Capítulo 4 #2
—Indecentes —le confesó—, pero no tanto como los tuyos sobre mí. Aunque sí pensé en cómo sería que me besases.
—Eso está bien. Y te recuerdo que te besé durante la ceremonia y nuestros invitados tuvieron que darse media vuelta.
—Sí, ahí me di cuenta de que eras… peculiar.
—¿Peculiar?
—Sí, tanto como lo soy yo. Siento curiosidad por ciertas cosas que has dicho y me alegra que no me censures por ello. Ya sabes, se espera de una mujer que sea una santurrona.
Los ojos del duque adquirieron un brillo oscuro. Cecily sintió que la valentía comenzaba a abandonarla, pero había llegado demasiado lejos para detenerse.
—Tienes mi permiso para no serlo nunca cuando estemos a solas —le informó él.
—Te he dicho que no puedes interrumpirme mientras recito mis votos de consumación.
—¿Votos de consumación?
—Sí. Ahora, silencio, por favor. ¿Por dónde iba?
Cierto. En cuanto a tus apetitos indecentes, dado que pretendes compartirlos conmigo, supongo que tendré derecho a desarrollar algunos propios.
Todavía no sé cuáles serán porque, a diferencia de ti, nadie se ha molestado en proporcionarme una educación tan escandalosa, pero aprenderé.
Y cuando descubra qué me gusta, pienso decírtelo sin pudor para que lo hagas todas las veces que me apetezca.
Si tú puedes besarme donde acabas de describir con tanto detalle, no veo por qué yo debería limitarme a permanecer tumbada y aceptar cuanto decidas darme.
No pienso hacerlo. Quiero tocarte, besarte y descubrir qué consigue hacer que pierdas la cordura.
Si existe algún modo de hacerte gemir mi nombre con la misma falta de dignidad con la que aseguras que yo gritaré el tuyo, ten por seguro que pienso encontrarlo.
Dominic inspiró con fuerza. ¿No se daba cuenta de que iba a matarlo si seguía hablando de ese modo? La sola idea de ver su perfecta boca rodeando su virilidad podría hacerlo explotar.
—Cecily, creo que…
—Un momento. Queda un poco todavía. Es importante que sepas que te mataré si retozas con otra mujer, y no es una amenaza vana.
No moriré de pena como mi madre, prefiero que lo hagas tú, y luego ya veré cómo oculto mi crimen.
Soy bastante inteligente y siempre consigo lo que me propongo. No me subestimes.
Cecily sonrió al comprobar que, desde que había comenzado aquella conversación, era él quien había perdido gran parte de su aplomo.
—¿Algo más? —preguntó incrédulo.
—Sí. No aceptaré que me trates como una criatura frágil solo porque sea una mujer.
Discutiré contigo cuando crea que estás equivocado, te llevaré la contraria cuando te pongas insoportable y seguramente conseguiré sacarte de tus casillas con bastante frecuencia.
Mi hermana Aurelia quiere estrangularme todos los días, prepárate para que te ocurra lo mismo.
—Debiste haberme avisado de eso —se quejó—. No quiero una duquesa salvaje.
Ella le sonrió otra vez.
—Si te hubiese dicho cómo soy, dudo mucho que me hubieses aceptado.
Además, no soy tan salvaje como puedes estar pensando.
Bien. Tú has dicho que quieres sinceridad y yo pienso concedértela incluso cuando desees retirarme la palabra por haber sido demasiado sincera.
A cambio quiero lo mismo de ti. Nada de silencios pensados para castigarme, nada de decidir por mí qué puedo soportar y, sobre todo, nada de hacerme pagar por los pecados de otras personas.
—La última frase hizo que algo cambiara en el rostro de Dominic.
Él estaba frunciendo el ceño—: No soy la mujer que huyó antes de casarse contigo —continuó con más suavidad—.
He venido aquí por voluntad propia, he pronunciado mis votos matrimoniales y los de consumación mirándote a los ojos y dentro de unos minutos voy a permitir que hagas conmigo lo que desees.
Tenemos un acuerdo y los dos lo respetaremos para siempre.
—Hecho. ¿Puedo ya hacer contigo lo que se me antoje o tienes algo más que añadir?
Ella alzó todavía más la barbilla.
—Esos son mis votos. Sinceridad, lealtad, ninguna vergüenza y tantos apetitos indecentes como sea capaz de aprender contigo.
Y como has tenido la arrogancia de prometer que conseguirás que siempre te necesite en mi cama, yo te hago una promesa parecida: pienso lograr que el gran duque de Blackshow se ponga a mis pies.
Dominic la observó durante un largo instante sin dar crédito a su atrevimiento.
—Cecily…
—¿Sí?
—¿Te das cuenta de que acabas de convertir una noche de bodas en algo parecido a una declaración de guerra?
—Entonces procura ganar, esposo mío. Además, empezaste tú primero.
—Has de saber que nunca estaré a tus pies. No gobernarás mi vida.
—¿Es un reto?
—Es la verdad.
—Ya lo veremos —dijo segura de sí misma.
—No es negociable. No esperes amor por mi parte, solo tendrás mi lujuria para sentirte deseada. No te pediré perdón ni me disculparé porque jamás me equivoco ni cometo errores. Si aceptas esos términos, no sufrirás.
—Me he informado sobre ti. No juegas con las mujeres y eso es muy importante para mí. Eres un duque frío, calculador, de quien dicen que puede llegar a ser cruel… Todo eso sin contar los espantosos rumores. Si no creyese que puedo hacer de ti un hombre mejor, no estaría aquí.
—No olvides a tu hermana y la necesidad de las cinco mil libras.
—Y el título, Dominic. Ser tu duquesa me dará poder para que nadie nunca pueda jugar con mi futuro.
—De acuerdo. Tú tienes tus intereses y yo los míos. Hagamos que esto salga bien. Comencemos por que me permitas hacerte el amor.
Cecily alzó una ceja como si hubiese sido duquesa durante toda su vida.
—¿Hacer el amor, Dominic? ¿Tan pronto has caído a mis pies?
El duque soltó una risa baja. El gesto la sorprendió porque cambiaba su rostro de una manera que nunca habría imaginado.
La dureza que lo acompañaba incluso cuando estaba en silencio y escuchándola desapareció por unos segundos, y sus ojos verdes perdieron aquella desconfianza constante con la que sospechaba que acostumbraba a observar el mundo.
—Bruja —le dijo sin perder la sonrisa.
—Deberías reírte más —le dijo.
—No suelo encontrar muchos motivos para hacerlo.
Esta vez Cecily fue consciente de la cercanía de su cuerpo con una intensidad que no había sentido durante la ceremonia.
Él era mucho más alto, ancho de hombros, y la luz cálida de las velas hacía todavía más severos unos rasgos que la sociedad se empeñaba en describir como terribles.
La cicatriz era imposible de ignorar. Fascinante también, por la historia que debía esconder detrás.
Dominic levantó una mano y deslizó los dedos por su mejilla. Ella no se apartó.
—Dime la verdad, ¿te molesta la cicatriz?
—No, me resulta llamativa.
La mano de él descendió hacia su cuello y probó su valentía cuando le apretó con cierta firmeza la garganta. Ella no se movió. Ni levantó las manos para detenerlo.
—Si fuesen ciertos los rumores sobre asesinato… ¿tratarías de escapar de mí?
La respuesta de ella fue levantar una mano y colocar la palma de la mano directamente sobre gran parte de la cicatriz.
Dominic se quedó inmóvil.
—¿Saldrás huyendo porque me he atrevido a tocar lo que imagino que nunca le permitirías a nadie rozar?
Ella siguió la marca desde la sien hacia la mejilla con una caricia suave, pero segura.
—Estás jugando con fuego. Si te quemas, podría quedarte una cicatriz en el alma. Soy un hombre que no mide sus palabras ni sus reacciones, Cecily. Harás bien en ser precavida cuando estés conmigo.
—Hemos decretado que no está en mi naturaleza ser sensata. Y te he prometido que siempre sería honesta y leal. No me quedaré callada cuando tú alces la voz.
—Sigo sin saber si eres increíblemente estúpida o sumamente valiente. Dios te ampare si pierdo los nervios contigo.
Y entonces Dominic la besó. Aquel beso no empezó despacio, sí con una mano de él en su nuca y la otra alrededor de su cintura, para que ella no pudiese huir de su contacto.
Cecily se pegó a él. El pecho del duque se tensó cuando las manos de ella comenzaron a imitar su posesión.
Dominic respondió a su urgencia profundizando el beso.
Cuando la escuchó gemir sobre sus labios, se apartó para comprobar si había logrado despertar su deseo.
Lo vio tan claro en sus ojos que le faltó muy poco para gruñir lleno de satisfacción. Ella lo deseaba. Un beso y ya la tenía.
Volvió a besarla y esta vez la mano que tenía en su cintura descendió por su espalda para comenzar a ocuparse de los cierres del vestido. La sintió estremecerse, y no supo si seguía obedeciendo a la lujuria que podría estar sintiendo debido a la forma tan lasciva en la que la besaba o al temor.
—¿Te arrepientes de lo que va a suceder?
—No —dijo, al tiempo que negaba con la cabeza—. Solo es que yo… No sé qué tengo que hacer. Me siento vulnerable en tus manos.
Aquella confesión pareció afectarlo de una forma que ella no comprendió. Dominic le acarició la nuca con el pulgar.
—Deja que me ocupe de ti.
Cecily asintió.
Él continuó desvistiéndola con premura y acompañó cada nueva intimidad con una caricia o un beso que impedía que la vergüenza llegara a imponerse. La prefería llena de ardor a cohibida. Cuando el vestido cayó y ella se quedó delante de él intentó cubrirse por instinto. Dominic le sujetó las manos.
—Sin pudor, ¿recuerdas? No te escondas de mí.
—Tú sigues vestido.
—Eso tiene fácil solución.
Cecily lo soltó y contempló cómo se quitaba el chaleco y la camisa.
¿Dónde estaba el pañuelo de la corbata? No importaba.
Ya había supuesto que sería fuerte, pero no había imaginado la sensación que le produciría verlo de aquel modo, con el torso desnudo bajo la luz del fuego y la mirada fija en ella.
Él debía saber que la curiosidad de Cecily había vencido a la timidez.
—Dios mío… —susurró asombrada. Él era magnífico.
Dominic arqueó una ceja.
—¿Has terminado de inspeccionarme?
—Acabo de empezar.
Aquello le arrancó otra sonrisa.
Cecily avanzó y apoyó las manos sobre su torso. La piel estaba caliente y cubierta por un hilo de vello suave.