Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—Te vi y te quise. Eso ya lo sabes. Después comencé a conocerte y no me imaginaba la vida sin ti.

Un hombre siempre espera que la mujer con la que va a casarse sea inocente.

La sociedad es muy rígida a este respecto.

Y mucho más entre la nobleza, pues hay que asegurar la línea de sangre del título y es la esposa quien se encarga de ello.

No importa que los hombres tengan sus… diversiones, pero una dama respetable no puede tenerlas.

Estoy convencido de que hay matrimonios en los que él habrá averiguado que ella no era pura y no por eso la repudió.

Y antes de que me digas que no he contestado a tu pregunta, Beatrice, permíteme que te recuerde que me enamoré de ti y que te habría querido fuesen cuales fuesen tus circunstancias.

Eso no excluye la posibilidad de que hubiese tratado de sonsacarte el nombre del canalla, porque un verdadero caballero no compromete a una dama si no tiene planes serios.

Él habría muerto a mis manos, por supuesto —dijo como quien hablaba del tiempo.

En ese momento se oyó un llanto. Lavinia se había echado a llorar.

—Lo siento, querida amiga —se disculpó de inmediato Cecily—. No me di cuenta de que todo este asunto podría ser difícil para ti.

—No es eso. Él no era más que un canalla que me rompió el corazón. Lo que ocurre es otra cosa.

—¿Qué sucede, Lavinia? —Cecily ya estaba a su lado abrazándola.

—Me preocupa que mi secreto salga a la luz.

¿Qué hará mi padre si se entera de que me fugué con un hombre?

¿Qué harán todos si lo averiguan? Tengo miedo constantemente.

Tu locura te salió mejor que la mía. Tienes una posibilidad para encaminar tu matrimonio.

Yo no puedo hacer nada más que tener miedo. Detesto Londres.

—Uhm… Estoy pensando en que te vendría bien venir al campo conmigo, Lavinia.

—¿Qué?

—Sí. Eso es. Él solo me ha ordenado que lo acompañe, pero no dijo en qué condiciones debía hacerlo.

Creo que necesito refuerzos si pretendo darle un poco de su veneno.

Ese patán me echó de su casa por unas sábanas limpias y pienso cobrarme la afrenta.

Tú, amiga mía, serás mi aliada. Me llamó mentirosa, me arrojó las cinco mil libras y me amenazó con sacarme él mismo de su casa porque no sangré.

Estoy segura de que ese fue el motivo de su enfado, así que ahora puedo tramar un plan para vengarme.

Él no me conocía, lo sé, pero no me concedió el beneficio de la duda.

Eso sin olvidar que ha estado dos años sin dar señales de vida.

Solo ha venido porque está celoso de Rivington. Se lo haré pagar.

Lavinia parecía pensativa. Preocuparse de los problemas de Cecily podría hacerle olvidar los suyos y su padre no echaría de menos su ausencia. Podía pasarse días ebrio.

—Iré contigo si el duque me lo permite.

—Te lo permitirá, porque de otro modo no haré lo que me pide. No me hará sentir culpable por algo que no hice. Aquí soy yo la única víctima. Será un milagro si no acabo matándolo yo misma. ¡Maldito sea!

Cecily volvió a sentarse y se cubrió la cara.

—No seas tan dramática —comentó Aurelia—. El hecho de que Lavinia te acompañe lo irritará. Tendrás un apoyo en ella, pero necesitas un plan efectivo para que se dé cuenta de lo que ha hecho.

Cecily apartó las manos de su rostro.

—¿Un plan?

Su hermana sonrió de una forma que ella conocía demasiado bien. La condesa tramaba algo.

—Matarlo sería demasiado sencillo. Debemos buscar algo más elaborado.

Beatrice adquirió una expresión semejante.

—Estoy de acuerdo con Aurelia.

Lavinia asintió con convicción. Ya había dejado de llorar.

—Yo también. Ayudaré en todo lo que pueda.

Rosehaven miró a una, después a otra y así hasta observarlas a las cuatro. Se veían más peligrosas que una manada de lobas.

—No me gusta nada el rumbo que está tomando esta conversación.

Beatrice le sonrió con dulzura.

—Has sido de gran ayuda, esposo.

—Eso ha sonado como una despedida.

—Lo es.

Edmund se puso en pie.

—¿Vais a hacer algo que pueda obligarme después a negar ante Blackshow que tenía conocimiento previo?

—No tienes conocimiento previo, porque no escucharás lo que Cecily tendrá que hacer.

—Todavía estoy aquí.

—Pues deja de estarlo.

Rosehaven suspiró y se inclinó para besar a su esposa.

—Procura recordar que estás convaleciente antes de declararle la guerra al duque.

Blackshow tiene reputación de ser despiadado.

—Luego miró a la mujer que tenía un gran problema y le preguntó—: ¿No había nadie más peligroso con quien casarte?

Si lo que pretendías era igualar a tu hermana eligiendo al hombre más complejo de Londres, lo has conseguido.

—Ayudaremos a Cecily si algo sale mal, ¿verdad, amor mío?

—Sí, por supuesto que sí —le respondió Edmund a su mujer—. Él es un duque, pero Harrowmere es un conde, yo, un marqués y también está el esposo de Georgiana, el duque de Ravensholt. Somos tres y él es uno. Deduzco que vas a darle una oportunidad a tu matrimonio, Cecily, ¿me equivoco?

—Sí. Le daré una última oportunidad, aunque no se lo merece.

—Entonces no alertemos a nadie más de lo que ocurre.

Cuéntale a Harrowmere solo lo imprescindible, si es que no lo has hecho ya.

Eres una de las mejores amigas de mi esposa y siento ganas de retar a duelo a ese tonto.

No quiero pensar lo que podría hacer Harrowmere si se enterase de que la hermana de su amada esposa sufre por un hombre.

—Yo no sufro por él —se apresuró a desmentir Cecily.

—Ya… Seguro que no. —Rosehaven no se creía nada—. Me ocuparé de hablar con Rivington y explicarle que… No sé qué le diré. Solo que no puedes casarte con él. Ya se enterará del resto, llegado el caso.

—Gracias, Rosehaven —le dijo Cecily de todo corazón.

Él avanzó hacia la puerta y antes de salir se volvió hacia Cecily para decirle:

—Por cierto, no permitas que Blackshow vuelva a herirte con el asunto de tu inocencia.

En esto no existe nada que tengas que demostrarle.

El error fue suyo. Muéstrale quién eres de verdad y el resto llegará.

Eres una mujer extraordinaria, Cecily, y él acabará por verlo tarde o temprano.

Confiemos en que sea más pronto que tarde.

La duquesa de Blackshow buscó con la mirada a Beatrice.

—Y por eso defendí al que acabó siendo tu marido desde el principio. Sabía que Rosehaven estaría a la altura, Beatrice. No pudiste conseguir un esposo mejor.

Aurelia carraspeó.

—¿Y Damian?

—Esto no es una competición, hermana. Ya sabes que considero a tu marido como un hermano. Eso es un gran honor para él.

Rosehaven inclinó la cabeza y abandonó la habitación con una sonrisa.

Entonces comenzó a gestarse un plan de batalla que Cecily pondría en marcha en cuanto pudiese.