Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Un placer aterrador

Cecily cerró los ojos y, en algún momento, el sueño la arrastró hacia un recuerdo que llevaba casi dos años intentando olvidar. Era la noche en la que decidió salvar a su hermana, la misma en la que descubrió cómo el placer podía cambiar la visión del mundo de una mujer.

El Duque Siniestro estaba frente a ella. Decidido y muy seguro de sí mismo. La alcoba de él estaba iluminada por el fuego y las velas; su alianza de bodas resplandecía como la promesa de un nuevo comienzo prometedor.

Su esposo, Dominic, seguía vestido, salvo por la chaqueta, que había dejado sobre el respaldo de una silla.

La ceremonia había terminado hacía poco. Resswell, el vicario y Lavinia se habían retirado ya. Y por primera vez desde que llamó a la puerta de aquella lúgubre casa, Cecily se encontraba sola con el hombre que se acababa de convertir en su esposo.

—¿Me tienes miedo? —le preguntó el duque.

—No. No creo que pueda temerte nunca.

Él arqueó una ceja. Una clara señal de que no la creía, aunque Cecily tardó un instante en comprender lo que acababa de ocurrir. Había prescindido del tratamiento formal sin pensarlo. En realidad, ambos lo habían hecho.

—Perdón, excelencia. Quería decir…

—No te disculpes.

Dominic se acercó hasta quedarse muy cerca de ella. La mirada del duque no escondía su deseo y Cecily se sentía muy poderosa bajo aquel escrutinio. Él la hacía sentirse mujer, perfecta, grande…

—¿No?

—Olvídate de toda la maldita etiqueta que has utilizado para dirigirte a mí durante las últimas horas.

Acabamos de casarnos, Cecily, y dentro de poco vamos a meternos en la misma cama.

Si existe un momento adecuado para empezar a tratarnos con mayor intimidad, sospecho que es este. Voy a poseer tu cuerpo.

El calor le subió hasta que sus mejillas se sonrojaron por completo.

Cecily había previsto que acostarse con un hombre no sería nada relevante.

Estaba comprobando la magnitud de su equivocación.

Sospechaba que su vida iba a cambiar por completo, y no solo porque se acababa de casar, más bien porque después de dejar que él la tocase, sabía que sería una mujer diferente.

—Podrías haberlo expresado de una forma menos… obscena.

—Ah, pero es que me gusta llamar a las cosas por su nombre. Y lo que voy a hacerte implica que, cuando termine de reclamarte, estarás completamente segura de que me perteneces.

—Sé lo que ocurrirá cuando hagamos eso . Nuestro matrimonio estará consumado.

—Así es. Mía para toda la eternidad, aunque te arrepientas de tus decisiones o actos.

Cecily tragó saliva con fuerza. Si él trataba de asustarla todavía más, estaba funcionando a las mil maravillas.

—No necesito que me recuerdes todo el tiempo que dependo de tu caridad para seguir adelante.

—¿Caridad? Oh, pequeña bruja, no es caridad lo que vas a recibir de mí esta noche. Si hubieses mostrado un poco de temor, repugnancia tal vez, no estarías aquí ahora conmigo pensando en cómo podrías escapar de mis garras.

—Si a lo que te refieres es a tu cicatriz, debo decirte que he conocido a hombres muy apuestos cuyo interior está podrido. Tu aspecto no me importa, lo que valoro es otra cosa.

—¿El qué? ¿Amor?

—El amor se acaba. Lo he visto en el matrimonio de mis padres. No, lo que yo admiro en una persona, sea mujer u hombre, es la lealtad.

—Uhm… Lealtad, ¿eh? Yo prefiero la honestidad frente a todo.

Como bien has dicho el amor puede terminarse con la misma facilidad que la pasión se apague.

En cambio, cuando una relación se basa en la sinceridad, eso es una garantía de éxito.

Sé siempre honesta conmigo y no tendrás nada que temer.

Como mi duquesa te daré el lugar y el poder que te mereces.

Dame hijos varones que aseguren mi linaje y tendrás lo que desees: joyas, carruajes, vestidos, cualquier cosa que se te antoje.

Las cinco mil libras que recibirás cuando hayas cumplido con tus derechos conyugales serán poca cosa en comparación con lo que podrás conseguir de mí.

Ahora bien, una sola mentira y este matrimonio no será más que una cárcel para ti.

—No te tengo miedo. No te temí cuando te presentaste ante mí pareciendo el ángel de la muerte y no comenzaré a hacerlo ahora.

Dominic bajó la mirada hacia sus manos.

—Estás apretando los dedos. Yo creo que sí que me tienes miedo.

Cecily los separó de inmediato.

—Es del todo natural que una inocente esté nerviosa por lo que va a suceder.

—Debes saber que no son muchas las mujeres que toleran mi cercanía sin mostrar temor o repugnancia. Eso no significa que ignore por completo lo que ocurre entre un hombre y una mujer cuando comparten una cama. Seré exigente cuando estemos juntos, pero esta noche trataré de ser galante.

—¿Qué debo esperar de ti además de tus… grandes apetitos indecentes? —preguntó, tratando de no echarse a temblar.

—¿Indecentes? —Se quedó un momento pensativo—.

Sí, supongo que lo son. ¿Escandalosos? Todavía más.

No soy un hombre pudoroso. No atiendo a las normas sociales que dictan que una esposa tenga que recostarse en la cama y soportar puritanamente las necesidades de su marido mientras él se apresura.

Soy lascivo, pronto lo comprobarás, y desde esta noche lo seré solo con mi mujer.

Tendrás mi lealtad si prometes sinceridad. Ese será nuestro trato.

—Entonces lo acepto.

—Te he deseado desde que te he visto. Y desde que te he visto —insistió— solo he podido pensar en cómo sería tu feminidad.

Voy a besarte donde nadie más lo ha hecho ni lo hará.

Te abriré las piernas y colocaré mi boca ahí, justo donde estás imaginando.

Y lo disfrutarás, te humedecerás porque gozarás con mis caricias, con los movimientos de mi lengua sobre tus delicados pliegues.

Gritarás mi nombre cuando consigas la liberación.

Te daré placer, Cecily, con la única intención de que no olvides lo que soy capaz de hacerte jamás.

Temblarás por mí pese a que yo no sea un hombre apuesto.

Es la promesa que hoy te hago: como mi esposa recibirás placer cada vez que intimemos.

No habrá una sola noche en la que tengas que preguntarte si te deseo ni tampoco un solo instante en el que permita que confundas mis cicatrices con falta de hombría.

Podrás discutir conmigo, desafiarme y llevar mi paciencia hasta el límite, pues sospecho que lo harás a menudo, pero cuando estemos solos recordarás que fuiste tú quien vino a buscarme y que fui yo quien aceptó convertirte en mi duquesa.

Y pienso asegurarme de que siempre me necesites lamiéndote, dentro de ti o besándote.

Esos. Esos son los votos que debería haber repetido frente a Dios.

La duquesa de Blackshow tragó de nuevo saliva.

La severidad de su rostro indicaba que él no estaba bromeando.

La crudeza de sus palabras y esas promesas tan inadecuadas la habían hecho calentarse por dentro, y no de un modo cálido.

Estaba abrasándose. Su esposo le estaba prometiendo que alcanzaría la plenitud durante sus encuentros, significase eso lo que significase.

¿Por qué las mujeres tenían que estar a oscuras en cuestiones carnales?

¡No era justo que él supiese tanto del asunto y ella tan poco!

La nueva duquesa carraspeó y alzó el mentón.

—Muy bien. Me toca a mí recitarte los votos que debería haber pronunciado durante nuestro enlace.

—Cecily se tomó unos segundos para ordenar sus pensamientos, aunque la cercanía de Dominic y todo cuanto acababa de prometerle dificultaban bastante la tarea.

Él alzó la mano y trató de acariciarle la mejilla.

Recibió un manotazo por su atrevimiento.

El duque suspiró y no la corrigió. Era muy novedoso el hecho de que alguien no le tuviese en verdad miedo.

—¿Vas a recitarlos ya o puedo empezar a…?

—Empezar, sí —lo interrumpió—. Buen consejo.

Verás, para empezar, tendrás mi sinceridad porque eso es lo que me has pedido y porque no me gustan los matrimonios construidos sobre engaños.

También tendrás mi lealtad. No miraré a otro hombre deseando lo que espero tener contigo, no permitiré que nadie ocupe el lugar que te pertenece y, si algún día me siento desgraciada a tu lado, te lo diré.

No debes temer que busque consuelo en otros brazos.

Es lo que ha hecho mi padre toda su vida y lo desprecio por ello.

Antes me quitaría la vida que ser como él.

Mató a mi madre de pura desdicha… He visto demasiado de eso durante toda mi vida y no pienso convertirme en una mujer que le haga daño a su esposo porque no tiene valor para enfrentarse a él.

Dominic asintió.

—Un poco excesivo, pero lo apruebo.

—No he terminado. También prometo no sentir vergüenza por tu aspecto, ya que pareces empeñado en creer que esa cicatriz te define cuando no lo hace. No creeré los rumores que oiga sobre ti, y te defenderé de ellos. No creo que seas un asesino como dicen.

—¿Eso has escuchado de mí y has aceptado casarte conmigo? —Él se había imaginado que ella podría conocer los rumores, pero… ¿los conocía y, a pesar de ellos, accedió a ser su duquesa? Era una mujer extraña.

—No me interrumpas o perderé el hilo de mis pensamientos.

Ah, sí, ya lo recuerdo: no me he casado con tu mejilla ni a pesar de ella, así que puedes ahorrarte las miradas sombrías cada vez que descubras que estoy observándote, porque creo que lo haré a menudo hasta que me acostumbre a tu aspecto.

Te observaré, posiblemente con total descaro.

Desde que te he visto siento curiosidad por saber qué te ocurrió.

No te lo he preguntado porque estaba más ocupada pensando en que tienes unos brazos muy fuertes, unos hombros magníficos y en si me condenarías por cada uno de los pensamientos que atravesaron mi mente cuando te vi.

—¿Fueron buenos o malos? —se interesó él.