Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Cómo tolerar la desfachatez

Cecily llevaba cuatro días evitando a lord Rivington y empezaba a sospechar que aquella decisión estaba causando casi tantos problemas como los que pretendía solucionar.

El barón había acudido dos veces a casa de Harrowmere después de su desdichado paseo por Hyde Park.

La primera vez, Cecily había alegado un dolor de cabeza que no engañó a nadie; la segunda, se había refugiado en casa de Beatrice durante buena parte de la tarde y regresó cuando estuvo segura de que Rivington ya se habría marchado.

Tampoco había respondido todavía a la breve nota en la que él le pedía que no convirtiese una conversación complicada en el final de una amistad que ambos apreciaban.

Cecily sabía que no podía continuar comportándose de aquel modo.

Rivington no había hecho nada malo, salvo proponer una solución que para cualquier otra mujer habría resultado razonable y que para ella era imposible.

No deseaba perder a su amigo, mucho menos herirlo, pero tampoco sabía cómo mirarlo sin recordar aquella propuesta de matrimonio y preguntarse cuánto afecto había confundido ella con amistad durante todos esos meses.

Aurelia no estaba facilitándole las cosas en absoluto.

Cecily había acudido esa noche a un baile, obligada por su hermana. Más por Damian que por Aurelia. Harrowmere había aprendido a manejarla con suma facilidad y ella no se había dado cuenta de esa habilidad del conde hasta hacía poco.

Así que allí estaba ella, en medio de una fiesta soberbia, pensando en que se encontraba metida en un lío increíble mientras su amada hermana la contemplaba de reojo. ¿No tendría un solo minuto de paz nunca más?

—Ha vuelto a preguntar por ti esta mañana —comentó lady Harrowmere mientras observaba a las parejas que ocupaban la pista de baile—. Y antes de que me digas que no quieres hablar de él, te advierto que Damian y yo hemos decidido que llevas demasiados días comportándote como una completa cobarde.

Cecily apartó los ojos de los bailarines.

—Qué reconfortante resulta saber que mi familia celebra reuniones para decidir qué defectos tengo. Además, la táctica de retarme solo le funciona a tu marido. No pienso caer de nuevo.

Damian, situado al otro lado de su esposa, ocultó una sonrisa detrás de la copa que se había llevado a los labios.

—¿Ya no te importa que creamos que eres una mujer que se amedrenta por un hombre? —trató de azuzarla la traicionera de su hermana.

—No es ese hombre el que me preocupa —dijo de modo ininteligible.

—¿Qué? —Aurelia no la había entendido.

—Ha dicho que Rivington no es el hombre que le preocupa —apuntó Damian, quien tenía un oído estupendo.

Cecily lo señaló con un dedo.

—No he dicho eso. Estás causando problemas donde no los hay. —Maldito fuese él por su oreja portentosa.

—¿Hay alguien más que haya captado tu atención, Cecily? —inquirió con suavidad su hermana.

—¡Qué tontería! —desechó de inmediato la aludida.

Damian alzó una ceja.

—Entonces recibe a Rivington la próxima vez que vaya a casa y dile que no puedes aceptar su mano porque no quieres casarte.

—¿Cómo sabes que me ha pedido que…? —Cecily no se lo había contado a nadie.

No hizo falta terminar la pregunta. Suspiró derrotada.

Había caído en una trampa—. No puedo casarme con él, pero sé que si lo vuelvo a ver será la última vez que lo haga.

La sociedad esperará que nos separemos para no causar más especulaciones —reconoció.

—Es un buen hombre —susurró Aurelia.

—Sé que lo es, de igual modo que sé que no entiendes el motivo por el que no acepto su propuesta.

—Lo siento, Cecily, pero es que no lo comprendo en absoluto. Disfrutas de su compañía, bailas con él, le sonríes, le has hecho creer que…

—¡Oh, Dios! Te lo ruego, hermana, no me hagas esto más complicado de lo que ya es.

—No es forma de tratar a un caballero.

—¿Y crees que no lo sé? Yo lo consideraba solo mi amigo, ¿cómo iba a pensar que él…? —No pudo decir la frase en alto.

—¡Está enamorado de ti! —dijo verdaderamente asombrada la condesa—. Te lo dije, Damian. —Buscó a su marido con la mirada—. Un hombre que no esté muy interesado no toleraría las peculiaridades de Cecily.

La aludida resopló y volvió la atención hacia el salón.

Había sido un error acudir al baile. También habría sido un error quedarse en casa, porque después de las columnas de los últimos días cualquier ausencia habría sido interpretada como prueba de que lady C.

W. estaba escondiéndose tras una proposición matrimonial que nadie podía demostrar que hubiese existido.

Su hermana había sugerido que utilizasen la Pluma Indiscreta para ayudar con el asunto y ella no quiso hacerlo.

¿Qué iba a escribir? ¿Que no podía aceptar casarse con nadie porque era prisionera de un Duque Siniestro?

La sociedad poseía el talento de convertir cualquier decisión en una confesión, y Cecily estaba comenzando a comprender cuánto debía de haber sufrido Beatrice mientras media ciudad discutía su relación con Rosehaven.

—Hablaré con él —cedió al fin—. Cuando esté preparada.

Lady Harrowmere chasqueó la lengua.

—No te puedes imaginar cuánto lamento que no haya esperanza para vosotros. Adoro a Rivington.

—¿Debo ponerme celoso, esposa? —tanteó el conde.

—¿Te he dado alguna vez motivos para tener celos, amor mío?

Lord Harrowmere gruñó.

—Ya sabes que no me agrada escucharte alabar a ningún caballero que no sea yo.

—Damian, ¿a quién más conoces, que no sea Rivington, que pueda tolerar a Cecily? Él era mi única esperanza, así que es natural que haya dicho que lo adoro. ¡El barón casi consigue lo imposible!

—Supongo que tienes razón —valoró el conde—. En tal caso, yo también lo adoro.

Cecily le lanzó una mirada de reproche a Damian.

—Esperaba algo así de mi hermana, pero ¿de ti? Traidor —lo acusó.

—Tu hermana solo quiere tu felicidad, Cecily —medió el conde—. Y yo también. Si Rivington no es el indicado, ya llegará el que lo sea. Y si no llega, estaremos encantados de tenerte con nosotros.

—No te equivoques, Damian. Vivo con vosotros porque sé que mi hermana podría volverte loco.

Hace tiempo que me habría podido mudar a mi propia casa y no lo he hecho porque Aurelia acabaría con tus nervios si yo no lo evitase.

—Y no mentía del todo. Tenía dinero para hacer lo que se le antojase.

El patán por lo menos la proveyó de fondos.

—Dices unas tonterías… —siseó Aurelia.

—Verdades, hermana. Yo digo verdades, la que dice tonterías eres tú —apuntó.

—En realidad me alegro de que no te cases, Cecily. Admito que mi vida es más divertida con un par de hermanas como vosotras.

—¡No la alientes! —lo amonestó la condesa.

—Si quieres su felicidad, amor mío, vas a tener que permitir que haga sus propias elecciones —le recomendó su esposo.

—Gracias, Damian —tomó la palabra Cecily—. Ya vuelves a ser el mejor hombre que conozco. Te ha faltado muy poco para perder esa distinción; ten cuidado la próxima vez. —Él le sonrió en respuesta.

—Oh, las gracias deberías dármelas a mí. Le hice jurar que nunca te obligaría a casarte.

—¿Insinúas que tu esposo no me echa de su casa porque te juró que no lo haría, aunque no quisiera casarme, y no porque yo le importe?

—No, por supuesto que no —apuntó de inmediato la condesa.

—Yo creo que sí, hermana.

—Siempre lo tergiversas todo. ¡Está bien! Respetaré tu decisión sobre Rivington y no volveré a sacar a colación el asunto, pero debes hablar con él lo antes posible. No es justo que lo tengas en vilo.

—Lo haré pronto —prometió.

En ese momento se produjo un breve silencio. Fue como una alteración que se extendió entre los invitados como una corriente invisible. Algunas conversaciones perdieron intensidad y varias cabezas se volvieron hacia las puertas de la entrada.

Cecily tardó unos segundos en mirar. Cuando lo hizo, se le cortó la respiración de golpe. Dominic Alderley, duque de Blackshow, más conocido como el patán siniestro, acababa de hacer acto de presencia.

Durante casi dos años Cecily había recordado aquel rostro tantas veces que creía que estaría preparada para volver a verlo cuando aquello ocurriese.

Mentira. No lo estaba en absoluto. Lo había visto en sus muchas noches de insomnio, lo había maldecido mientras intentaba olvidar el sonido de su voz, el tacto de su piel contra la suya, y no lo había conseguido porque aceptó acostarse con él después de haberse casado.

Oh, sí. Cecily estaba convencida de que, si hubiese luchado más por retrasar la consumación del matrimonio, las cosas hubiesen sido muy diferentes, porque si la hubiese echado del modo en el que lo hizo sin haberle descubierto lo que era la pasión y la intimidad, ella habría podido recomponerse del golpe con mayor facilidad.

¿Y si estaba soñando? ¿Podría ser que el asunto de Rivington la hubiera trastocado hasta tal punto? Se pellizcó el brazo por si acaso. No. Aquello le dolió. Estaba muy despierta.

¿Por qué la echó de aquel modo? Esa era la pregunta que no salía de su cabeza desde aquella maldita noche en que creyó que había logrado la felicidad absoluta.

Y cuanto más lo pensaba, más tenía que deberse a que él se había acordado de que ella le había pedido dinero.

Debió ser porque, de algún modo, ella vapuleó su orgullo.

No había otra explicación posible. Blackshow debió recordar que su esposa le había pedido una fortuna por permitirle intimar y ahí todo se fue al garete.