Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Comenzaron a moverse. La pierna del duque no parecía limitarlo mientras bailaba, aunque Cecily percibió una ligera cautela en determinados giros.

No recordaba que él hubiese tenido problemas al caminar.

Estuvo a punto de preguntarle qué le había ocurrido, pero se negó a ofrecerle aquella muestra de interés.

Prefería seguir como hasta el momento, y eso implicaba negar la realidad.

—¿Vas a seguir jugando a eso mucho tiempo, Cecily? Porque nos conocemos íntimamente y ese es un recuerdo que no se puede borrar jamás. A no ser, claro está, que tengas tantos amantes como zapatos.

Ella levantó la mirada hacia él.

—No sé a qué se refiere, excelencia. Si lo que busca es ofenderme, creo que pondré fin a este baile. —Ella trató de soltarse de su agarre y él la apretó más contra su pecho.

—Veo que no le contaste a nadie lo que hiciste. Solo lo debe saber aquella amiga tuya que te acompañó a mi casa en plena noche. ¿Me equivoco?

—No puedo respirar.

—Entonces, no provoques al demonio, Cecily. No te saldrá bien.

—Suélteme. Causará un escándalo.

Él aflojó su agarre, pero la mantenía cerca. No estaba dispuesto a permitir que lo dejase plantado en medio del baile.

—¿Peor que el que tú has causado con Reventing?

—Rivington —lo corrigió.

—Así que no lo niegas.

—No podría hacerlo, excelencia. Supongo que habrá leído los periódicos y de ahí que yo le haya causado curiosidad. ¿Qué otra cosa podría explicar que me haya pedido un baile precisamente a mí?

—Estás llevando esto demasiado lejos. Eres mi esposa, Cecily.

Te di lo que tanto deseabas; te convertí en la duquesa de Blackshow y estás arrastrando mi título y mi reputación por el barro.

Manda al cuerno a ese hombre antes de que yo intervenga, porque si no lo haces, no te gustarán las consecuencias.

—Debería sentirme halagada —dijo ella, mientras contenía las ganas que tenía de abofetearlo con todas sus fuerzas.

—Bien. Lo has conseguido. Tu comportamiento ha hecho que venga a por ti. Así que pon fin a cualquier relación que tengas con él.

—Sí. Me siento halagada porque un duque al que acabo de conocer se muestre tan fascinado por mí y tan interesado en mi situación, pero no es correcto, excelencia —siguió ella en su papel.

—Mi paciencia se agota.

—Uhm… La mía hace rato que llegó a su fin. Curioso. Tenemos eso en común, excelencia, pero me temo que no puedo aceptar… lo que sea que desee de mí.

El duque la pegó contra su pecho.

—Por amor de Dios, estuve dentro de tu cuerpo. Te besé en todas partes. Insinúa una sola vez más que no me conoces y te juro, por la tumba de mi hermana, que los dos nos convertiremos aquí y ahora en un escándalo.

Cecily tardó una fracción de segundo en comprender que él no iba de farol.

—Rivington es solo un buen amigo. No ha sucedido nada entre nosotros. Algunas columnas de chismes disfrutan causando daño. Así que ya puedes regresar de donde hayas venido porque no hay verdad en lo que hayas leído o puedas estar pensando —le aclaró, al fin.

—Eso está mejor. No obstante, creo que hay mucho más detrás de lo que dices. Dejaste que él te llevase en volandas por Hyde Park, incluso tu hermana lo ha mencionado.

—Aurelia ha recordado que me desmayé y él se limitó a ser un perfecto caballero. Rivington es un hombre honorable, no haría nada que pusiese en peligro mi reputación.

—No lo será, cuando todo el mundo opina que mi esposa tiene un pretendiente con el que es cuestión de tiempo que se case.

—Los dos sabemos que no puedo casarme con él.

—¿Por qué te desmayaste? —Esa cuestión le pareció más importante.

—Hacía mucho calor.

—¿En Londres? —Él no se creía nada.

—Ya te he dicho que no he hecho nada malo.

—Y yo te digo que no te creo.

—Ese es tu problema, no el mío.

—Sí que es el tuyo porque, a pesar de que estés empeñada en no querer recordar que me perteneces, eres mía.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Blackshow?

—Ah. Una vez fui Dominic. ¿Lo recuerdas?

—Y yo una vez fui una estúpida. Es mejor no cometer los mismos errores dos veces. ¿A qué has venido?

—Quiero a ese hombre lejos de ti.

—Ya lo he alejado —le confesó a duras penas—. No volveré a tratar con él.

—Bien.

—Entonces está todo aclarado.

—No.

—¿No?

—Eso he dicho.

—¿Por qué no?

—Soy un duque, Cecily.

—No lo he olvidado.

—Y eres mi esposa —le recordó una vez más.

—Eso tampoco podría olvidarlo, aunque quisiera.

—Necesito perpetuar mi linaje —soltó.

Cecily sintió que la sangre abandonaba su rostro. Dio un traspiés y Dominic la sujetó con mayor firmeza, pero su pierna también falló y los dos se vieron en un apuro. Se recompusieron lo más discretamente posible y continuaron con el baile.

—¿Qué te ocurre en la pierna?

—Nada.

—Como quieras.

—Diles la verdad esta noche a tu hermana y a Harrowmere. Mañana a primera hora saldremos hacia Black Manor. Nos vendrá bien estar en el campo.

—¿Disculpa?

—Te quedarás conmigo el tiempo suficiente para darme un heredero y un repuesto. Es tu obligación como mi duquesa. Lógicamente no te tocaré hasta que hayan pasado unos meses.

—¿Ahora pretendes darme tiempo antes de volver a acostarte conmigo? —Ella pensó que él iba a tratar de hacer las cosas diferentes en ese aspecto, por lo que no lo había abofeteado por su atrevimiento.

—Debo ser precavido.

—¿Precavido? —No tenía la menor idea de a lo que él se estaba refiriendo.

—No es a mí a quien han relacionado con un caballero de quien dicen que debería pedirte en matrimonio, Cecily. No sé las consecuencias que podría tener tu encuentro con él en Hookham’s o en cualquier otro lugar.

—No eres más que un bastardo siniestro —siseó con furia.

—Bastardo, no. Mi línea de sangre está asegurada y me ocuparé de que siga siendo así. ¿Siniestro? Posiblemente. ¿Un demonio? Sin ninguna duda. Y pese a intuirlo, aceptaste casarte conmigo, pues conocías bien los rumores sobre mi persona.

—No pienso irme contigo a ninguna parte, y estás loco si crees que te dejaré entrar en mi cama.

—No quisiera tener que utilizar mi poder para hacer que Harrowmere…

—No te atrevas a amenazar a Damian —lo frenó—.

No lo conoces. Él acabaría contigo de un plumazo.

¿Tú te crees el demonio? Él está todavía más por encima de ti.

Una sola palabra de mi hermana y te convertirá en budín porque yo se lo pediré a Aurelia.

No soy la estúpida con la que te casaste, Blackshow.

Tengo amigos y no dudarán en protegerme, Rivington incluido —se jactó, solo para irritarlo más.

—Vendrás conmigo a Black Manor —repitió.

Cecily lo observó durante varios segundos, convencida de que lo había oído mal.

—No iré.

Dominic apenas reaccionó. Seguía manteniendo esa expresión severa que ella tan bien recordaba.

—No te lo estoy preguntando.

—Y yo no estoy solicitando tu permiso para quedarme en Londres.

—Eres mi esposa.

—¿Otra vez con eso? Créeme, si pudiese retroceder en el tiempo no cometería semejante locura.

La mirada de Dominic se endureció, pero Cecily ya había descubierto que provocarlo era mucho más satisfactorio que permitirle dirigir la conversación como si estuviera negociando la compra de unas tierras.

—Como bien has dicho antes, ese es tu problema, no el mío. Mañana, Cecily.

La duquesa soltó una risa cargada de incredulidad.

—No voy a encerrarme en una propiedad tuya porque tu orgullo no soporte que otro hombre haya mostrado interés por mí.

—No se trata de orgullo.

—Por supuesto que no. —Ella no se creía nada.

—Necesito un heredero. Es mi deber.

Aquellas palabras consiguieron borrar cualquier resto de ironía de su rostro.

—Te presentas ante mí como si nada hubiese ocurrido entre nosotros, insistes, como en aquella noche, en que no cargarás con un bastardo y después me informas de que debo abandonar mi vida, seguirte al campo y proporcionarte hijos.

Dominic respiró hondo.

—Lo has relatado muy bien. Además, no sé de qué te sorprendes. Cuando te casaste conmigo ya sabías que necesitaba herederos.

—Cuando me casé contigo también creía que tendría un marido que cumpliría con su deber para conmigo.

—Y yo creía que tendría una esposa honesta. Ninguno tiene lo que deseaba.

—¿Me acusas de falta de honestidad?

—No pensemos en el pasado. Estoy dispuesto a perdonarte cada una de tus imprudencias. Deberías alegrarte; después de todo, no soy tan diablo como me creía —dijo sin emoción alguna.

—Nuestro matrimonio fue y es una decepción. Debemos encontrar el modo de…

—Ni se te ocurra pensarlo, Cecily. Que esté dispuesto a perdonarte por lo que hiciste y has hecho, no significa que permitiré que nos deshonres a los dos.

—Sé que el divorcio es una cuestión compleja, cara y delicada, pero no se me ocurre…

—¡Suficiente! —le ladró—. Harás lo que te diga porque eres mía.

Nadie más que yo te tendrá a partir de ahora.

He sido muy indulgente contigo y es momento de que te comportes como se espera de ti.

Jamás olvides que fuiste tú quien vino a implorar por mi mano.

Asume las consecuencias, tal y como yo he decidido hacer.

—¿Y qué ocurrirá la próxima vez que me eches de tu casa? ¿Crees que Damian se quedará de brazos cruzados? Te destruirá.

—Él no puede hacer tal cosa. Además, lo que has dicho no volverá a suceder porque no volverás —insistió— a darme motivos para hacerlo.

—¿Qué motivos te di yo para comportarte como lo hiciste? —lo atacó.

—Lo sabes muy bien.

—No, no lo sé, y ni te molestes en explicármelo porque no me importa en absoluto ya. Recité unos votos de consumación que tú pisoteaste a la primera ocasión. No iré contigo a ninguna parte.

—Lo harás.

—Puedes repetirlo hasta quedarte sin voz y mi respuesta seguirá siendo la misma.

Él la estudió con una atención que hizo que Cecily sintiera el peligro antes de comprender de dónde iba a llegar.

—Harrowmere lleva más de un año trabajando en una nueva carretera al norte de una de sus propiedades.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué te importarán a ti sus negocios?