Capítulo 5 #2
Cecily suspiró de un modo vergonzoso mientras lo observaba desde su posición.
Seguía siendo alto, quizá más de lo que ella recordaba, porque la distancia y el tiempo habían reducido algunas partes de él en su memoria mientras exageraban otras, como su condición de patán redomado.
El cabello castaño, tan oscuro que bajo las luces del salón parecía negro, lo llevaba peinado hacia atrás y dejaba despejado el lado izquierdo de su rostro, donde la quemadura descendía desde la sien por la mejilla y le alcanzaba la mandíbula.
Cecily conocía cada irregularidad de aquella cicatriz.
Había pasado los dedos sobre ella y también la besó mientras él la abrazaba.
Frunció el ceño. ¿Y si él se había enfadado porque ella lo besó ahí?
Era muy consciente de que, para un hombre que se apreciaba muy orgulloso, tener una marca así debía ser muy duro.
No importaba. Lo que ocurrió fue que la echó sin pestañear y la había olvidado durante demasiado tiempo.
Se fijó entonces en que su marido… ¿Acababa de cojear?
Seguro que no, aunque… No era una cojera pronunciada, pero había una rigidez evidente en uno de sus pasos, algo que no recordaba de aquella noche.
Cecily se preguntó durante un instante si podía haberse equivocado, pero apenas tuvo tiempo para pensar en ello porque Dominic levantó la mirada y la encontró al otro lado del salón.
Sus ojos verdes se clavaron en ella y la expresión que apareció en su rostro fue tan fría, que Cecily sintió cómo toda la rabia que había mantenido bajo control desde que se convirtió en duquesa regresaba de golpe y con más fuerza que nunca.
—¿Qué hace él aquí? —murmuró la condesa de Harrowmere. Aurelia también lo reconoció de inmediato. Todo el mundo sabía quién era el hombre de la cicatriz, de quien decían que había asesinado a un hermano y a una prometida antes de lady Helena.
—Blackshow es un duque. En algún momento tenía que ocupar su lugar en sociedad —apuntó Damian.
Cecily no abrió la boca. Estaba demasiado concentrada mirándolo con fijación y el mentón bien en alto.
El duque avanzaba hacia ellos y, con cada paso, aumentaba el número de personas que fingían no estar pendientes de su trayectoria.
Por descontado, que la fuga de lady Helena fue sonada, pero no tanto como Cecily había pensado que sería.
El motivo debía residir en que la pareja no regresó de Escocia.
Blackshow llevaba años ausente de los salones y su reputación no había perdido fuerza durante ese tiempo.
Escuchó cómo susurraban su título a poca distancia y supo que, antes de que terminase la noche, media ciudad habría elaborado varias teorías para explicar por qué el Duque Siniestro había atravesado un salón lleno de personas sin detenerse a saludar a ninguna para terminar delante de Cecily.
¡Fantástico! No solo cargaría con el inconveniente de Rivington, también unirían su nombre al del patán más grande del mundo. ¿Qué más podía sucederle esa temporada?
Dominic no apartaba la mirada de la de Cecily y ella estaba haciendo exactamente lo mismo que el duque.
No iba a amedrentarla. Si él esperaba que saliese corriendo, estaba muy equivocado; Cecily no había hecho nada malo y, por lo tanto, no se escondería ni del diablo.
¡Cielos! Él se veía como si fuese Lucifer reencarnado en un hombre.
¿Por qué tenía que ser tan apuesto? Cierto. Los pecados eran atractivos.
Damian fue el primero en inclinar la cabeza. El duque, el primero en hablar:
—Harrowmere.
—Blackshow.
Ambos se saludaron porque se conocían. Habían compartido una mesa de juego hacía años. El duque no consiguió ganar a Damian.
Alguien carraspeó. Esa fue Aurelia. La mirada del Dominic se apartó de Cecily y se centró en la condesa.
—Blackshow, permítame presentarle a mi esposa, lady Harrowmere —comenzó Damian con las presentaciones.
— Milady —la saludó el duque.
—Excelencia —respondió Aurelia.
—Y esta es lady Cecily, la hermana de mi condesa.
Dominic la miró de inmediato.
— Lady Cecily y yo ya nos conocemos —dijo.
Ella abrió mucho los ojos. Damian y Aurelia fruncieron el ceño.
—Disculpe, excelencia —se apresuró a decir la aludida—, me temo que me confunde con otra dama. No es la primera vez que me ocurre, tengo unas facciones muy comunes.
Lo vio apretar los labios y disfrutó con su pequeño triunfo. Había hecho bien en apostar a que él se comportaría en público.
Blackshow se recompuso del golpe de inmediato.
—Nos presentaron hace dos temporadas. Era de noche, lo recuerdo muy bien, milady .
Cecily sintió deseos de pisarle un pie. En lugar de dejarse llevar por la rabia, lo miró de arriba abajo y se centró, sin ningún disimulo, en la cicatriz.
—Si nos hubiesen presentado, le aseguro, excelencia, que lo recordaría.
Vio cómo se le hinchaba el pecho. Era a causa de la furia que estaba conteniendo. Cecily se tragó una sonrisa.
—Seguro que se confunde —intervino Aurelia algo inquieta—. Si mi hermana hubiese conocido a un duque, me lo habría mencionado.
—¿Porque su hermana le cuenta todo lo que hace? —preguntó Dominic demasiado rápido en un tono nada apropiado.
—En realidad, sí —mencionó la condesa.
—Estamos acaparando su atención, excelencia; no deseamos privar al resto de los invitados del baile de su… agradable compañía —observó Cecily con un tono de voz muy inocente.
Dominic se cuadró. Así que la pequeña bruja lo estaba enviando a paseo. ¿Qué pasaría si se la cargase al hombro y saliese de allí dentro con ella de ese modo? Negó ligeramente con la cabeza. El escándalo sería mayúsculo y ya había demasiadas especulaciones sobre su pasado.
El duque de Blackshow optó por ser cortés, así que se dirigió a Damian:
—Si no tiene objeción, Harrowmere, quisiera solicitarle la siguiente pieza a lady Cecily, si la dama me lo permite.
La condesa intervino antes de que su marido pudiera contestar:
—Mi hermana no se encuentra del todo bien esta noche. —Su intuición le decía que debía actuar. ¿Por qué? Eso no estaba aún claro del todo.
Cecily la miró y le sonrió.
—Te agradezco tu preocupación Aurelia, pero, en realidad, me encuentro perfectamente. —No iba a permitir que él pensase que le tenía miedo. No se escondería tras las faldas de su hermana.
—Hace unos días te desmayaste —le recordó con suavidad.
—No pienso convertir ese desgraciado incidente en una enfermedad crónica.
Aurelia ignoró la protesta y se dirigió al duque.
—Quizá sería mejor que descansara.
Dominic no apartó los ojos de su duquesa.
—Si lady Cecily no desea bailar conmigo, puede decírmelo ella misma.
El desafío estaba ahí. La estaba provocando. Podía negarse. Era más, debería negarse y escapar. Ser sensata sería lo más indicado.
Cecily levantó la barbilla.
—Bailaré con usted, excelencia. Siempre he deseado bailar con un duque. Confío en que sea tan fuerte como parece, si me desmayo, creo que necesitaría su fortaleza.
—Oh, Dios santo… —murmuró avergonzada Aurelia, mientras Damian ocultaba una sonrisa.
—No te alteres tanto por mi franqueza, hermana.
Sabes bien que siempre me ha gustado decir justo lo que pienso.
Si el duque se hubiese espantado por mi declaración, habría encontrado las palabras adecuadas para salir corriendo sin parecer descortés.
¿Sigue queriendo bailar, excelencia? —le preguntó llena de arrogancia.
—Hay pocas cosas que me hagan cambiar de opinión. Si se desmaya, le aseguro que haré lo posible por no dejarla caer. Tengo entendido que la última vez que sufrió un percance, fue un caballero quien la ayudó en su indisposición. Me comprometo a hacer lo mismo.
Cecily sonrió más abiertamente. Por fin sabía el motivo por el que su marido se había presentado de improviso en Londres. Los rumores también llegaban allá donde él se hubiese recluido durante este tiempo.
—Muy bien —accedió ella.
Aurelia abrió la boca:
—Cecily…
—Solo es un baile, hermana —le restó importancia a la cuestión.
Dominic extendió la mano. Ella tardó una fracción de segundo antes de colocar la suya sobre la de él.
El contacto fue suficiente para que la recorriese un gran estremecimiento de la cabeza a los pies.
Esa misma mano la había acariciado en la oscuridad…
¡Dios! ¿En qué momento pensó que la intimidad solo sería una nimiedad?
La culpa era de su padre, porque lo había visto reemplazar mujeres como si fuesen camisas.
No debía pensar en su boca, en el peso de su cuerpo sobre el de ella, mucho menos en el modo en el que la catapultó al cielo y tampoco en los votos de consumación que se habían recitado.
¿Cuánto había tardado él en mandarlo todo al infierno?
Ella cometió un error, fuese el que fuese —eso todavía no estaba claro— y él no tuvo reparo en echarla a la calle como si fuese una perra.
Uhm… Eso sonaba muy mal, pero, a fin de cuentas, fue exactamente lo que ocurrió.
Bien. Se concentraría en el dolor que le causó y no volvería a pensar en lo bien que él sabía besar y hacer lo otro .
Dominic la condujo hacia la pista central mientras Aurelia y Damian cuchicheaban.
Las primeras notas de un vals comenzaron a sonar cuando ocuparon su lugar y Cecily estuvo a punto de maldecir a los músicos. ¡Tenía que ser un condenado vals! ¡Fantástico! Habría preferido cualquier danza que le permitiera pasar más tiempo alejada de él.
La mano del duque se colocó con firmeza en su cintura. Cecily se tensó y apretó los dientes.
Dominic lo percibió.
—No recuerdo que mi contacto te resultara desagradable.
—Sé que es usted un duque, excelencia, pero considero que su obligación es dirigirse a una dama con la debida etiqueta y decencia.
—¿Y eso me lo dice la mujer que una noche mandó el manual de cortesía y buenos modales a paseo?
—De nuevo me confunde, excelencia. Le repito que me acordaría si nos hubiésemos conocido —insistió con vehemencia.