Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—La carretera necesita cruzar una franja de terreno perteneciente al ducado de Blackshow antes de alcanzar el lugar donde pretenden levantar el nuevo puente.

Sus ingenieros eligieron ese trazado porque es el único que mantiene el presupuesto dentro de unos límites razonables.

La alternativa obliga a desviarse varias millas, atravesar terrenos peores y comprar parcelas a otros propietarios.

Harrowmere lo sabe. También lo saben los hombres que han puesto dinero en el proyecto.

Cecily sintió un nudo en el estómago.

—¿Por qué sabes todo eso?

—Porque me informo antes de tomar decisiones.

Ya sabía que te opondrías a mis órdenes.

Necesitaba saber qué podía perder el esposo de tu hermana.

Ha invertido buena parte de su fortuna en el proyecto.

¿Podrá soportar que cambien sus planes? Creo que su bolsillo no puede permitirse ese lujo, pero lo que de verdad se resentirá, será su reputación, una que le ha costado mucho tener.

La furia era imposible de ocultar.

—Eres un miserable.

—Puedes insultarme si eso te hace sentir mejor.

—¿Piensas amenazarlo porque yo me niego a acostarme contigo?

—No. Pienso hacerlo si no cumples con las obligaciones que adquiriste conmigo libremente y por tu propia insistencia —le dijo con severidad—. Considéralo una negociación.

Cecily soltó una carcajada sin humor.

—Claro. Una negociación en la que tú posees la pistola y yo tengo que decidir si permito que me dispares.

—Retiraré cualquier disposición del ducado a negociar la cesión de esos terrenos.

Mis abogados presentarán oposición al trazado y dejaré claro ante cualquiera que tenga interés en financiarlo que pienso combatir el proyecto mientras pretenda atravesar una sola pulgada de mis tierras. Ven conmigo y no haré nada.

Cecily palideció. La había acorralado.

—Antes de esta noche te odiaba. Ahora has conseguido que no sienta nada por ti.

—No hace falta que tengas ningún sentimiento hacia mí. Solo tienes que…

—¿Abrir bien mis piernas para ti? —terminó por él.

—Sí.

—Cada vez que creo que no puedes caer más bajo, encuentras una forma de demostrarme que estaba equivocada.

—¿A qué hora debo recogerte mañana, Cecily?

—No.

—Si crees que no lo haré…

—Sé que lo harías, Blackshow. Iré contigo, pero no será mañana —le dijo derrotada.

—¿Cuándo?

—Te haré llegar una nota.

—Cecily…

—No será fácil explicar mi situación. Quiero despedirme adecuadamente de todos a los que quiero.

—Ese barón del que todo Londres habla no estará entre ellos —dijo en un tono amenazante.

—Has ganado, deja ya de comportarte de ese modo.

Ahora bien, no confundas mi decisión con obediencia.

Voy porque no permitiré que Damian, Aurelia ni cientos de personas paguen por el hecho de que tuve la desgracia de casarme contigo.

—Algo cambió en los ojos de Dominic, aunque ella ya no quiso averiguar qué significaba.

La música cesó.

—¿A dónde vas? —preguntó él, justo cuando ella dio un paso atrás.

—Me has obligado a regresar contigo, no has tratado de convencerme ni me has pedido perdón por el modo tan abominable en que me trataste.

Seré tu esposa, pero esta noche todavía no me comportaré como tal.

El baile ha terminado y no quiero volver a verte hasta que vengas a recogerme para encerrarme en tu prisión.

Y dicho eso, Cecily se dio la vuelta y lo dejó allí en medio del salón, haciéndolo sentir como un auténtico monstruo.

Necesitaba estar sola. Atravesó el corredor que conducía a la sala destinada al descanso de las damas y entró con el pulso desbocado.

Había tres mujeres dentro, dos conversando junto a un espejo y otra se ocupaba en arreglar uno de sus guantes con la ayuda de una doncella.

Cecily no podía quedarse allí, de modo que salió de la estancia antes de que ninguna intentase hablar con ella, caminó un poco y abrió una puerta lateral que conducía a un pequeño gabinete.

La habitación estaba vacía.

Entró y apoyó las manos sobre una cómoda. Trataba de recuperar el aliento. No sabía si deseaba llorar o romper algo. Muy posiblemente ambas cosas.

Había imaginado demasiadas veces qué diría si volviese a encontrarse con él. En ninguna de aquellas fantasías su esposo aparecía comportándose como si no tuviese que disculparse con ella. ¿Cuántas veces lo había visto arrodillado en su mente implorando su perdón? Demasiadas.

—Soy una estúpida —se dijo a sí misma en un susurro.

La puerta se abrió. Cecily levantó la cabeza.

Dominic acababa de entrar y cerrar la puerta tras él.

—¿Se puede saber qué haces?

—Terminar la conversación que acabas de abandonar. No soy un buen hombre, Cecily, pero no soy el único villano en nuestra relación.

—¿Ese es el consuelo tras el que te escondes? ¿Tú eres el demonio y yo una villana? ¿Sabes qué? No importa. Vete de inmediato.

—No.

—No tienes derecho a seguirme.

—Tengo todos los derechos que Dios y la ley me dieron sobre ti. Unos que tú misma consentiste que tuviese. ¿Por qué te disgusta tanto la idea de acostarte conmigo? ¿O lo que te perturba es que sabes que volverías a disfrutarlo?

Cecily se giró hacia él con tanta rapidez que la falda rozó la cómoda.

—Tu arrogancia no conoce límites.

—No es arrogancia cuando ambos sabemos lo que ocurrió aquella noche.

—Lo único que recuerdo bien es cómo terminó aquello. ¿O puede ser que ambos tengamos recuerdos diferentes?

—No. Te aseguro que ha sido imposible olvidar lo que me hiciste. Tanto lo bueno como lo malo. Confié una vez en ti y no volverá a suceder, pero eso no implica que no podamos disfrutar de nuestras circunstancias.

—¿Por qué hablas como si yo fuese culpable de algo que desconozco?

—Tal vez porque lo eres. Y no, no creo que desconozcas cuál es tu pecado.

—Casarme contigo es el único que he cometido en toda mi vida. Aparte de eso… —Se quedó un momento pensativa y se dio un par de golpes en la sien—. No. No hay nada más.

Dominic la contemplaba en silencio; estaba intentando convencerse de que aquellas palabras no le provocaban nada.

Había sobrevivido casi dos años sin ella, soportando la recuperación de un accidente que creyó interminable, el dolor de una pierna que durante meses se negó a obedecerlo y la humillación de preguntarse, muchas más veces de las que admitiría incluso en su fuero interno, por qué Cecily nunca regresó para pedirle clemencia por su mentira.

Había conseguido convertirla en una mujer interesada en su memoria porque resultaba mucho más fácil despreciarla de ese modo que reconocer la verdad.

La había echado terriblemente de menos. Había añorado su voz, aquella insolencia que conseguía irritarlo y divertirlo en la misma medida y la manera en que lo miraba sin repugnancia, a diferencia de como hacía el resto.

Pero, por encima de todo, no podía olvidar aquella noche en la que intimaron porque ella había conseguido que se sintiese un hombre deseado.

¿Qué clase de hechicera era aquella mujer que lo había embrujado en una sola noche?

¡Dios! El problema era que él había creído cada palabra que le dijo cuando pronunció aquellos denominados votos de consumación.

—¿Me estás escuchando, Blackshow? Te he dicho que te vayas ahora mismo.

La voz de ella lo devolvió al presente. Dominic cruzó la distancia que los separaba. Cecily retrocedió hasta que la cómoda le impidió continuar y entonces levantó el mentón, empeñada en sostenerle la mirada, aunque el corazón hubiese comenzado a golpearle el pecho de una forma nada decorosa.

—He escuchado cada palabra que has dicho, Cecily.

—No te acerques más —le ordenó.

Él se detuvo tan cerca que ella pudo sentir el calor del cuerpo masculino.

—Dime que no recuerdas mis manos sobre ti.

—No pienso participar en este juego.

—Dime que has olvidado mis besos —la urgió.

Cecily apretó los dedos contra el borde de la cómoda.

—Te odio. Eso es lo que nunca olvido.

Dominic levantó una mano y le apartó un mechón de cabello que había caído junto a su mejilla.

—Podrás odiarme, pero apuesto mi condenado título a que todavía piensas en mí y me deseas.

Ella debería haberse apartado, debería haberle dado otro manotazo como aquella noche en que todavía se creía capaz de domar al Duque Siniestro, pero el modo en el que le acariciaba el rostro parecía haberla domesticado a ella.

Dominic también notaba lo que le provocaba.

El duque percibió el pequeño estremecimiento que recorrió el cuerpo de Cecily y vio cómo sus pupilas se oscurecían cuando sus dedos descendieron desde la mejilla hasta la línea de su escote.

—No hagas esto —susurró ella.

—Dime que me aparte y lo haré.

—Los dos sabemos que no lo harías, aunque te lo pidiese.

—Los dos sabemos que no lo haré porque sé que no quieres que me aparte, y por eso no me lo pedirás.

La observó cerrar los ojos al tiempo que se humedecía los labios, y aquello terminó por convencerlo de que era necesario dar un paso más allá.

La besó.

No hubo dulzura en el primer contacto, porque llevaba demasiado tiempo imaginando aquel momento como para fingir una calma que no sentía en absoluto.

Cecily habría podido apartarlo con solo apoyar las manos sobre su pecho; en lugar de hacerlo, ella ya le había echado las manos a la nuca para obligarlo a estar más cerca.

Y justo cuando la escuchó gemir, perdió lo poco que le quedaba de control.

La estrechó por la cintura y profundizó el beso mientras Cecily lo buscaba con todo su cuerpo, apretándose contra él con descaro.

El calor de él, su boca y aquella forma de sujetarla despertaron de golpe todo cuanto llevaba dos años empeñada en enterrar.

Quería odiar el sabor que todavía reconocía en su lengua —menta— la presión de sus dedos en su cintura y el estremecimiento que le producía sentir su virilidad presionando su vientre.

¡Era imposible! Dominic siempre sería el hombre que la despertó al deseo y sabía que jamás podría liberarse de las cadenas que le colocó aquella noche llena de promesas torcidas y una pasión desenfrenada.