Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Superar pruebas increíbles

Dominic se presentó aquella tarde en casa de Harrowmere cargado con una caja de dulces, un libro de poemas y un ramo de rosas rojas tan escandalosamente grande que durante todo el trayecto había evitado mirar a Resswell por miedo a descubrir que sonreía.

Jamás en su vida se había sentido tan ridículo y, aun así, cuando Cecily apareció en el vestíbulo y sus ojos se iluminaron al reparar en las flores, decidió que la humillación había valido la pena… un poco.

Harrowmere no salió a recibirlo. La hermana de su esposa le explicó que el conde estaba atendiendo asuntos importantes, en especial, porque todavía no estaba seguro de poder encontrarse frente a Blackshow sin intentar matarlo.

No lo dijo con esas palabras, por descontado, pero no hizo falta para que Dominic adivinase la verdad.

El protector de su esposa se había enterado de la verdad y sentía una sed asesina brutal.

Por su parte, la condesa añadió, con una amabilidad impecable, que ella se había mostrado bastante más razonable sobre el asunto de la boda secreta.

Solo pensaba presentarse en Black Manor con una pistola si Dominic no conseguía hacer feliz a su hermana.

Eso sí lo manifestó palabra por palabra.

Y el duque la tomó muy en serio, pues había conocido hacía poco a lady Harrowmere, pero bastaba con contemplar sus ojos cuando miraba a Cecily para comprender que la mujer sería capaz de atravesar Inglaterra armada si sospechaba que su hermana sufría.

Así que Dominic le aseguró que pretendía poner de su parte, del mismo modo que Cecily le había comunicado que lo haría a través de una extensa misiva.

Eso le recordó otro agravio.

Dominic informó a su esposa de que no aprobaba en absoluto el método de comunicación que había elegido.

Resswell era su secretario y no tenía por qué conocer los asuntos privados de su matrimonio, mucho menos detalles relacionados con lo que tendría que hacer para conseguir que su propia esposa lo aceptase en la cama.

Cecily respondió que aquel era un problema de él porque a ella, Resswell, siempre le había parecido de lo más sensato, agradable y confiable.

Dominic no discutió nada más porque sabía que ella pretendía irritarlo y no quería darle el placer tan pronto.

Y así fue como Cecily, Lavinia, Dominic y un señor Resswell demasiado satisfecho consigo mismo emprendieron el viaje hacia Black Manor.

***

Tres días habían transcurrido desde que llegaron al campo y Dominic empezaba a sospechar que cortejar a una esposa podía resultar bastante más agotador que conseguirla.

Estaba cumpliendo las normas establecidas; él se limitaba a seguir las órdenes de cortejo que tan bien le había explicado el maldito Resswell.

No había entrado en la alcoba de Cecily con o sin llamar, no había enviado criado alguno para comunicarle que deseaba verla y demás cuestiones.

Saber que la tenía al alcance de la mano y que no podía ni rozarla lo estaba matando.

El deseo era tan crudo y visceral que por las noches tenía que usar su propia mano para complacerse.

La deseaba con una intensidad que no disminuía con los días.

Al contrario. Verla durante el desayuno, escucharla hablar con el administrador, encontrarla revisando las cuentas domésticas con la señora Henderson o descubrirla en los jardines interesándose por algún problema de los arrendatarios solo empeoraba las cosas.

Cecily había entrado en Black Manor como si llevase años preparándose para convertirse en su señora y, en poquísimo tiempo, una casa que siempre había considerado perfectamente organizada empezaba a girar alrededor de ella.

Cecily se había puesto la alianza. Dominic la descubrió en su mano la primera mañana en Black Manor y tuvo que contenerse para no saltar de alegría.

Aquel pequeño aro debía llevar dos años escondido y verlo le produjo una gran satisfacción.

No había duda de que ella había aceptado darle una oportunidad.

Estaba convencido de que el ramo de rosas que le llevó a casa de Harrowmere fue como una bandera blanca y tuvo su recompensa.

Eso le hizo más fácil comenzar el camino del cortejo.

Lady Lavinia tampoco había resultado ser la carabina insufrible que esperaba.

Poseía un carácter mucho más tranquilo que Cecily, observaba bastante más de lo que se advertía y, para sorpresa de Dominic, no estaba empeñada en impedir cualquier acercamiento entre el matrimonio.

Algunas veces incluso desaparecía tan convenientemente que Blackshow sospechaba que la joven era una aliada.

¿Suya?

No, eso sería demasiado optimista. De Cecily, sin duda; no obstante, Dominic había llegado a la conclusión de que Lavinia deseaba la felicidad de su amiga y todavía estaba decidiendo si él sería una parte clave en la dicha de su mejor amiga.

Por eso, allí estaba aquella mañana, cabalgando junto a su esposa por una de las extensiones más hermosas de Black Manor mientras intentaba comportarse como el condenado caballero que Cecily le había exigido que fuese.

Había preparado un pícnic.

Él. Sí. El séptimo duque de Blackshow, un hombre al que muchos londinenses consideraban capaz de asesinar a sus familiares por entretenimiento, había pasado parte de la mañana asegurándose de que metiesen en una cesta los dulces confitados que descubrió que Cecily adoraba, una botella de vino, fruta, pan, queso y otros alimentos que la cocinera juzgó apropiados.

También llevaba consigo el volumen de Byron comprado en Londres y una rosa que había conseguido esconder sin aplastarla durante el paseo.

¡Cortejo!

Aquello era un maldito cortejo en toda regla.

Y, puesto que Cecily parecía feliz, estaba empezando a importarle muy poco lo ridículo que pudiera resultar.

Incluso pensaba ofrecerle una sonrisa cautivadora cuando llegase el momento.

Cómo demonios se suponía que debía conseguir eso continuaba siendo un misterio.

Eligieron una colina desde la que podía contemplarse buena parte de las tierras de Blackshow.

Los caballos quedaron atados cerca, a la sombra de unos árboles, mientras Dominic extendía sobre la hierba una manta que uno de los criados había preparado.

Cecily se acomodó sobre ella cuando estuvo lista y contempló el paisaje con gran satisfacción.

—Es precioso.

Dominic se sentó a su lado.

—¿El paisaje o yo?

Cecily giró la cabeza de inmediato.

—¿Eso ha sido un intento de conversación agradable?

—Estoy practicando. ¿Qué tal lo hago?

—¡Quién iba a sospechar que el duque de Blackshow sabía coquetear! —le dijo, para después soltar una risa franca.

—Resswell aseguró que debía hacerte sonreír, según tus propias instrucciones.

—Lo sé. Me sorprende y halaga que te hayas tomado tan en serio mis indicaciones.

—¿Tenía otra opción?

Cecily le sonrió y Dominic decidió que, teniendo en cuenta el resultado, su primera tentativa de seducción podía considerarse un éxito.

—No, supongo que no.

—¿Dónde está Lavinia? —preguntó él.

—Ha considerado que hoy podíamos prescindir de su vigilancia.

—Empiezo a apreciar mucho a esa mujer.

—No te entusiasmes. Me ha dicho que si regreso disgustada irá a buscarme una pistola.

Dominic hizo una mueca.

—¿Existe alguna mujer cercana a ti que no pretenda amenazarme, dispararme o matarme directamente?

—Depende de cómo sigan las cosas entre nosotros.

—¿Y cómo están yendo, Cecily?

—Es pronto para decirlo.

—¿Ni una pequeña indicación?

—No van mal.

—Pequeña bruja… —susurró él, ante lo que la dama se rio complacida. Le gustaba que su esposo bromease con ella.

Y entonces ocurrió algo extraño. El duque de Blackshow sonrió y no resultó siniestro. No fue una gran carcajada ni algo parecido a aquellas sonrisas cautivadoras que Cecily había exigido en la carta, pero fue suficiente para que ella se quedara observándolo con mucha atención.

—No creí llegar a verla de nuevo.

—¿El qué?

—Tu sonrisa.

Dominic perdió parte de ella por puro reflejo.

—Debo verme extraño sonriendo. La cicatriz no combina demasiado bien con una sonrisa cautivadora.

—A mí me ha gustado.

—Eres una mujer extraña.

—Peculiar.

—¿Qué?

—Aurelia dice que soy muy peculiar. Excéntrica en el mejor de los casos. Me gusta que me sonrías, Dominic. Así que te agradecería que lo hicieses más a menudo.

Él asintió un par de veces con la cabeza.

—Lo haré si siempre utilizas mi nombre de pila. ¿Tenemos un trato?

—Me gusta tu idea. Supongo que sí, tenemos un trato. ¿Ves? No es tan complicado complacerme Un cortejo, alguna sonrisa y ya puedo sentirme tranquila a tu lado.

—¿Es ahora cuando debería disculparme por el modo en el que te abordé en Londres?

—No. Ahora no es momento de pensar en el pasado. Prefiero centrarme en el presente. No quiero que nada nos empañe estos pequeños avances que estamos haciendo. ¿No te parece?

—¿Tengo otra opción más que aceptar tus sugerencias?

—Ah, muy bien, Dominic, veo que estás aprendiendo.

Él volvió a sonreír sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.

—He traído comida, dulces, poesía y hasta he organizado un pícnic. Creo que merezco algún halago por mi elaborado cortejo.

La facilidad con la que ella estaba hablándole le confirmaba que aquella salida al aire libre había sido una elección excelente.

—Uhm… ¿Dulces?

Él abrió la cesta.

—Confitados.

—¡Dominic! —Aquella vez pronunció su nombre con un entusiasmo que hizo que al duque le pareciese una magnífica inversión cualquier cantidad que hubiera pagado por ellos.

Le ofreció uno. Cecily lo cogió y cerró los ojos mientras lo probaba.

—Están deliciosos.

—Lo sé.

Ella volvió a mirarlo.

—¿Los has probado?

—No. Te observé comerlos durante el viaje desde Londres.

La expresión de Cecily cambió un poco.

—¿Te fijaste?

Él suspiró. No solo se había fijado. Las expresiones y pequeños sonidos de ella mientras los paladeaba lo habían puesto más duro que una piedra. Al igual que lo estaba en ese momento. Su erección le dolía como el infierno.