Capítulo 7 #2
Dominic se colocó la máscara y el barón hizo lo propio.
—Procure que no suceda.
Rivington soltó una risa.
—Haré lo posible.
Comenzaron.
Blackshow había esperado que el barón fuese competente, pero no tan bueno.
Rivington poseía una esgrima limpia, rápida y poco aparatosa.
No gastaba movimientos inútiles ni buscaba impresionar a quienes pudiesen estar observándolo.
El barón atacaba cuando encontraba una apertura, retrocedía con buen equilibrio y disfrutaba de aquel deporte sin convertirlo en una demostración de vanidad.
Aquello también lo estaba enfureciendo… Bueno. No importaba porque ese bobo no era un duque ni tenía tanto poder como él.
Dominic estudió su postura durante los primeros intercambios, tanteando la velocidad de su brazo y la forma en que cargaba el peso antes de atacar. La pierna dañada tardó algo más en entrar en calor, circunstancia que Rivington aprovechó sin conocerla para conseguir el primer tocado.
La punta protegida del florete alcanzó el pecho del duque.
—Uno —anunció el maestro.
Rivington retrocedió.
—Espero no haberlo ofendido.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Algunos hombres llevan mal que un desconocido los toque antes de haber sido presentados formalmente.
Dominic atacó. Esa vez el golpe llegó al hombro de Rivington con bastante más fuerza de la necesaria.
El barón dio un paso atrás.
—Empiezo a pensar que pertenece usted a ese grupo.
—Ha sido un tocado —se limitó a decir el duque.
—Uno muy entusiasta.
Prosiguieron.
La rigidez de la pierna fue disminuyendo conforme aumentaba el esfuerzo, aunque Dominic sabía que su forma de combatir no era la misma que antes del accidente.
Había aprendido a compensar el leve retraso de algunos movimientos con anticipación, fuerza y una precisión que, en determinados momentos, resultaba más peligrosa que la agilidad perdida.
Rivington consiguió otro punto.
Dominic respondió con dos.
El segundo golpe alcanzó al barón cerca de las costillas y lo obligó a retroceder con una exhalación de sorpresa.
—¿Está seguro de que esto es un ejercicio amistoso?
—¿Le parece que no lo es?
—Todavía no he decidido si pretende ganarme o castigarme por algo.
Dominic bajó un poco la hoja.
—¿Tiene muchos motivos para que alguien quiera castigarlo?
—Ninguno que recuerde, aunque supongo que esa opinión dependerá de a quién preguntemos.
—He oído hablar de usted.
Rivington inclinó la cabeza.
—Eso puede ser bueno o terrible.
—Rivington, ¿verdad?
—El mismo.
Volvieron a ponerse en guardia.
Dominic avanzó.
—El famoso lord Rivington del que hablan todos los periódicos.
El barón paró el ataque y respondió con otro que Dominic desvió.
—Entonces temo que mi fama ha adquirido una dimensión preocupante.
—Según parece, tiene usted cierto éxito con las damas.
—Mi madre estará encantada cuando se entere.
Dominic atacó de nuevo.
Rivington consiguió detener la hoja.
—Más bien con una dama en particular —añadió el duque.
El barón tardó apenas un instante en comprender a quién se refería.
Eso bastó para que Dominic consiguiera tocarlo en el pecho.
—Dos seguidos —observó el barón mientras se separaban—. ¿Ha leído El Espejo de Mayfair ? —cuestionó con recelo.
—Parece difícil evitarlo.
—Créame, lo sé bien.
Dominic no contestó. Se puso otra vez en guardia y esperó a que Rivington hiciese lo mismo.
— Lady Cecily Westcott —mencionó Blackshow.
El duque percibió de inmediato un cambio en el comportamiento de su rival. Rivington pareció más cauteloso, como si todavía no comprendiese por qué aquel desconocido mostraba tanto interés en un asunto que no le concernía.
—¿Qué ocurre con ella?
—Eso esperaba que me dijese usted.
—No acostumbro a comentar asuntos privados con hombres cuyo nombre, apellido o título todavía desconozco.
—No los necesita para responderme. Podría decirse que es mi protegida.
—Creía que eso era cuestión de Harrowmere.
Dominic percibió un matiz divertido en su tono.
—La dama tiene muchos amigos que se preocupan por ella. Entre ellos el duque de Blackshow.
—Que intuyo que debe ser usted.
—¿Qué me ha delatado? ¿La quemadura que vio antes de que me pusiese la máscara?
—Lo cierto es que un poco sí, aunque no la relacioné hasta que he escuchado su título. Dicen que se la hizo siendo pequeño.
—Mis asuntos no son de su incumbencia.
—¿No?
—No —repitió el duque.
—¿Entiende la contradicción de su negativa? Usted pretende que le hable de asuntos que no le conciernen mientras me recuerda que no me meta en los suyos.
Dominic descubrió que el barón le gustaba todavía menos cuando demostraba tener carácter.
Volvieron a cruzar las hojas y durante un rato ninguno habló.
Rivington atacó con rapidez; Dominic paró y respondió; el choque del acero llenó el espacio entre ambos mientras los otros sonidos de la sala parecían alejarse.
Aquello había dejado de ser un simple ejercicio mucho antes de que ninguno reconociera el cambio.
—¿Piensa casarse con ella? —preguntó Dominic durante una pausa.
Rivington bajó el florete y se quitó la máscara. El duque hizo lo mismo.
—Vaya. No pierde el tiempo.
—Tampoco usted, por lo que cuentan. Las crónicas aseguran que han paseado juntos, que bailan con frecuencia, que entraron sin compañía adecuada en Hookham’s y que usted la llevó en brazos por Hyde Park.
El barón lo estudió con curiosidad.
—La dama se desmayó. No crea todo lo que dicen. No fue nada escandaloso.
—También se comenta que pretendía casarse con ella. Honor y todo eso.
—De nuevo, está entrando en un terreno que no le concierne, Blackshow.
—Puede que me concierna más de lo que imagina.
—Sea cual sea su interés en lady Cecily, no pienso hablarle de conversaciones privadas que mantuve con ella.
—Quiero saber sus intenciones hacia la dama.
Rivington dejó escapar una respiración cargada de incredulidad.
—¿Está poniendo en duda mi honor?
—¿Sigue conservando su honor, Rivington?
—¿Qué clase de pregunta es esa? No toleraré que hable en esos términos. La reputación de una mujer puede ser destruida por hombres que hacen preguntas como las que está haciendo usted ahora. Tenga cuidado, se lo advierto.
Dominic sintió que algo se endurecía dentro de su pecho.
No eran celos.
Se negó a conceder aquel nombre a una reacción que podía explicarse con bastante facilidad.
Cecily estaba casada, aunque Londres no lo supiera.
Rivington estaba intentando apropiarse de algo que no tenía derecho a tocar y el simple hecho de que la sociedad considerase posible aquella unión constituía una afrenta para Dominic.
Eso era todo.
—Así que sus intenciones son honorables.
—No sé qué pretende averiguar, pero le advierto algo antes de que continúe. Lady Cecily es una dama irreprochable y me batiré con cualquier hombre que afirme lo contrario. No me importa que ese hombre sea un duque, un rey o el mismísimo regente.
La declaración hizo que algo en el interior del duque se removiese con fuerza. ¿El qué? ¿Culpa? No, seguro que no. El hecho de que un desconocido hablase en esos términos de ella no constituía ninguna prueba de nada.
—Ya nos estamos batiendo, hombre.
—Serán pistolas si es necesario. Se lo advierto, Blackshow.
—Parece tenerla en gran estima.
—La tengo —expuso con orgullo el barón.
—¿Está enamorado de ella?
Rivington soltó una risa sin humor.
—No pienso responder.
—¿Le pidió matrimonio?
—Tampoco pienso responder.
—¿La besó?
El barón se quedó inmóvil.
—Cuidado, Blackshow.
—Solo necesito una respuesta.
—Pues no la tendrá hasta que me explique por qué está aquí mancillando la reputación de una mujer a la que asegura proteger.
Dominic comprendió que había llegado al final de aquella estrategia. Rivington no iba a traicionar una confidencia de Cecily y, lejos de irritarlo, aquella resistencia consiguió que comenzara a creer que quizá el hombre era exactamente lo que todos decían.
Un caballero.
Eso hacía todavía más difícil odiarlo, aunque en realidad lo detestaba con todas sus fuerzas.
—Usted la conoce como lady Cecily Westcott —dijo al fin—, pero ese no es el único título que ella posee.
Rivington frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Dominic suspiró.
—La dama es la duquesa de Blackshow.
El silencio fue absoluto. Rivington se quedó asombrado.
—¿Q…ué? —logró balbucear.
—Es mi esposa.
El barón abrió la boca y volvió a cerrarla. ¿Eso que acababa de ver Dominic en el rostro de su rival era alivio? No, sería sorpresa.
—Pe… pero…
—Está casada conmigo —insistió el duque.
—Eso es imposible —descartó en cuanto se recompuso.
—Estuve presente, Rivington. Le aseguro que no es imposible. No ponga en duda mi palabra o tendremos serios problemas.
—Oh, Dios, debe ser verdad lo que dice… —El barón se interrumpió y Dominic vio pasar por su rostro varias piezas de un rompecabezas que posiblemente acababan de encontrar su lugar.
—¿Entonces le pidió matrimonio a mi mujer?
—Ella no podía casarse si ya estaba casada —le recordó el barón ante la extraña pregunta.
—Contésteme de todas formas.
—Sí. Se lo pedí.
La mano de Dominic se cerró a un lado del cuerpo.
—¿Y ella qué le dijo?
—Me rechazó. No me dio esperanzas. Se limitó a explicarme que no podía casarse conmigo y al fin comprendo el motivo.
Dominic sintió un alivio tan intenso que lo avergonzó.
Rivington sonrió y el duque gruñó.
—¿Por qué sonríe?
—Porque esto resulta increíble. De todas las locuras que ella podría haber hecho…
—Cuidado, Rivington. Está hablando de mi duquesa —lo avisó.
El barón comenzó a negar con la cabeza mientras intentaba, sin éxito, esconder la sonrisa.
—Estoy hablando de una buena amiga mía —puntualizó de inmediato—.
Eso no excluye que comprendo su posición, excelencia.
Supongo que está aquí porque tiene algunas preguntas debido a lo que ha salido publicado.
Y está en su derecho de interrogarme. No habrá querido ofender a su esposa y de ahí que me haya buscado a mí.
Yo en su lugar haría lo mismo. ¿Qué desea saber?
El duque no lo sacó de su error. Sus asuntos con Cecily eran privados. Lo que sí sintió fue una sacudida en el corazón. ¿Remordimientos? ¡Imposible!