Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Un rival sin opciones

Dominic llevaba en Londres el suficiente tiempo como para darse cuenta de que su intención de ocuparse del problema con la duquesa de Blackshow, conocida también como lady Cecily Westcott, de una forma fría y razonable tenía un inconveniente considerable.

Siempre la desearía. No estaba especialmente satisfecho con su comportamiento, pero tampoco se arrepentía de lo que había sucedido entre ambos en aquel pequeño gabinete durante la fiesta.

Y luego estaba ese otro asunto del que quería ocuparse y no sabía exactamente cómo hacerlo. Lord Rivington se merecía algún tipo de… de… ¿de qué?

—Maldita pierna —dijo para sí mismo cuando se le quedó enganchada sin previo aviso. Se removió en la silla en la que estaba sentado y la estiró para ver si lograba apaciguar la molestia.

Había llegado a su residencia de la ciudad después de un viaje en el que la pierna lo había incordiado más de lo inimaginable.

A la mañana siguiente, el dolor se había convertido en una rigidez bastante más molesta y lo que menos le apetecía era tener que ir a un baile, pero fue necesario acudir para ver a su esposa y aclarar un par de asuntos.

¡La muy bruja había jugado con él la baza de no conocerlo!

Se hubiese reído si no hubiera estado tan enfadado. Pequeña arpía astuta…

Ah, pero el vals y lo que vino después le estaban pasando factura esa mañana, aunque arrodillarse para darle placer valió la pena.

Sin embargo, la pierna le dolía bastante.

Hacía tiempo que había aprendido a convivir con las secuelas del accidente y detestaba concederles más importancia de la necesaria.

Según Resswell, su cojera se volvía más visible cada vez que se enfadaba.

Y en función de esa teoría, Dominic suponía que debía de estar caminando como un anciano, porque ella todavía no le había enviado ninguna nota y él no era conocido por su paciencia.

Todo ello sin olvidar que estaba frustrado por no haber conseguido la liberación que tanto necesitaba.

Resswell lo encontró en el comedor poco después de las nueve, vestido para salir y con una taza de café que no había probado aún.

El secretario llevaba varios papeles bajo el brazo, pero lo más llamativo era que mostraba una expresión curiosa, como si estuviese muy orgulloso de sí mismo. Satisfecho más bien.

—Buenos días, excelencia.

—No lo son.

—Podrían mejorar.

Dominic levantó los ojos del periódico.

—¿Has venido a decir algo útil o solo pretendías comprobar mi humor?

—Ambas cosas. La segunda me ayuda a decidir con cuánto cuidado debo abordar la primera.

—Habla de una vez.

Resswell dejó los documentos sobre la mesa y tomó asiento sin recibir invitación, privilegio que se había adjudicado años atrás y que Dominic había dejado de discutir, porque ninguno de los dos recordaba ya cuándo comenzaron a tratarse más como dos viejos amigos condenados a soportarse que como un duque y el hombre encargado de administrar buena parte de sus asuntos.

—He descubierto dónde suele pasar algunas mañanas lord Rivington.

Dominic dejó la taza sobre el plato.

—No recuerdo haberte pedido que averiguases eso.

—Me pidió información sobre el barón.

—Sobre su posición, su fortuna y sus intenciones. Y creo que ya lo debatimos en su momento y ahí quedó todo.

—Las intenciones de un hombre pueden resultar más fáciles de comprender después de observar cómo ocupa su tiempo. El asunto no está zanjado.

Dominic estrechó los ojos.

—¿Qué has averiguado?

Resswell sonrió.

—Sabía que acabaría preguntándolo.

—No pongas a prueba mi paciencia.

—La academia de Angelo, en Old Bond Street. Rivington practica esgrima con frecuencia y, según me han dicho, se defiende bastante bien.

Dominic se recostó en la silla.

—Qué extraordinario.

—Lo es, sobre todo porque usted lleva años practicando esgrima y esta misma mañana ha decidido vestirse como si tuviera intención de ejercitarse y supongo que ahora lo hará en el mismo lugar que el barón.

Errr… que lo pienso bien, creo que no es una coincidencia.

¿Cómo ha averiguado lo del esgrima? A mí no me lo ha preguntado.

El duque miró su propia indumentaria y luego al secretario.

—No insinúes estupideces. Además, no eres el único que puede darme información.

—No he insinuado nada. Me limito a admirar una coincidencia curiosa y alabar el hecho de que se me haya anticipado. Usted ha descubierto algo antes que yo, y eso es poco común.

—No es más que una coincidencia. Necesito ejercicio después del viaje y de haber hecho… otras cosas. —No precisó nada más. El recuerdo de Cecily gimiendo por él lo tenía loco.

—Y lord Rivington hará exactamente el mismo ejercicio que precisa usted en el mismo lugar al que usted pretende dirigirse. Toda una gran casualidad.

Dominic se puso en pie. Los primeros pasos hicieron que la pierna protestase y tuvo que corregir el apoyo antes de alcanzar la puerta. Resswell, que se había levantado tras él, tuvo el buen juicio de no hacer ningún comentario.

—No voy allí para provocar un enfrentamiento.

—Jamás se me habría ocurrido pensarlo.

—Solo quiero conocerlo.

—Es natural. Es el pretendiente de su esposa.

Dominic se volvió hacia él.

—Podría volcar mi rabia en ti y olvidarme de Rivington.

—Pero yo no pretendo casarme con su esposa, excelencia.

—No. Tú solo pretendes acabar con mi paciencia.

—¿Se ha dado cuenta de que por fin ha dicho bien el título de su rival?

—¿Cuántas veces debo repetirte que él no es mi rival?

—¿Acaso no piensa batirse en un duelo de esgrima con él?

—Otra casualidad sin importancia. Los dos disfrutamos del mismo pasatiempo. Que yo haya decidido ir a… ¿A dónde vamos?

—La confirmación de la casualidad. Usted sabía que el barón practica esgrima, pero no había averiguado dónde lo hacía. Vuelvo a estar contento porque yo lo averigüé antes que usted.

—Yo esperaba que lo averiguases por mí, porque para eso te pago muy generosamente.

—A eso me refiero. No puedo correr el riesgo de que usted decida ocuparse de sus propios asuntos sin mí, dado que podría volverme prescindible, pero como veo que ha necesitado mi información, ya estoy más tranquilo.

—Eres detestable, ¿me dices de una maldita vez a dónde vamos?

—Por supuesto: academia de Angelo, en Old Bond Street.

—Que yo haya decidido ir allí, en vez de ir a donde voy siempre a practicar esgrima es solo solo… solo…

—Es una coincidencia —le recordó.

—Eso es. No me agrada cómo me observas.

Resswell se colocó los guantes.

—Supongo que es una mala costumbre que he hecho mía. Eso de tener ojos en el rostro y observarlo, digo.

—Impertinente… Cuando estés con mi esposa, no olvides quién te paga. No os quiero a los dos en mi contra.

—Lo cierto es que yo estaba pensando lo mismo. Será agradable tener una aliada que logre templar sus nervios. Cuando su duquesa me conoció no tuvo reparos en recalcar que yo le agradaba. ¿Lo recuerda, excelencia?

—¿Quieres perder tu trabajo, Resswell?

—No en este momento. Tengo curiosidad por ver cómo se desarrolla todo.

—¿Por qué te contraté?

—Porque soy el mejor, excelencia.

—Sí. Eso es verdad. Eres el mejor en acabar con mi paciencia.

Y sin más dilación, el duque y su fiel escudero se dirigieron a Old Bond Street para enfrentarse con su rival. Ah, no, no. Blackshow pretendía disfrutar de una sana competición de esgrima. Sí, eso era.

La sala de armas de Angelo olía a madera encerada, cuero y un toque que podría calificarse como de esfuerzo masculino. Lo equivalente a sudor.

Dominic conocía el lugar, aunque nunca había sido al que acudía por costumbre cuando estaba en Londres.

Recordaba la distribución y el sonido metálico de las hojas al encontrarse.

Le gustaba esa concentración particular que se apoderaba de una sala cuando dos hombres dejaban de conversar para medir sus reflejos.

Había echado de menos la esgrima durante la larga recuperación, aunque jamás se lo había confesado a nadie.

El accidente le había arrebatado durante meses cosas que hasta entonces había considerado tan naturales como caminar de una habitación a otra, y recuperar el dominio de su cuerpo había exigido una paciencia hercúlea.

Volver a empuñar un florete había sido una de las pocas victorias que celebró en privado cuando finalmente lo logró.

Rivington ya estaba allí.

Dominic lo reconoció antes de que nadie tuviese que señalárselo.

Era el tipo más condenadamente encantador de la sala.

La descripción de Resswell había resultado acertada.

El barón era un hombre bien parecido, de cuerpo ágil y proporciones elegantes.

Se movía con soltura, sonreía mientras hablaba con otro caballero y poseía la desconcertante habilidad de encontrarse cómodo en cualquier lugar.

Encantador. Dominic le sacaría el encanto a base de… de… de… ¡De estocadas!

—No parece especialmente peligroso —murmuró.

Resswell, que permanecía a su lado, observó al barón.

—No sabía que esperaba que tuviese cuernos.

—Vete.

—Pensaba quedarme a contemplar el ejercicio.

—Resswell… —lo amenazó con el uso de su apellido.

—Como ordene, excelencia.

El secretario se marchó con una sonrisa que Dominic decidió ignorar.

Rivington acababa de terminar un asalto cuando Dominic se acercó a él.

El maestro de la sala lo reconoció, aunque el duque cortó cualquier formalidad con una inclinación de cabeza.

No tenía ninguna intención de convertir su llegada en un acontecimiento ni de explicar el motivo por el que se encontraba allí después de tantos años de ausencia.

Unos minutos después surgió la oportunidad de cruzar armas con su rival. ¡No era su rival! ¡Maldito Resswell por meterle tonterías en la cabeza! En fin, Rivington aceptó sin hacer preguntas. No tenía motivos para divertirse amigablemente con el duque, ¿verdad?

—¿Hace mucho que practica? —le preguntó el barón a Dominic mientras se preparaban.

—Lo suficiente. —No le diría que tuvo un profesor en casa que lo convirtió en un maestro.

—Eso suelen decir los hombres que luego me hacen quedar mal.