Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

Dominic se movió y ella lo añoró de inmediato.

Hacer el amor no era nada frívolo. Esa conexión que acababa de formarse entre ambos duraría para el resto de su vida.

Cecily estaba segura. Al fin comprendía a Georgiana.

Su amiga, la primera que se había casado, le había dicho que en cuanto vio a su marido se enamoró de él y que selló su destino en el momento en el que le permitió tomarse libertades con ella.

Blackshow se incorporó en ese instante y salió de la cama.

—Maldita sea… —masculló furioso.

La nueva duquesa de Blackshow abrió los ojos de inmediato ante el arrebato de su marido. Él se giró para observarla.

El duque parecía haberse convertido en otra persona.

Su expresión la dejó con la boca abierta y comenzó a causarle angustia.

Dominic acababa de pasar de la felicidad a la ira más visceral.

Se asemejaba a un verdadero monstruo. ¿Un monstruo?

En absoluto. Se veía como un asesino que se había vuelto loco.

—¿Qué sucede, Dominic?

—Vístete.

—¿Por qué?

Él no dijo nada, se limitó a ir hacia un mueble, abrió un cajón, sacó una bolsa de dinero y se la arrojó sobre la cama desde su posición. Seguía mirándola como si fuese un loco.

—Lárgate de mi casa.

—¿Qué? —Ella no daba crédito a lo que estaba escuchando y sucediendo.

—Lárgate de mi casa.

—¿Qué he hecho mal? Si es porque no tengo la suficiente experiencia, te prometo que…

—No sigas poniéndote en evidencia. Tienes lo que querías, eres duquesa y te irás con dinero. Vete antes de que regrese; de otro modo, te juro por la tumba de mi hermana que yo mismo te sacaré de aquí.

—No pienso hacer nada hasta que me des una explicación —se plantó ella, al tiempo que se ponía de pie.

—¡Es mi última palabra, mujer! —le gritó.

Cecily no se amedrentó por su arrebato.

El duque avanzó hacia la puerta y ella comenzó a ir tras él.

Trató de abrazarlo desde atrás y su esposo la esquivó, con tan mala suerte que, debido al movimiento, ella se cayó al suelo y se hizo daño en la mano y el costado.

Dominic dio un paso hacia ella. Durante un instante pareció debatirse entre ayudarla o no hacerlo. Ganó la rabia.

Cecily se quedó quieta, allí tirada sobre el duro y frío mármol mientras él la observaba sin moverse de su posición. Vulnerable y más humillada que nunca.

—¿Por qué haces esto?

—Vete o atente a las consecuencias. No estoy bromeando; te sacaré de aquí yo mismo y me importará bien poco en las condiciones en las que salgas.

Y sin más, se marchó de allí sin darle ninguna explicación. Ella supo de inmediato que su marido no había lanzado una amenaza vana.

—¡Dominiiiiiic! —gritó en sueños.

Y aquel grito sirvió para que Cecily se despertase de golpe. Abrió los ojos en medio de la oscuridad de su dormitorio. Su corazón estaba roto y sentía sobre su piel la presión de unas manos que llevaba casi dos años intentando olvidar.

Se tocó las mejillas y se dio cuenta de que estaba llorando. El patán de su esposo todavía conseguía que ella siguiese llorando por él incluso en sueños.

—Si al menos supiera qué hice mal…

—¡Cecily! —Su hermana Aurelia acababa de entrar en su habitación—. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —se preocupó.

—Ha sido una pesadilla.

La condesa de Harrowmere ya estaba abrazándola y comprobando que no había sufrido daño alguno.

—¿Está bien? —preguntó Damian desde detrás de la puerta. No le parecía decoroso irrumpir en la alcoba de la hermana de su mujer.

—Sí, sí. Solo ha sido una pesadilla. Vuelve a la cama, amor mío —le indicó.

—Eso haré —comentó él antes de seguir las indicaciones de su esposa.

Las dos hermanas se quedaron a solas.

—¿Era Westcott? No tienes que temer por nuestro padre, Cecily. Damian sabe manejarlo. Él no puede hacernos daño. Mi esposo te protegerá siempre.

—¿Incluso de los monstruos siniestros, Aurelia? —le preguntó mientras contenía el llanto. No quería alarmar a su hermana.

—Incluso de ellos. Damian no nos fallará nunca.

—Porque es tu esposo y te ama. Eso es lo que hacen los maridos, se preocupan por sus mujeres y las protegen.

—Sí. Y también te quiere a ti.

Cecily suspiró.

—Regresa con él, Aurelia. Estoy bien.

—No lo estás. ¿Es por Rivington? ¿Tanto te atormenta verte casada con él? Has perdido la sonrisa. Llevas días muy extraña y, aunque agradezco un poco de tranquilidad, no me gusta verte triste y alicaída.

—Ha sido solo una pesadilla. No te preocupes.

—No tienes que casarte si no quieres. Damian no te obligará, ¿lo sabes?

—Sí que lo sé. Por favor, Aurelia, necesito estar sola ahora mismo. Ve con tu esposo.

—Pero…

—Haz lo que te digo, por favor —le dijo, tratando de mantener la paciencia.

—Está bien. Sé cuándo es inútil sonsacarte algo de información. Hablaremos mañana.

—Sí, mañana será un día mejor —quiso convencerse.

Aurelia se marchó de allí muy preocupada. Lo que la condesa de Harrowmere no sabía era que Cecily estaba todavía más inquieta que ella.

Se durmió llorando y de nuevo se juró que esa vez sería la última que se lamentaría por él.

El duque de Blackshow no se merecía ni una sola de sus lágrimas.