Capítulo 7 #5
—Seguramente.
—Sigue.
—Regalos elegidos pensando en ella y no simplemente objetos costosos que cualquier duque pueda ordenar que compren sus criados. Algún cumplido ocasional tampoco estaría de más. Y le recomienda que le traiga usted mismo las flores. Puede empezar cuando la recojamos para marcharnos al campo.
—¿Tengo que halagar a mi propia esposa y regalarle flores para acostarme con ella mientras sonrío de modo cautivador?
—No parece obligatorio que se acueste con ella.
Dominic giró lentamente la cabeza.
—Resswell, no te imaginas lo cerca que estás de la muerte.
—Solo interpreto las condiciones, excelencia.
—Continúa antes de que deje de necesitar un secretario.
—También insiste en que el cortejo deberá tener como finalidad conseguir que ella desee su compañía, no recordarle que está obligada a proporcionarle herederos.
Dominic dejó escapar una risa incrédula.
—Quiere que la seduzca.
—Esa sería una forma menos romántica de expresarlo. No sería adecuada, según mi humilde opinión.
—Mi esposa quiere que la seduzca, sé de lo que hablo.
—Creo que pretende que la enamore.
Aquello consiguió que Dominic dejase de sonreír.
—¿Eso ha escrito ella?
—No.
—Entonces, no te inventes las cosas.
Resswell dobló un poco la hoja.
—Hay una última observación muy sincera.
Dominic lo miró con suspicacia.
—Léela.
—«Dígale también que no basta con conseguir que mi cuerpo lo desee.
Eso ya sabemos ambos que puede hacerlo. Tendrá que lograr que confíe en él.
He cambiado de opinión desde la última vez que nos vimos.
Estoy dispuesta a darle una oportunidad, aunque no la merezca.
Lo estropeó todo una vez. Si falla una segunda, no habrá más».
Dominic sintió una emoción extraña recorriéndole todo el cuerpo. ¿Una oportunidad? Eso era bueno, ¿no?
El recuerdo del gabinete regresó con una claridad brutal: Cecily entre sus brazos, su respiración entrecortada, la forma en que había respondido a sus caricias y, después, aquella bofetada que todavía podía sentir sin tan siquiera esforzarse.
¿Quería que ella se enamorase de él? Imaginarse que Cecily le entregaba su alma además de su cuerpo era muy tentador.
Maldito Resswell por meterle esas cosas en la cabeza. ¿Qué sabía él de amor?
—No sé cómo cortejar a una mujer —dijo en un murmullo.
—Ella le ha dado muchas pistas sobre cómo debe hacerlo.
Siga sus instrucciones y le irá bien. Si tengo que soportar un solo día más únicamente con su compañía, tendré que renunciar a mi puesto.
Su carácter ya era agrio antes de casarse, pero ¿después de que ella llegase y se marchase?
Ha sido horrible. No puedo volver a pasar por eso de nuevo.
—Te detesto muchísimo, Resswell.
—Sí, lo sé, pero eso no importa. La que no debe detestarlo a usted es su mujer —le recomendó.
—Ella quiere que me arrastre.
—Sí. Eso considero yo también.
—No me arrastro jamás.
—También lo sé.
—No pienso rogarle que me permita entrar en su cama.
El duque comenzó a caminar hacia el carruaje. Resswell lo siguió. Se puso a su lado en un momento.
—Por supuesto que no, excelencia.
—Ni le enviaré flores cada mañana como un muchacho enamorado.
—Jamás se me ocurriría sugerirlo.
—Y mucho menos escribirle versos.
Resswell se detuvo y el duque hizo lo mismo por inercia.
—¿Ha pensado escribirle versos? Ella no lo contemplaba en sus anotaciones. Creo que es muy inteligente por su parte.
—¡He dicho que no lo haré! ¿Estás sordo?
—Lord Byron es recomendable. Le compraré un libro para que se inspire. Practique frente al espejo sus sonrisas cautivadoras; no queremos que ella sienta miedo.
—Eres un desagradecido, Resswell.
Dominic se puso en movimiento y apretó el paso.
—No lo creo.
—Deja de sonreír.
—No estoy sonriendo.
—Sí que lo estás haciendo.
—¿A dónde vamos, excelencia?
—¿No has dicho que ella quiere salir esta tarde hacia Black Manor?
—Así es.
—Entonces tendré que ir a una condenada floristería.
—Comprendo. Le aconsejo rosas rojas.
—Sé que debo comprarle rosas rojas. No me hacen falta tus consejos.
—Desde luego. ¿Pararemos en la librería para ver un ejemplar de lord Byron, excelencia?
—Sí, maldita sea, claro que haremos eso. ¿Acaso no has entendido que ella me está dando una oportunidad?
—Sí, excelencia.
—Dulces. Hay que comprar dulces también. Algo de chocolate le gustará.
—Fantástica idea.
Resswell abrió la puerta del carruaje para que el duque subiera y lo hizo de inmediato. Tenían que hacer varias paradas antes de que se hiciese tarde.
Por Dios que ella había conseguido lo imposible de él. La cortejaría, pero no se arrastraría. No. Flores, algún poema, dulces y poco más… Nada de sonrisas cautivadoras. Sí. Ella tendría que contentarse con las migajas que él quisiera darle.
¡Maldición! Si no fuese porque anhelaba que lo mirase como aquella primera noche…
Quería que volviese a tocar y besar su cicatriz sin miedo, escuchar su risa, que lo provocase y que entrase en su cama porque no soportaba la idea de dormir lejos de él…
Y, para su profundo disgusto, acababa de descubrir que su esposa sabía exactamente cuánto poder le concedían sus anhelos.