Capítulo 7 #4
—Entonces me alegra que sigamos orientados geográficamente.
Dominic cerró los ojos durante un instante.
—¿Qué más?
—La duquesa solicita disponer de un carruaje a su servicio siempre que lo necesite y sin tener que solicitar autorización previa.
—¿Para qué?
—No lo especifica.
—Pues no.
—Si no lo tiene, no irá con usted.
—Maldita mujer, ¿qué más quiere?
—También desea un caballo.
—¿Un caballo?
—Uno para su uso particular. Añade que preferiría escogerlo ella misma porque no confía en que usted no le asigne «una yegua moribunda con la esperanza de mantenerla dentro de casa».
—Sigue.
—Así mismo, desea acceso a la biblioteca, a los salones, a los jardines, a los invernaderos y a cualquier estancia de la casa que corresponda al uso de la duquesa de Blackshow.
El rostro de Dominic se endureció.
—Mi despacho no.
Resswell bajó la vista hacia la hoja.
—Curioso.
—¿El qué?
—Lo menciona expresamente.
—Por supuesto que lo hace.
—Dice que entiende que los documentos del ducado son privados, pero que, si pretende desempeñar adecuadamente sus obligaciones como duquesa, espera poder entrar en su despacho siempre que necesite hablar con usted.
Dominic tendió la mano.
—Dame esa maldita carta.
—Todavía no he terminado.
—Empiezo a sospechar que nunca terminarás.
—También solicita que no se le impida revisar las cuentas domésticas con el ama de llaves, conocer al personal de Black Manor, visitar a los arrendatarios y familiarizarse con las obras benéficas que dependan de la familia.
Dominic frunció el ceño. Aquello no era una exigencia absurda. De hecho, era exactamente lo que cabría esperar de una duquesa responsable. La constatación lo irritó todavía más.
—¿Has terminado?
—No.
—Por supuesto que no.
Resswell movió un poco una de las hojas para protegerla de una ráfaga de viento.
—Su esposa desea dejar claro que no aceptará que usted decida cuándo debe retirarse, con quién puede hablar, qué puede leer ni de qué manera debe ocupar sus días, y ella se compromete a que su conducta no empañe el honor de la familia.
—¿No le diré qué puede leer?
—Eso pone.
Dominic miró la hoja con suspicacia.
—¿Por qué ha incluido eso?
—Tal vez le guste algún tipo de lectura que usted no aprobaría.
—¿Ya hemos acabado?
—No.
—Continúa.
—No permitirá que usted entre en su dormitorio sin llamar.
—Es mi esposa.
—Precisamente por eso la condición parece referirse a usted.
—Puedo entrar en la alcoba de mi esposa.
—La duquesa afirma que sí, después de llamar.
—¿Y si no responde?
Resswell consultó el papel.
—«Si no respondo, significa que no quiero recibirlo, por lo tanto, no debe insistir».
Dominic dejó escapar una maldición.
—¿Seguro que ella ha escrito eso?
—Se lo juró por mi honor.
—Esa mujer pretende volverme loco.
—Todavía quedan varias condiciones antes de que podamos llegar a esa conclusión.
—Por supuesto que quedan más.
—No desea que los criados sean utilizados para transmitir mensajes relacionados con sus obligaciones matrimoniales.
Dominic tardó un instante en comprenderlo.
—¿Ha escrito eso?
—Literalmente dice: «Si su excelencia desea intimidad conmigo, tendrá que reunir el valor suficiente para decírmelo él mismo y no mandar a un lacayo como si solicitara una bandeja de té para indicarme que debo prepararme».
Resswell tuvo que carraspear.
Dominic lo señaló con un dedo.
—Si te ríes, estás despedido.
—Jamás se me ocurriría.
—Tu cara dice lo contrario.
—Mi cara carece de disciplina.
—Como tú mismo.
El secretario siguió leyendo:
—Tampoco tolerará puertas cerradas con llave para impedirle abandonar o entrar en una estancia, amenazas sobre retirarle dinero o privilegios ni «discursos absurdos acerca de quién pertenece a quién».
—Eso último ni siquiera es una condición.
—Ella lo considera importante.
—Está casada conmigo. Es mía.
—Parece que lo recuerda perfectamente y que no necesita oírselo decir a usted.
—Sigue.
—También pide que jamás vuelva a llamarla mentirosa sin pruebas. Eso lo ha subrayado tres veces.
Aquella frase consiguió que Dominic se tensase.
Rivington acababa de jurarle por su honor que Cecily jamás había alentado o permitido que entre ellos existiese la menor intimidad.
Antes de eso, ella misma le había repetido una y otra vez que no había conocido a ningún hombre salvo a él.
Y en esos instantes, esa condenada frase…
Sintió una punzada desagradable en el estómago.
—Sigue —ordenó con menos fuerza.
Resswell volteó la hoja para seguir leyéndola.
—Si surge cualquier desacuerdo entre ambos, la duquesa exige que usted lo hable con ella en lugar de castigarla con silencio, desaparecer o echarla de casa, porque si vuelve a expulsarla de su vida no regresará jamás. Esto está rodeado con un círculo. Es muy importante para ella.
Dominic comenzó a negar con la cabeza. ¡Fantástico! Le pide que no use a nadie del servicio para transmitirle sus deseos, pero ella sí que puede utilizar a Resswell para hacer justo eso. ¡Mujeres!
Y lo peor era que su secretario ya tenía toda la información sobre su matrimonio. Sí que debía estar muy enfadada con él si había hecho partícipe a Resswell de asuntos tan privados. Si lo que pretendía era avergonzarlo, lo estaba haciendo a las mil maravillas.
—Si alguna vez le cuentas algo de esto a alguien, te enterraré vivo. ¿Lo comprendes?
—Perfectamente. No tiene nada que temer. Nunca traicionaría a una mujer tan inteligente como su esposa.
—¿Inteligente?
—Ella ha previsto cada uno de los casos que pueden darse con usted. Es previsora y muy inteligente. Yo debí haber hecho una lista similar cuando acepté el puesto.
Dominic se tragó una maldición. La calle pareció volverse más fría.
—Continúa.
—Quiere flores frescas con cierta frecuencia.
—Habrá flores. Eso parece sencillo —opinó el duque.
—Muy bien.
—¿Algo más?
El secretario examinó el final de la hoja.
—Sí. Otra cuestión importante.
—Todas parecen ser importantes —dijo con retintín el duque. Dominic levantó la mirada al cielo como si buscase paciencia allí arriba—. Adelante, habla.
—Su duquesa considera que, ya que usted ha insistido con tanta vehemencia en que regrese para cumplir con sus obligaciones reproductoras como esposa, espera que usted cumpla también con las propias de un marido.
Dominic asintió. Al fin un poco de esperanza.
—Eso me interesa. Lee exactamente lo que ha escrito.
Resswell retrocedió un paso.
—No creo que signifique lo que está pensando.
—Lee —le ordenó con firmeza.
—«Un esposo debe proporcionar seguridad, respeto y protección a su esposa. Si Blackshow pretende reclamar cualquiera de sus derechos matrimoniales, más le vale comenzar demostrando que entiende también sus obligaciones».
Dominic se quedó mirándolo sin poder ocultar su asombro.
Entonces Resswell se sacó otro papel del interior de la chaqueta.
—Esto es para usted. —Se lo tendió—. Debía dárselo en este momento, según las indicaciones de su duquesa.
Dominic abrió la hoja y leyó rápidamente lo que allí estaba escrito.
—¿Por qué no me has leído esto, Resswell? Sé que has disfrutado mucho con mi incomodidad.
El secretario adoptó una expresión del todo inocente.
—Consideré que sería mejor que lo descubriese usted mismo, tal y como ella me pidió.
—¿Acaso tu salario sale del bolsillo de mi esposa?
—No, pero como es su duquesa, considero que debo servirla igual de bien que a usted.
—Por mí no te tomas tantas molestias.
El secretario agitó los hombros para mostrar despreocupación.
—Es cierto.
Dominic leyó de nuevo aquel breve texto:
«El Duque Siniestro debe procurar descansar durante el viaje. Sospecho que necesitará todas sus fuerzas cuando lleguemos a Black Manor y no será para su satisfacción, sino para mantenerme contenta a mí».
Dominic apretó tanto la hoja que el papel crujió entre sus dedos.
—Dime que hemos acabado por fin.
Su secretario pasó a otra hoja y él se tragó un aullido.
—Su esposa afirma que hay algunas cuestiones que debe cumplir antes de que ella quiera compartir su cama.
Dominic sintió ganas de ponerse a gritar de pura rabia.
—¿Más cuestiones todavía?
Resswell carraspeó.
—Dice que, si pretende que ella se muestre receptiva mientras comparten intimidad, usted tendrá que cortejarla debidamente. De otro modo, no cooperará.
Dominic se quedó mirándolo y alzó las cejas.
—¿Eso pone ahí?
—Se lo juro.
—¿Esa mujer no puede guardarse nada? ¿Nadie le ha enseñado lo que es la discreción?
—Creo que quiere que usted comprenda sus… necesidades.
—¿Cortejarla es una necesidad? ¿Por qué debería cortejarla si ya es mi esposa?
Resswell procedió a leer:
—«Puede recordarle a su excelencia que soy muy consciente de que ya soy su esposa, pero, como no tuve oportunidad de tener un cortejo adecuado, lo quiero ahora.
Si pretende lograr que las relaciones sean satisfactorias para él y yo sacie sus apetitos y no me limite a llevar a cabo mi deber reproductor como si fuese una penitencia, deberá cortejarme para que yo desee cooperar en la cama».
Dominic no daba crédito al despropósito. ¡Estaba aireando su matrimonio frente a Resswell! Ella se había vuelto loca, o tal y como le acababa de señalar Rivington no hacía mucho, le estaba dando una lección.
—Esa mujer entró en mi casa en mitad de la noche y exigió que me casara con ella. ¡Ella es la que debió cortejarme a mí! —se quejó.
—A mí me parece que esa conclusión no hará más que irritarla si se la dice a la cara. Recuerde que la dama ha aceptado ya ir al campo con usted sin tener que asaltar la casa de Harrowmere y robársela. Lo que debe hacer a partir de ahora es que no quiera huir.
Dominic le lanzó una mirada asesina.
—No soy tan estúpido. Sé muy bien lo que tengo que hacer, maldito entrometido.
—Solo pretendo ayudar, excelencia.
—¿Qué entiende ella por cortejar? Supongo que lo especificará si tan previsora e inteligente es.
Resswell procedió a seguir con la lectura.
—Además de las flores, visitas, paseos, atenciones, conversaciones agradables y muchas sonrisas cautivadoras.
—¿Conversaciones agradables y muchas sonrisas cautivadoras?
—Está subrayado tres veces también.
—Yo jamás sonrío. Eso es una provocación.