Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿Así, sin más? ¿Una boda y listo? —preguntó Beatrice, fascinada.

—Lo organizó todo en un parpadeo. Utilizó una licencia especial.

—¡Hombres! Lo solucionan todo con una licencia especial. Creen que con su poder y dinero lo pueden comprar todo. No puedo creer que él se aprovechase de tu desesperación —comentó Aurelia, que seguía sin saber qué debería sentir al respecto.

Lavinia carraspeó y luego dijo:

—En realidad, fue Cecily quien insistió bastante en que debían casarse. Creo que incluso lo amenazó si no aceptaba su proposición.

—No fueron amenazas. Le expliqué las consecuencias sociales que tendría rechazarme después de que su prometida hubiese huido. Y él ya cargaba con una reputación complicada.

—Lo amenazaste, Cecily, sin despeinarte —insistió Lavinia—. A un hombre que dicen que tiene las manos manchadas de sangre.

—Él no ha matado a nadie. Ni su hermano ni su primera prometida. A nadie.

—¿Cómo estás tan segura? ¿Es porque no te ha matado todavía a ti por lo que fuese que le hiciste aquella noche? —se interesó Lavinia.

—De verdad, que no sé qué ocurrió para que todo se torciese tanto. Os aseguro que no tengo la culpa, pero él insiste en que sí.

—¿Y te dio dinero? —se interesó Beatrice.

—Sí. Cinco mil libras.

—¡Por Dios! —soltó la marquesa. Eso era una suma considerable.

—¿Y dónde están? —quiso averiguar Aurelia.

—Las tengo yo. Bien escondidas.

Beatrice frunció el ceño.

—¿No has gastado nada?

—Ni una moneda. No hizo falta hacerlo. Aurelia se empeñó en casarse con el Conde Oscuro, a pesar de que le dije que no era necesario, y Damian solucionó nuestra situación. Cuando comprendí que no necesitábamos el dinero decidí guardarlo por si el matrimonio de mi hermana no salía bien.

Lavinia asintió.

—Eso también es verdad. Nunca quiso tocarlo.

Aurelia se levantó y comenzó a caminar por la habitación. Cecily creyó durante un instante que iba a enfadarse muchísimo y que se pondría a gritarle, pero su hermana cruzó la estancia y se acuclilló delante de ella.

—Te casaste con ese hombre para salvarme. Todas las veces que me dijiste que tenía otra opción y yo no… no te creí. Tú eres mi hermana pequeña, Cecily. Mi deber es protegerte y te pusiste en peligro por mí. ¿Por qué no me lo contaste?

Aurelia la abrazó desde su posición y Cecily se fundió con ella en ese abrazo.

—Porque me daba vergüenza contarte mi locura.

Aurelia se apartó lo suficiente para mirarla y Cecily le acarició una mano. La duquesa de Blackshow tuvo que pestañear varias veces para que no se le escapasen las lágrimas.

Beatrice estaba llorando sin ninguna vergüenza. Al igual que Lavinia.

—Esto es horroroso —declaró la marquesa mientras se secaba las mejillas—. Estoy embarazada y lloro por cualquier cosa, así que os agradecería que dejaseis de comportaros como hermanas abnegadas.

Lavinia le ofreció un pañuelo.

—Todavía falta la peor parte. El motivo por el que él no la quiso. Cecily nunca ha compartido esa información conmigo y sospecho que es un asunto más delicado que una boda secreta.

Aurelia soltó a su hermana y se volvió muy despacio.

—¿Cómo que no la quiso?

Beatrice observó a Cecily con interés.

—Es cierto. ¿Qué salió mal? Si te casaste con Blackshow hace dos años, ¿por qué has vivido desde entonces como si fueras soltera? ¡Oh, cielos, eres una duquesa! Me cuesta creerlo.

Cecily se acomodó en el sillón y se preparó para exponerse. Les había contado parte de su secreto; era el momento de explicar todo lo que sabía y lo que no entendía.

—Porque me echó de su casa.

Aurelia soltó un sonido lleno de indignación.

—¿Qué?

—Nos casamos, consumamos el matrimonio y unas horas después me ordenó que me marchara.

Beatrice abrió mucho los ojos.

—¿Después de acostarse contigo?

—Sí.

—¡Es un sapo asqueroso!

—Beatrice —la reprendió Aurelia por reflejo.

—No pienso disculparme. Estoy convaleciente y eso me concede ciertos privilegios. Ya lo odio con todas mis fuerzas.

Lavinia miró a Cecily.

—¿Qué ocurrió para que te dijese que te marchases?

—No lo sé.

—Algo tuvo que suceder —insistió Aurelia.

—Eso llevo preguntándome dos años. Primero estuvo bien.

Más que bien. —Cecily sintió que empezaba a ruborizarse y decidió que, una vez abierta aquella puerta, no tenía sentido fingir pudor—.

Nos entendimos mucho mejor de lo que esperaba.

Nos reímos, hablamos, establecimos una especie de acuerdo entre nosotros y después nos acostamos.

Yo creí que aquello podía funcionar y él parecía pensar lo mismo.

Entonces, se levantó de la cama y cambió por completo, me arrojó el dinero y me ordenó que saliera de su casa.

Aurelia parecía horrorizada.

—¿Y no te explicó el motivo?

—No.

—¿Nunca?

—Bueno. Como supondréis, él ha regresado porque le han llegado los rumores sobre Rivington…

—¡Oh, cielos! —saltó Aurelia—. Ya estabas casada y yo te presionaba para que aceptases al barón.

—Lo sé muy bien, hermana. No podía casarme con él.

—Pero ¿estás enamorada de Rivington y lamentas estar atada al duque? —le preguntó con suavidad Aurelia.

—No. Es decir, sí.

—¿Qué significa eso? —intervino Lavinia.

—Significa que no amo a Rivington, aunque creo que él sí tiene sentimientos por mí. Y sí, lamento estar atada a un patán que me acusa de ser una mentirosa.

—¿En qué le has mentido, hermana?

—En nada, aunque Blackshow me dijo, durante el baile, que está convencido de que yo había tenido muchos amantes, incluso antes de casarme con él por lo que entendí, y, para empeorar las cosas, piensa que quizá haya ocurrido algo con Rivington.

—¡Pero eso es absurdo! —exclamó Beatrice.

—Se lo he dicho. No me cree.

Lavinia gimió con enfado.

—Los hombres tienen un talento único para construir una estupidez y después instalarse cómodamente dentro de ella.

Las demás la miraron.

—Es cierto —dijeron al unísono las otras.

—¿Y qué quiere ahora de ti? —se interesó la condesa de Harrowmere.

Cecily suspiró con fuerza.

—Hijos. Dice que como duque está obligado a continuar con la línea de sangre y, lógicamente, me necesita.

—¿Un heredero? ¿Es todo lo que exige? ¿Así, sin más? Te dejó marchar, regresa debido a los rumores, te dice que quiere que le des un hijo y ¿cree que harás lo que su voluntad decrete? —Beatrice no daba crédito.

—Herederos. En plural. Un heredero y un repuesto, según sus propias palabras.

Lady Rosehaven hizo una mueca.

—Qué romántico, ese hombre sí que sabe cómo enamorar a una mujer —ironizó.

—Por eso piensa llevarme a Blackshow y conservarme allí el tiempo necesario para conseguirlos. Teniendo en cuenta que primero tendré que quedarme embarazada, después dar a luz y luego repetir el procedimiento, calculo que podría pasarme varios años siendo la prisionera del Duque Siniestro.

Aurelia se puso en pie.

—Damian no lo consentirá.

—Damian no tiene nada que consentir.

—Es tu familia. Él te protegerá.

—Y Dominic es mi esposo. Dios lo certificó y la ley lo ampara. Fui a buscarlo y él me advirtió de que sería suya para siempre. Y yo, alegremente, me lancé al vacío. —No le diría que el patán podría destruir el proyecto en el que tanto estaba trabajando Damian. ¿Para qué preocuparla más?

—Un esposo que te echó de su casa sin un motivo. Es más, que te acusa de ser una cortesana. ¡Deja que Damian le dé su merecido! —exclamó enfurecida.

—Damian no intervendrá porque yo no quiero que haga nada. Y sí, ese necio patán ahora ha decidido reclamarme porque tiene derecho a hacerlo. No estoy diciendo que me agrade, Aurelia. Te estoy explicando que es mi problema y que voy a resolverlo yo.

—No permitiré que te encierre en el campo.

Cecily le sostuvo la mirada.

—Cuando decidiste casarte con Damian, respeté tu elección incluso cuando tenía miedo de que estuvieses cometiendo un error. Ahora tienes que hacer lo mismo conmigo.

—No es comparable.

—Para mí sí.

Aurelia quiso protestar, pero Cecily le cogió la mano.

—No quiero que Damian le declare la guerra a Blackshow por mi culpa. No arriesgaré tu felicidad. Yo fui quien llamó a su puerta, yo le pedí que se casara conmigo y yo resolveré lo que venga. No soy una mujer débil, hermana. Ten un poco de fe en mí. Él no va a romperme.

Beatrice la observó durante unos segundos.

—Estás enamorada de él.

Cecily giró la cabeza.

—¿Disculpa?

—Lo estás.

—No.

—Cecily, no pasa nada por admitirlo. Sé que solo fue una noche, pero un solo encuentro basta para que nosotras jamás podamos olvidarlos. Ese hombre te conoce íntimamente; es del todo natural que tú…

—Lo odio.

Cecily miró a sus amigas y después a Aurelia. Ninguna parecía dispuesta a dejarla escapar.

—Eso decía yo de Damian.

—Y yo de Edmund.

—¡Está bien! No sé si estoy enamorada de él —admitió Cecily—.

Tal vez si no le hubiese permitido acostarse conmigo, no me sentiría insegura cuando pienso en él.

Admito que se formó un vínculo muy intenso entre ambos…

Bueno, tal vez solo por mi parte. Parece que él no sintió nada en absoluto.

Pero lo que es cierto es que no he conseguido pasar un solo día sin pensar en ese hombre desde aquella noche.

Me fascinó —admitió—. Desde que lo vi. Era insoportable, aterrador y arrogante, pero también distinto de cualquier hombre que hubiese conocido.

No me tuvo lástima, no me trató como una criatura inútil o inferior y durante unas horas consiguió que creyera que podía ser feliz con él.

Después lo estropeó todo. Así que no sé qué siento, salvo que llevo dos años intentando olvidarlo y no lo he conseguido.

—¿Y si se enfadó porque tuvo que darte el dinero después de hacer eso ? —planteó Beatrice.

—Pensé que tal vez su orgullo se resintió, pero él ya sabía de antemano que yo quería las cinco mil libras una vez que estuviese consumado el matrimonio. Le dije que eran para mi hermana y él aceptó. No creo que sea eso, pero… podría ser… No lo sé —se lamentó.

Aurelia le acarició el cabello.

—Oh, Cecily.

—No pongas esa cara. Bastante humillante resulta admitir la mortificación que siento.

Beatrice fruncía el ceño.

—Hay algo que no entiendo —apuntó la marquesa.

—Ya somos dos —comentó Cecily.