Capítulo 6
Sobrevivir a la catástrofe
Cecily sabía que la inesperada aparición del duque de Blackshow en aquel baile iba a proporcionar tema de conversación en los salones durante varios días.
Dominic no solo había regresado a Londres después de casi dos años de ausencia, sino que había atravesado un salón repleto de personas para dirigirse a ella, había solicitado un único baile en toda la velada y, tras compartir precisamente ese vals con lady Cecily Westcott, no había mostrado el menor interés por ninguna otra dama, puesto que se marchó a toda prisa.
Habría que ser muy ingenua para pensar que nadie establecería una relación entre aquello y los rumores que ya circulaban sobre Rivington.
Antes del desayuno, la sociedad estaría preguntándose qué interés podía tener el esquivo Duque Siniestro en la hija menor de un conde arruinado y, para empeorar las cosas, Aurelia llevaba, lo que Cecily percibía como toda una eternidad, intentando sonsacarle alguna explicación sobre aquel extraño encuentro con su esposo.
Su hermana podía preguntar cuanto quisiera, pero ni siquiera alguien tan inteligente como Aurelia habría sido capaz de imaginar la magnitud de la respuesta.
Cecily había conseguido guardar el secreto durante casi dos años y, aunque muchas veces se había convencido de que continuaría haciéndolo para siempre, la llegada de Dominic acababa de convertir aquella posibilidad en una fantasía pueril.
Ya no podía seguir fingiendo que era una mujer libre mientras su esposo pretendía llevársela al campo, reclamar sus derechos matrimoniales y conseguir de ella los herederos que consideraba necesarios.
Por primera vez desde que todo el conflicto comenzó a gestarse, comprendía que necesitaba a las mujeres que habían estado a su lado durante todos aquellos años, incluso aunque confesar la verdad significase reconocer la mayor locura que había cometido en su vida.
Beatrice, obligada a guardar reposo casi total debido al embarazo, le proporcionó además el lugar perfecto para llevar a cabo la reunión.
Cecily decidió que sería más sencillo reunirlas en casa de su amiga que enfrentarse por separado a las preguntas de Aurelia, Lavinia y la propia marquesa, de modo que aquel día terminaron acomodadas alrededor de Beatrice mientras ella descansaba entre cojines.
Cecily llevaba consigo una hoja doblada que había escrito esa misma mañana y que no pensaba publicar.
Cuando todas estuvieron instaladas y dejaron de hablar de asuntos sin importancia, desplegó el papel sobre su regazo y supo que acababa de llegar el momento de contarles quién era en realidad el duque de Blackshow para ella.
—Creo que será mejor que os lo lea —les informó Cecily para después comenzar a leer en voz alta:
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Pocas novedades han agitado tanto los corrillos de esta temporada como la llegada a Londres de cierto duque cuya fama de hombre implacable le precede con la puntualidad de una mala noticia.
Su presencia, fría y tan poco dada a la cortesía superflua como al desmentido, ha bastado para devolver a la conversación un asunto que, de ser ciertos los rumores, llevaba dos temporadas cuidadosamente sepultado bajo el silencio.
Se murmura, en efecto, que lady C. W . no sería tan libre como muchos creían, pues existiría entre dicha joven y el ilustre duque un compromiso, contraído en circunstancias que esta columna no se atreve aún a calificar, aunque no faltan lenguas dispuestas a hacerlo en términos mucho menos benévolos.
Las versiones más repetidas sostienen que el caballero no ha venido a la ciudad a cortejar, sino a tomar posesión de lo que considera suyo.
Y, si bien esta cronista no acostumbra a hacerse eco de toda exageración nacida entre tazas de té y abanicos mal disimulados, sí convendrá en que hay visitas cuyo propósito resulta demasiado serio para confundirse con una simple cortesía.
Si el rumor se confirma, Londres habrá de asistir, no al nacimiento de un romance, sino al cumplimiento de un acuerdo. Y pocas cosas despiertan mayor curiosidad en sociedad que ver a un duque presentarse, sin sonrisa y sin prisa, para reclamar a su presa.
La Pluma Indiscreta.
Cuando Cecily terminó, Beatrice no supo en realidad qué acababa de escuchar, mientras que Lavinia se quedó con la boca abierta. Por su parte, Aurelia sentía que el mundo bajo sus pies comenzaba a tambalearse.
—Oh, Dios… ¿En qué lío te has metido ahora? —le preguntó lady Harrowmere llena de pavor.
—Es sutil —consideró por lo bajo Lavinia.
Beatrice la miró desde la chaise longue .
—¿Sutil? Ha escrito que un duque ha regresado a Londres para reclamarla como si fuese un halcón que acaba de descubrir un conejo en mitad del campo.
—Por eso he dicho que es sutil para nuestros estándares —opinó Lavinia.
Cecily dobló la hoja con mucho cuidado.
—No pienso publicarla. La he escrito solo para vosotras porque no sabía bien cómo introducir… la cuestión.
Aurelia se impacientó:
—¿Vas a decirme de una vez de qué trata todo esto que hay entre Blackshow y tú?
Cecily levantó los ojos.
—Es un asunto bastante sencillo en realidad.
—No me mientas. —La voz de Aurelia denotaba que estaba muy preocupada—.
Esa nota dice que puede existir un compromiso entre lady C.
W. y Blackshow, que el asunto lleva enterrado dos temporadas y que él ha regresado para reclamar algo que considera suyo.
El hombre aparece de la nada en un baile, atraviesa medio salón para llegar hasta ti y tú finges no conocerlo cuando ha quedado claro que sí lo conoces.
Después bailas con él, desapareces durante un buen rato y regresas con una expresión que habría asustado al mismísimo demonio.
Ahora escribes esto y ¿pretendes que crea que es algo sencillo?
Cecily le dirigió una mirada a Lavinia. Su amiga cerró los ojos y soltó el aire.
—Gracias a Dios.
Aurelia se volvió hacia ella.
—Gracias a Dios ¿por qué?
—Porque creo que por fin va a liberarme del secreto que llevo casi dos años guardando.
—¿Tú sabías algo de lo que sea que signifique esto?
—Uhm…
—¡Lavinia! —la urgió la condesa de Harrowmere.
—Le di mi palabra.
—¡Soy su hermana!
—Y yo, su mejor amiga. No podía traicionarla.
—¿Del mismo modo que ella no puede contarnos lo que te ocurrió a ti cuando decidiste fugarte con un hombre del que no nos has dicho ni su identidad?
Cecily levantó una mano en ese momento.
—No te enfades con ella. Si quieres enfadarte con alguien, hazlo conmigo. Lavinia solo ha cumplido lo que me prometió.
Beatrice se incorporó un poco entre los almohadones.
—Creo que me estoy perdiendo algo importante y, teniendo en cuenta que llevo demasiados días condenada a un encierro, exijo conocer cualquier escándalo que ocurra fuera de estas cuatro paredes. Dinos qué has hecho, Cecily.
La duquesa de Blackshow las contempló a las tres.
Había imaginado aquella conversación durante casi dos años y nunca encontraba el momento adecuado para mantenerla.
Primero tuvo miedo de que Aurelia descubriese lo que había hecho por ella y se enfadase mucho; después, cuando los meses empezaron a acumularse, guardar silencio se convirtió en una costumbre.
Confesar su mayor locura era… complicado, como poco.
Inspiró hondo. Lo mejor sería soltar la noticia sin mayor dilación. Sí. Eso haría.
—Estoy casada con el duque de Blackshow.
Aurelia no reaccionó.
Beatrice tampoco.
Lavinia sintió un alivio instantáneo.
—¿Qué has dicho, hermana?
—Que Dominic Alderley es mi esposo.
—No.
—Sí.
—No puedes estar casada. —Aurelia se negaba a creerlo.
—Sí que lo estoy, hermana.
—No. Yo lo sabría si así fuese.
—Lo siento.
—No es posible —seguía sin creerse nada Aurelia.
—Lo que dice Cecily es cierto —intervino Lavinia—. Estuve presente durante la ceremonia.
Beatrice se llevó una mano a la boca.
—¡Oh, Dios mío!
—Alegraos de que su locura solo consista en una boda con un duque —opinó Lavinia.
—¿Y te parece poco? —terció Beatrice.
—La conoces bien. Podría haber sido peor, imagínate que se hubiese fugado con él y no hubiese regresado siendo una mujer casada.
—Oh, Lavinia —le dijo con cariño Beatrice—. Cuando quieras sacar todo el dolor que imagino que llevas dentro, estaremos aquí para escucharte.
—Lo sé. Doy gracias cada día por teneros a todas a mi lado. —Lavinia les sonrió—. Y porque mi padre esté tan ocupado con sus vicios que nunca se percate de mis ausencias. Está teniendo suerte en las apuestas y ha pospuesto el asunto del matrimonio —añadió.
—¿Podemos regresar a la boda secreta de mi hermana, por favor? —Era un milagro que Aurelia no hubiese perdido los nervios por completo. Miró con fijación a Cecily—. ¿Me lo explicas de una condenada vez?
La aludida apretó la hoja entre los dedos y asintió.
—Ocurrió aquella noche, cuando Lavinia y yo desaparecimos del baile de los Fitzalan.
El cambio en el rostro de su hermana fue inmediato. Cecily sabía que ella estaba buscando el recuerdo de ese momento en concreto. Aurelia palideció y quedó poca duda de que no recordaba lo que sucedió esa noche, la misma noche en que ella se comprometió contra su voluntad con Damian.
—Oh, Cecily… Me dijiste que fuiste a buscar ayuda.
—Sí. Eso fue lo que hice.
Y ahí comenzó el relato de la verdad sobre la duquesa de Blackshow.
Comenzó a contarles lo imprescindible, procurando no detenerse demasiado en partes que no deseaba revivir.
Les explicó que había oído a Westcott hablando de sus deudas y que comprendió que pretendía utilizar a Aurelia o a ella misma para salvarse, que sabía que lady Helena Fawcett iba a casarse con Blackshow y también que esa misma dama había huido.
Cecily necesitaba dinero para evitar que su padre decidiese el destino de su hermana y vio una oportunidad, pues convertirse en la esposa de un hombre como él, implicaría que Westcott no tendría poder sobre ellas, más, si le daba dinero a Aurelia para escapar en caso de necesidad por si el duque no lograba o no quisiera protegerla de su padre.