Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 5 #5
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Capítulo 5 #5

El duque la alzó en sus brazos y la colocó sobre la mesa más próxima.

—Necesito hacer esto, Cecily —confesó, a la vez que le alzaba la falda para buscar sus pliegues—. Dios, estás tan mojada…

—Oh, cielos… —murmuró en cuanto sintió que presionaba su botón del placer.

—¿Te tocas aquí cuando nadie mira? ¿Sabes cómo darte placer?

Apuesto a que sí. —Imprimió más ritmo a su caricia.

Ella estaba concentrada, con los ojos cerrados y lanzando las preocupaciones al viento.

Solo era consciente del enorme placer que él le proporcionaba.

No veía nada más allá de eso—. Dímelo. ¿Por las noches disfrutas de tu cuerpo?

¿Te humedeces cuando recuerdas el modo tan perverso en el que te tuve?

Pegué mi boca sobre tu feminidad y bebí de ti.

Estoy sediento, pequeña bruja. Llevo años sediento y me darás de beber.

Nadie más te tendrá. Solo yo. —Acto seguido, él se colocó de rodillas y procedió a darse un festín con su esposa.

Cecily se dejó caer hacia atrás y se quedó tendida sobre la mesa mientras él hacía con ella lo que deseaba.

—Dominic… por amor de Dios… No puedo… Oh, cielos…

Entonces él introdujo un par de dedos en su canal, y la gloriosa danza de aquella caricia, unida a la precisión de su lengua, provocó que Cecily comenzase a sentir que algo se avecinaba. Algo grande e igualmente increíble que aquella vez.

El duque separó un poco la boca de su centro, aunque no permitió que sus dedos dejasen de trabajar.

—Gritarás mi nombre cuando alcances la plenitud, y más te vale hacer lo que te digo o no dejaré de darte placer hasta que lo hagas. —Y de nuevo él volvió enloquecerla con la lengua.

—Dominiiiiiic… —gimió pasados unos minutos, justo cuando la ola del placer se abalanzó sobre ella para dejarla jadeante, satisfecha y somnolienta.

Él sonrió mientras se deleitaba con el dulce sabor de su esposa. Por Dios, ¡cuánto la había echado de menos!

Seguro que no habría otra mujer en el mundo capaz de convertir su enfado en deseo con tanta facilidad ni de hacer que olvidase, durante unos instantes, cada una de las razones por las que debería mantenerse lejos de ella.

Se puso de pie con cierta dificultad debido a la rigidez de la rodilla, la obligó a incorporarse sobre la mesa, la sostuvo contra sí con firmeza y la besó hasta que los labios de ambos se quedaron húmedos, hasta que la respiración de Cecily empezó a confundirse con la suya.

Las manos de ella subieron hacia sus hombros para anclarse en ellos.

Aquello fue suficiente para que Dominic supiera que había ganado la guerra.

Se apartó apenas un poco, todavía sujetándola por la cintura. Cecily tenía las mejillas encendidas, las pupilas dilatadas debido al deseo y los labios entreabiertos. Lo miraba de un modo… ¿Con adoración? No. Era la lujuria que todavía la tenía presa.

La satisfacción masculina creció hasta el infinito.

—¿Ves? —murmuró—. No será tan complicado permitir que te posea de nuevo. Me sigues deseando, Cecily. Borraré el recuerdo de cualquier otro que te haya tenido.

La duquesa lo empujó con todas sus fuerzas, se bajó de la mesa, se colocó delante de él y la bofetada que le dio resonó en el pequeño gabinete provocando un gran estruendo.

Dominic giró el rostro por el impacto y permaneció inmóvil.

La mano que había empleado la duquesa quedó suspendida entre ambos, temblorosa. La rabia que brillaba en sus ojos había conseguido borrar cualquier rastro del abandono de unos segundos atrás.

—No confundas lo que mi cuerpo recuerda con lo que yo elegiría —dijo, sin apartar la mirada de él—.

Una vez te elegí a ti, porque jamás podré olvidar que fui yo la que nos colocó a los dos en esta posición, y fue la peor elección que he hecho en toda mi vida.

Podrás conseguir que mi cuerpo te desee, pero nunca lograrás que te ame.

Aquí tienes un voto nuevo: una declaración abierta de guerra.

El único hombre que he conocido íntimamente es un patán siniestro que se empeña en que lo odie con todas mis fuerzas.

Pon una vez más en duda mi honor y te prometo que tu linaje morirá contigo, pues yo misma defenderé mi virtud a toda costa con pistolas si hace falta.

No eres más que un hombre amargado que vive recluido y con miedo.

La satisfacción desapareció del rostro del duque. Cecily se dio cuenta de ese hecho; supo que había encontrado el lugar exacto donde herirlo y, aunque una parte de ella lamentó la crueldad con la que le había hablado, se negó a concederle cualquier consuelo.

Lo rodeó para marcharse. No pudo hacerlo porque su marido la retuvo por la muñeca.

—No toleraré las mentiras. Estoy dispuesto a darte una oportunidad. No habrá nadie más que yo para ti. Comprendo que eres libidinosa, así que te poseeré cuantas veces necesites, pero solo yo. He descubierto que soy posesivo y celoso. No me obligues a comportarme como un verdadero loco.

—Ya estás loco. ¿O acaso no te estás escuchando hablar, Blackshow?

—Perfectamente. Juré que no me arrastraría ante ti y lo estoy haciendo.

—¿A eso llamas arrastrarte? En absoluto. Cuando te arrastres ante mí, te aseguro que lo sabrás. Me humillaste hace años y me has insultado desde que entraste en el baile.

—Me has puesto de rodillas no hace ni cinco minutos. Has ganado ya.

Ella frunció el ceño y una fracción de segundo después se dio cuenta de a qué se estaba refiriendo él.

—Oh, no. Tú has provocado esta situación. Me seguiste y eras muy consciente de lo que pretendías.

—No te oí quejarte ni una sola vez por mi comportamiento.

—No sé qué crees que te he hecho, pero te aseguro que soy una mujer que valora la lealtad por encima de todo. Recité mis votos ante Dios y no los quebrantaré.

—¿Estás diciéndome que no sucedió nada entre tú y el hombre que dicen que debería casarse contigo?

—¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

—¿Y antes de venir a mi casa para ofrecerte en sagrado matrimonio?

—¿Qué?

—Admite que eres una mentirosa.

—¡Oh, Dios mío! En verdad quieres morir. Podría matarte con mis propias manos, Blackshow. Ardo en deseos de estrangularte y ver cómo tu vida se extingue.

—¡No mientas más! —le gritó.

Ella se irguió. No tenía poder sobre ella, así que no se encogió ni un poco ante su ataque de ira.