Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

—No, hablo de aquella noche. Blackshow tenía que haber visto o creído ver algo para convencerse de que ya habías estado con otros hombres. ¿O le llegó una nota anónima después de que te reclamase como su esposa en la que alguien te acusase?

Cecily se encogió de hombros.

—No hubo nota ni conversación con nadie más que conmigo.

No sé qué pudo ser, aunque admitiré que disfruté bastante de todo lo sucedido.

¿Me creería una libertina porque puse demasiado empeño?

No me quedé callada, ni tampoco quieta mientras él…

ya sabéis qué. Como me animó a deshacerme del pudor, lo hice al pie de la letra.

¿Me condenará por haber sido demasiado liberal?

Beatrice miró hacia la puerta.

—Necesitamos a Edmund.

Cecily se incorporó.

—¿Para qué?

—Para que nos explique qué demonios pudo ocurrir. Un hombre sabe muchísimo más de estas cosas.

—No pienso contarle a Rosehaven cómo fue mi noche de bodas.

—Acabas de contárnosla a nosotras.

—Vosotras sois mujeres y todas habéis tenido intimidad.

Lavinia ladeó la cabeza.

—No estoy segura de que eso nos convierta en expertas en ese tipo de asuntos.

Beatrice se levantó despacio y tiró del cordón para llamar al servicio.

—Edmund sabrá más. ¿Qué puedes perder, Cecily? Un poco de vergüenza a cambio de un nuevo punto de vista me parece un pago pequeño. Por una vez su pasado libertino puede resultarnos útil.

—¡Beatrice! —la amonestó Cecily.

—¿Qué? Ya está reformado.

Rosehaven apareció algunos minutos después con una expresión llena de preocupación, aunque pronto se transformó en una de sospecha cuando encontró a cuatro mujeres observándolo como si hubiesen convocado a un experto ante un tribunal.

—¿Ocurre algo?

Beatrice señaló una silla.

—Siéntate.

Edmund miró el mueble y después a su esposa.

—¿Por qué?

—Necesitamos preguntarte algo sobre las relaciones físicas.

Rosehaven se quedó inmóvil.

—No.

—Edmund, por favor, es importante.

—No sé qué conversación estáis manteniendo y prefiero conservar esa bendita ignorancia.

—Cecily está casada con Blackshow.

El marqués abrió los ojos por completo.

—¿Qué?

—Desde hace dos años —añadió Lavinia.

Edmund miró a Cecily, después a Aurelia y finalmente regresó los ojos a su esposa.

—Necesito sentarme.

—Eso te he dicho que debías hacer cuando has entrado. No me has hecho caso.

En cuanto estuvo sentado, Cecily le resumió otra vez la parte imprescindible, incluido el hecho de que Dominic la había acusado de haber conocido a otros hombres en su último encuentro.

Rosehaven empezó a mostrarse cada vez más incómodo cuando Beatrice le explicó que necesitaban orientación sobre el motivo por el que el duque pudo llegar a esa conclusión.

También le preguntó si un hombre podía creer que la desenvoltura de una mujer inocente fuese sinónimo de libertinaje.

—Esto debería preguntárselo a Blackshow.

—No está por la labor de decírmelo —le expuso Cecily—. Y me niego a seguir esperando a que me lo explique. Solo me acusa.

—Entonces pregúntaselo a Harrowmere.

—¿Por qué a Damian? —cuestionó Aurelia.

—Porque él es tu esposo, Cecily es tu hermana y le corresponde a él tratar esos temas —le recordó el marqués.

—Vamos, Edmund, supera la incomodidad del momento por mí. Cecily necesita respuestas y tú estás aquí, amor mío.

—Beatrice, no pienso discutir delante de cuatro damas los detalles de lo que un hombre puede sentir o no cuando consuma su matrimonio.

Lavinia se inclinó hacia delante y le dijo:

—Pero eso es exactamente lo que necesitamos saber.

Beatrice les sonrió a sus amigas.

—Él nos lo explicará con detalles.

—No lo haré.

—Yo quiero saber la verdad al respecto, amor mío, y si te niegas, haremos caso de tu recomendación. Aurelia llamará a Damian para que ocupe tu lugar y yo pienso estar presente cuando él narre sus suposiciones.

—Tú no necesitas saber lo que un hombre espera de su noche de bodas, o, ya puestos, lo que desea durante los encuentros sucesivos. Ya te lo demuestro yo con creces.

—¡Ahí está! Has superado el pudor por completo al ser tan franco. No te rindas ahora. Harrowmere seguro que está ocupado con otros asuntos, será mejor no molestarlo —comentó la marquesa.

Edmund gruñó algo ininteligible que sonó a: «condenadas mujeres».

—Está bien.

Beatrice sonrió satisfecha.

—Sabía que entrarías en razón.

Rosehaven se pasó una mano por el rostro.

—Cecily, necesito saber qué ocurrió mientras… —Hizo un gesto vago con la mano—. Mientras eso … No hace falta que des demasiados detalles; solo necesito saber si percibiste algo extraño en él. O en ti. O dime cuándo cambió él su actitud por completo. No sabemos lo que estamos buscando.

—¿Te explico lo que sucedió mientras me reclamaba como su esposa?

—Sí. Gracias por no facilitarme nada. Dios, esto es una pesadilla… —susurró la última parte por lo bajo.

—Fue extraño al principio, por la presión.

Después dejó de serlo y acabó resultando bastante agradable.

Recuerdo que lo animé para que no se detuviese.

Una parte de mí sentía que, si él dejase de hacer lo que estaba haciendo, yo me moriría.

Pero… fue muy extraño hasta que llegué a ese punto —insistió.

Lady Rosehaven soltó una pequeña risa.

—En mi opinión la enfadada deberías haber sido tú. La primera vez duele y ellos disfrutan desde el principio hasta el final.

Edmund cerró los ojos.

—Beatrice, por amor de Dios…

—¿Qué? Es verdad.

—No necesito escuchar tu valoración de nuestra noche de bodas delante de tus amigas. ¿Por qué me ha tocado hacer esto a mí? —se quejó el marqués.

—No estaba hablando de la nuestra. Aurelia me dijo que le ocurrió lo mismo. Creo que debe ser igual para todas las mujeres. Dolor antes del placer.

La condesa de Harrowmere asintió de inmediato.

—Y no olvides la sangre, Beatrice. Eso sí que fue lo peor de todo el asunto. ¿Por qué tenemos que sangrar? Ellos no lo hacen. Solo obtienen placer.

Cecily la miró.

—¿Qué sangre?

La expresión de Aurelia cambió de inmediato.

—Oh, Dios.

Beatrice también pareció comprender lo que revelaba la pregunta.

—Cecily, ¿sangraste? —inquirió la marquesa.

—No. Yo no.

Rosehaven dejó caer la mano con la que se estaba cubriendo media cara.

—Ah.

Cecily frunció el ceño.

—«Ah», ¿qué?

—Eso podría explicar el asunto de modo claro.

—¿Cómo lo explicaría? —preguntó con mucha atención.

Edmund lanzó una mirada al techo antes de contestar.

—Existe la creencia de que una mujer debe sangrar cuando un hombre la conoce por primera vez. Muchos caballeros consideran esa sangre como una prueba de que su esposa estaba intacta.

Cecily se quedó muy quieta y con la boca ligeramente abierta.

—¿Estás diciendo que Blackshow esperaba encontrar sangre?

—Es posible.

—¿Y cómo no la encontró decidió que yo le había mentido cuando le aseguré que era una dama inocente?

—Si Blackshow cree en esa… prueba, sí.

Cecily se puso de pie.

—¡Pero yo no estuve con nadie antes de él! ¿Por qué no sangré entonces?

Rosehaven se inclinó hacia delante, ya menos avergonzado y más interesado en que ella comprendiese el asunto mejor. Sentía lástima porque veía su amargura.

—Verás, el médico que atiende a Beatrice es amigo mío desde que éramos niños.

Crecimos juntos y, cuando decidió estudiar medicina en Edimburgo, cometió el error de creer que yo deseaba conocer cada nuevo descubrimiento que hacía sobre el cuerpo humano.

Durante años tuve que soportar conversaciones espantosas sobre disecciones, huesos, enfermedades y otras cuestiones que ningún hombre debería escuchar durante la cena.

—Hizo una pausa, consciente de que las cuatro mujeres esperaban algo más—.

Admito, sin embargo, que cuando sus estudios derivaban hacia la anatomía femenina prestaba bastante más atención.

En aquel tiempo yo era joven, soltero y tenía intereses que no necesito explicar delante de mi esposa.

Beatrice arqueó una ceja.

—No, desde luego que no necesitas explicarlos.

Edmund decidió ignorarla.

—El caso es que hablamos muchas veces de esas creencias sobre la virginidad.

Él me explicó que los hombres concedemos a la sangre una importancia que no merece, porque no todas las mujeres presentan las mismas características y la ausencia de sangrado no demuestra que haya conocido antes a un hombre.

En su momento aquella información me pareció interesante por motivos que ahora prefiero no recordar; hoy, por primera vez, resulta también útil.

Existe una protección… ahí , es decir, en la parte íntima femenina, que se supone que debe romperse y que no es igual en todas las mujeres; en algunas es más firme, en otras más flexible.

Incluso en algunas puede haberse desprendido por cualquier motivo.

También puede existir dolor sin sangre, sangre sin que sea la primera vez y, por lo que sé, puede haber mujeres casadas que conserven parte de esa llamada membrana sin que se les desprenda durante un tiempo.

Por todo lo que me contó mi amigo, considero que un hombre que juzgue la castidad de una mujer solo por las sábanas corre el riesgo de cometer una estupidez considerable.

—El marqués miró a Cecily a los ojos—. Dices que no estuviste con nadie y yo te creo.

Para un hombre que no te conocía y que se acababa de casar contigo…

Para él debió ser más complicado creer que le dijiste la verdad.

—¿Me hubieses querido si hubiese estado con otro hombre antes, Edmund?

Él supo que su mujer lo acababa de colocar contra las cuerdas de un cuadrilátero.