Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—¿Hubo algo entre ustedes?

—No.

Dominic notó cómo parte de la presión desaparecía y se enfadó consigo mismo por sentir alivio.

A pesar de ello necesitaba más información.

A diferencia de él, Rivington era encantador, apuesto y seguro que sabría cómo tratar a las mujeres.

Así que era difícil no imaginarse a Cecily sintiendo debilidad por un caballero que era lo opuesto a él.

—Necesito saber si…

—He dicho que no hubo nada. —El tono del barón adquirió una dureza que hasta entonces no había utilizado—.

Jamás besé a lady Ceci… a su duquesa —se enmendó—.

Jamás la toqué de una forma que un caballero no pueda permitirse con una dama y nunca estuvimos juntos en circunstancia alguna que pudiera poner en duda su honor.

Lo ocurrido en Hookham’s fue inocente, y cuando la llevé en brazos por Hyde Park lo hice porque se había desmayado después de rechazar mi propuesta.

Si necesita algo más claro, se lo diré de otra forma: su esposa no le ha sido infiel conmigo ni con nadie.

Y se lo puedo garantizar porque desde que la conozco me he hecho un buen retrato del carácter de la dama.

Cecily puede ser imprudente, posee una lengua capaz de enfurecer a un santo y en ocasiones se empeña tanto en salirse con la suya que uno termina preguntándose si comprende el significado de la palabra sensatez.

Sin embargo, es una de las personas más leales que conozco.

Es inteligente, tenaz y está siempre dispuesta a ayudar a todo el mundo, a pesar de que hacerlo le cause problemas.

Ella se casó con usted y le aseguro por mi honor que ella no rompería jamás sus votos.

—¿Cómo puede estar tan seguro de lo que dice?

—Lo que me sorprende es que no lo esté usted.

No sé lo que ocurrió o dejó de ocurrir entre su esposa y usted, y no pretendo inmiscuirme en asuntos que son privados, pero sí me tomaré la libertad de decirle que ella es una excelente amiga mía y que siempre me tendrá a su lado, pase lo que pase.

Además, le diré que no debería dudar de ella nunca, pues el matrimonio de sus padres la marcó hasta el punto de despreciar a quien no es leal.

Así que lamento informarle de que, si usted ha perdido la confianza de su mujer, me temo que no podrá hacer nada para recuperarla.

Cecily tiene la firme convicción de no parecerse a su padre, que es un mujeriego despreciable al que Harrowmere no logrará domesticar del todo mientras viva, pero, al igual que su hermana, no se convertirá en su madre, por lo que no le dará nunca poder a ningún hombre sobre ella si él no merece la pena.

—Todo su discurso me ha sonado a una reprimenda especialmente molesta.

—Un aviso. Usted acaba de aparecer ante mí de la nada y sus preguntas denotan que no confía en su esposa. Es un error que lo haga, porque, si no cambia su estrategia, le aseguro que la perderá.

—¿Se olvida de que está hablando de mi esposa?

—El esposo de una de las mejores amigas de su duquesa es mi mejor amigo.

Hace meses que el marqués de Rosehaven, ese es mi amigo —le aclaró— se casó con la dama en cuestión.

Yo no lo había visto a usted nunca y mi querida amiga Cecily jamás lo mencionó en nuestras conversaciones.

Eso me indica que ella debe estar muy enfadada con usted.

—No tiene motivos para estarlo.

—Ya… Seguro que no, por eso usted ha venido a Londres a toda prisa en cuanto leyó la maliciosa columna.

No debe tener celos de mí. Debe preocuparse más por su esposa.

Ella puede ser una auténtica fiera cuando se lo propone.

Harrowmere siempre se queja de ello. —El barón se quedó un momento pensativo—.

Dígame una cosa: ¿Harrowmere sabe acerca de ese matrimonio secreto suyo?

—Mi esposa debería estar contándoselo en este momento o puede que ya lo haya hecho. ¿Qué tiene que ver él? Ella me pertenece a mí.

—Buena suerte con eso. Es evidente que no conoce al esposo de la hermana de su mujer.

Harrowmere siente verdadera devoción por su condesa, y eso implica que hará cualquier cosa por Cecily, y no solo por lealtad hacia su condesa, sino porque Cecily siempre se jacta de que Damian, así lo llama ella en público o en privado —le dijo para que él comprendiese la magnitud de esa relación—, es el mejor hombre que conoce.

—Bueno. Damian, como usted dice, no le ha pedido matrimonio a mi esposa, así que no tengo nada que discutir con él. Y le aseguro que Harrowmere tiene poco que hacer contra mí.

—Uhm… Crea lo que considere oportuno. Lo cierto es que no quisiera estar en su pellejo.

—Le he dicho que Harrowmere no será ningún problema para mí.

—¿Y su esposa, excelencia? ¿Lo será Cecily? —se atrevió a preguntarle con una sonrisa llena de suficiencia.

—No sea ridículo. Es solo una mujer.

La carcajada que soltó el barón hizo que Dominic frunciese los labios.

—Dios de los cielos… Lady Rosehaven hizo que a mi amigo le saliesen canas verdes, pero usted se volverá verde por completo. Siento una curiosidad tremenda por saber qué le hizo para que ella se olvidase de que estaba casada.

—¿Y no pudo haber sido ella la que incurrió en una falta? —farfulló.

—¿Cecily? Ahora sí que está siendo ridículo. Ella no abandonaría a su marido ni le escondería a todo el mundo la verdad sobre el matrimonio si no tuviese un buen motivo para hacerlo.

—Me molesta que se refiera a mi esposa con tanta familiaridad —masculló enfadado.

—Lo que le disgusta es que yo la conozca mucho mejor que usted.

Supongo que ya hemos acabado de aclarar las cosas.

Puesto que no tiene motivos para seguir nuestro duelo amigable —arrastró la palabra porque no había sido eso ni por asomo—, le aconsejo que no pierda más el tiempo y vaya a pelear por su esposa.

Pelee por ella y no con ella, pues no podrá vencerla y no le conviene enfadarla más de lo que ya debe estar.

Dios santo… Lo que daría por ver la cara de Harrowmere cuando se entere de que ella está casada con usted…

Será un milagro si la deja marcharse de su casa —dijo al tiempo que se daba la vuelta.

Dominic suspiró. No le había gustado nada lo que acababa de ocurrir. Se apresuró a salir del lugar. El aire de la calle no consiguió despejarle la cabeza.

—Fantástico, lo que más me apetece ahora mismo es lidiar con un secretario indisciplinado. Te lo advierto, Resswell, no estoy de humor.

—Nunca lo está, excelencia.

—¿Qué haces aquí fuera?

—Esperarlo, excelencia.

—¿Temías que matase a Rivington o que él me matase a mí?

—Que él lo matase a usted, por supuesto. No me gustaría quedarme sin empleo —observó.

Eso provocó que el duque gimiese lleno de irritación.

—¿Cómo ha resultado todo?

—Extraño. Dime de una vez el motivo por el que estás esperándome en la calle con este maldito clima.

—Su esposa ha enviado una nota.

—¿La has leído?

—Sí.

—¿Por qué has hecho eso?

—Porque venía a mi nombre, excelencia.

—¿Qué?

—Le digo que su esposa me ha informado de sus deseos de partir hacia su finca campestre esta tarde.

—¿Por qué demonios te ha enviado la nota a ti y no a mí?

—¿Debo responder a eso con una sincera suposición, excelencia?

—No. No quiero despedirte todavía.

—Eso me imaginaba.

—¿Qué más dice?

—Me indica que debería informarle a usted de que su familia está ya al tanto de sus… circunstancias y de que Harrowmere ha consentido, no sin mucho esfuerzo por parte de su duquesa y de lady Harrowmere, en que usted se la lleve.

—¡Será desgraciado! ¡Como si él tuviese algo que decir al respecto! Ella es mi esposa.

—Sí, bueno. Su excelencia, su mujer, digo, considera, además, que usted debe saber que si no se comporta como debe o hace algo que vuelva a molestarla, se marchará sin mirar atrás.

—¿Cómo has dicho?

—Me he limitado a citar textualmente lo que su esposa ha escrito e insistido en que le diga, excelencia.

—¿Todavía no ha vuelto conmigo y ya está planeando abandonarme?

—Me temo que, tal vez, la dama no posea mi gran paciencia. Como buen secretario, le aconsejo encarecidamente que se tome al pie de la letra las indicaciones de su mujer.

—Deseo darte un puñetazo.

—¿Acaso no se desquitó lo suficiente con su rival, excelencia?

Dominic apretó los dientes.

—¿Hay algo más que ella te haya dicho que yo deba saber?

—Sí.

—Escúpelo de una vez.

Resswell introdujo una mano en el interior de la casaca y sacó varias hojas dobladas.

—¿Qué es eso?

—La segunda parte. Memoricé la primera porque era la más corta.

Dominic se quedó con la boca abierta.

—¿Existe una segunda parte?

—Me temo que su esposa es una mujer previsora.

—Dame esos papeles.

El secretario apartó las indicaciones antes de que pudiera arrebatárselas.

—Me temo que no puedo hacer lo que me pide. Me escribió a mí, excelencia.

—Resswell…

—Hay instrucciones muy precisas y su duquesa quiere que sea yo quien se las comunique.

Imagino que su mujer desea ahorrarse el placer de contemplar su reacción.

Además, me recuerda en su misiva que yo, a diferencia de usted, le causé una grata impresión cuando me conoció, y que por tal motivo encuentra más razonable hablar conmigo por carta que con usted.

Dominic lo fulminó con la mirada.

—No hace falta que te muestres tan satisfecho de ti mismo. Continúa antes de que te arroje debajo de un carruaje.

Resswell desplegó el papel.

—Su amiga, lady Lavinia Marlowe, a quien usted ya conoce porque estuvo en su boda, viajará con ella.

—No.

—Ya está decidido.

—No por mí.

—Su esposa parece considerar que su opinión sobre ese asunto carece de importancia.

—¡Es mi casa!

—Eso no le importa en absoluto. Me pidió que se lo asegurase de ese modo porque sabía que usted se negaría.

Dominic inspiró despacio por la nariz.

—Sigue.

— Lady Lavinia deberá disponer de una habitación próxima a los aposentos de la duquesa.

—En el ala de invitados.

—Próxima, excelencia. La dama ha subrayado esa palabra dos veces.

—La alojaremos en Escocia.

Resswell levantó la vista.

—Black Manor no está en Escocia.

—Ya lo sé, maldita sea.