, sin embargo, no la había estropeado del todo.

Cecily parpadeó un par de veces. Y se quedó con la boca abierta.

—¿La llevabas escondida?

—No hagas que esto resulte más humillante de lo necesario. Acéptala sin más.

Ella se la acercó y la olfateó.

—¿En qué universo sería humillante que un esposo obsequiase a su mujer con una rosa? Es preciosa.

—Sí que lo es —dijo, y si su mujer no hubiese estado admirando la flor con tanto sentimiento se habría dado cuenta de que él no se refería a la rosa. Cecily lo fascinaba.

—Gracias. ¿Poesía solo? Competente. ¿Poesía y una flor? Admirable, Dominic.

—No olvides los dulces —le recordó.

—Oh, no, sería imposible olvidarlos. Me siento… Yo creo que…

Cecily jugueteó con el tallo.

—¿Qué?

—Creo que podría sentirme tentada a recompensar tus atenciones —coqueteó la dama.

—¿Cómo? —preguntó el duque de inmediato.

—Bueno, eso no lo he decidido todavía.

—¿Cuándo?

—Oh, Dominic, no estropees este momento con tu…

—¿Con mi qué?

—Sé paciente, te lo ruego —le solicitó la duquesa.

Él suspiró.

—Supongo que tampoco tengo opción. Será como digas, Cecily.

—No te muestres tan decepcionado. Me haces sentir culpable —lo regañó con suavidad.

—He preparado un pícnic entero. Lo he hecho yo, sin ayuda de nadie, ni tan siquiera Resswell me hizo la sugerencia.

—El cortejo requiere constancia.

—Por la tumba de mi hermana, mujer, que conseguir complacerte va a acabar conmigo.

Cecily levantó la mirada. Dominic comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir y el tono en el que lo había dicho.

—También te escuché jurar por la tumba de tu hermana aquella noche.

Ambos sabían a qué escena en concreto se estaba refiriendo ella. La referencia ensombreció durante unos segundos el ambiente.

—Creí que habías dicho que no íbamos a hablar del pasado.

—Y no lo haremos, al menos no del nuestro, pero tengo interés en conocer tu historia, Dominic.

—¿Qué quieres saber?

Ella comprendió que él acababa de abrir una puerta que posiblemente llevase mucho tiempo cerrada.

—No sabía que habías tenido una hermana. —Cecily acarició uno de los pétalos de la rosa. Él asintió—. ¿Cómo se llamaba?

El duque no dijo nada, y cuando Cecily pensó que era momento de cambiar de conversación, él habló:

—Julia. Murió hace años. Era muy pequeña. Y antes de que preguntes, no existe ninguna historia oscura que explique por qué juro por su tumba. Fue mi hermana y la quería. Utilizo esa expresión cuando quiero dejar claro que mi voluntad es férrea.

—Lo siento mucho.

—No necesitas sentirlo. Tú no tuviste la culpa ni la conocías.

—De igual modo percibo tu dolor y siento mucho que la perdieses.

Algo se apretó en el pecho del duque. Era la primera vez que sentía que ella se preocupaba por él. Además de Resswell, nadie se tomaba esa molestia.

—Estábamos muy unidos cuando éramos niños.

—¿Era más mayor que tú?

—Menor.

Cecily sonrió un poco.

—Te imagino siendo un hermano increíblemente protector. ¿Me equivoco?

—Lo fui. Era la luz que se apagó cuando me quedé sin ella. La enfermedad se la llevó.

—Yo también me sentí muy mal cuando perdí a mi madre. Era una mujer tan buena… Mi padre nunca se la mereció. Tú le hubieses gustado, porque me he dado cuenta estos días de que eres un hombre muy protector. Háblame de tu hermana. Me gustaría conocer más cosas de ella.

Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Ella fue una de las pocas personas que nunca tuvo miedo de tocarme después del accidente.

La mirada de Cecily se dirigió de inmediato hacia la cicatriz. Dominic lo notó. Siempre lo notaba. Sin embargo, nunca hacía ninguna mueca cuando la observaba. Le hablaba como si esa marca no existiese.

—¿Qué te ocurrió, Dominic?

Él levantó una mano y rozó con dos dedos la piel irregular que descendía por el lado izquierdo de su rostro.

—Agua hirviendo.

Cecily dejó la rosa sobre su regazo.

—¿Quieres hablar de ello o te incomoda?

Él negó con la cabeza.

—Te lo contaré. Era un niño y, como todos los niños, me encontraba donde no debía cuando alguien transportaba agua recién retirada del fuego.

Hubo un tropiezo, un movimiento desafortunado y buena parte terminó sobre mi rostro.

—Movió la mano desde la sien hasta la mandíbula—. Aquí me llevé la peor parte.

Cecily se estremeció con solo imaginárselo.

—Debió de dolerte muchísimo.

Dominic soltó una risa sin humor.

—No recuerdo demasiado de los primeros momentos. Sí, lo que vino después. Las curas, el olor de los ungüentos, las vendas pegadas a la piel y los adultos diciéndome que permaneciese inmóvil cuando lo único que quería era arrancármelo todo.

Ella chasqueó la lengua.

—Debió dolerte tanto… y eras solo un niño.

Dominic la miró. Cecily había dejado de contemplar la cicatriz y tenía la mirada fija en sus ojos.

—Mi hermana entraba a verme —continuó—. No siempre le permitían hacerlo porque yo era… desagradable a la vista.

El ceño de Cecily se frunció.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—No. Es la opinión de adultos estúpidos que decidieron que un niño herido podía resultar desagradable. Tú eres mucho más que una herida, Dominic. Además, sospecho que, si no hubieses tenido esa marca, yo no estaría aquí contigo.

—¿Qué significa eso?

—Que soy peculiar, ya te lo he dicho. Jamás me he fijado en hombres deslumbrantes.

De hecho, Rosehaven es el caballero más radiante que conozco y no podría haberme casado con él nunca.

No es como si él no se hubiese fijado en Beatrice nada más la vio.

En cambio… ¿tú? Te encontré extraordinariamente interesante en cuanto te vi.

—¿Por la cicatriz?

—Por todo lo que debía haber detrás de un hombre marcado. Sentí interés por ti de inmediato. Háblame de Julia.

—Se colaba algunas veces. Se sentaba conmigo y hablaba sin parar hasta que conseguía que me olvidase un poco del dolor. Cuando quitaron las vendas y quedó claro que la marca no desaparecería, fue la primera persona que me tocó la cara sin que yo se lo pidiese.

Cecily bajó la vista.

—Yo también lo hice.

—Lo recuerdo muy bien. Me besaste las heridas. —La respuesta le salió más grave de lo que pretendía.

Ella volvió a levantar los ojos.

—Creí que te había molestado mi atrevimiento.

Dominic tardó en comprender.

—¿Cuándo?

—Aquella noche. Después de que me echases, durante mucho tiempo pensé que quizá había cruzado algún límite cuando besé tu cicatriz. O que tal vez fue por el dinero que te pedí.

El duque se quedó helado.

—¿Creíste que te expulsé de mi vida por eso?

—Llegué a pensar muchas cosas. Nunca me diste un motivo.

Aquella frase encontró un lugar doloroso en el que alojarse.

—No fue por ninguna de esas dos cosas —susurró inseguro.

Ella vio que él estaba muy incómodo. Negó con la cabeza.

—Lo siento. Te he dicho que no quería rememorar nuestro pasado y a la primera ocasión he incumplido mi palabra. ¿Quieres hablarme de tu hermano?

Dominic volvió la cabeza de inmediato.

—¿Qué hermano?

—El que dicen que asesinaste. No te preocupes, jamás me creí una palabra de eso.

—Nunca tuve ningún hermano.

Ella parpadeó.

—¿Nunca?

—Jamás.

—¿Ni uno pequeño que desapareciese misteriosamente?

—Cecily… No deberías creer todo lo que escuchas.