Capítulo 3 #3
Durante unas horas, llegó a creer que su imprudencia podía haber producido algo bueno.
Todavía conservaba recuerdos que habría preferido olvidar con el paso del tiempo.
Como el calor de la piel de Cecily bajo sus manos, los dedos femeninos aferrados a sus hombros y la forma en que, después de los primeros nervios, había buscado de nuevo su boca; como si besar al duque de Blackshow fuese la cosa más increíble del mundo.
Había algo ofensivo en la claridad con la que seguía recordando aquellos detalles cuando otras partes de los últimos dos años comenzaban a difuminarse.
Luego llegó la verdad, y todo cuanto había ocurrido entre ambos se destruyó por completo. El espejismo de la felicidad se esfumó tan rápido como había aparecido.
Dominic cerró la mano sobre el alféizar y maldijo en su interior.
Cecily se había marchado de su casa aquella misma noche llevándose una fortuna y, con el paso de los meses, había demostrado con su silencio hasta qué punto él había sido un imbécil.
Helena Fawcett al menos había tenido la decencia de huir antes de casarse con él.
Su esposa había esperado a conseguir lo que quería para abandonarlo sin el más mínimo remordimiento.
—¿Está enamorado de ella? —preguntó.
Resswell tardó un instante en responder.
—¿Rivington?
—¿Conoces a algún otro hombre del que estemos hablando?
—No puedo saber si está enamorado, pero la frecuenta mucho.
Bailan, conversan, han coincidido en Hyde Park en otras ocasiones y, según parece, el barón la busca cuando comparten una velada.
La temprana visita a casa de Harrowmere después de la primera columna tampoco parece el comportamiento de un hombre indiferente.
Dominic sintió que la pierna se le tensaba de nuevo cuando empezó a caminar por la habitación.
—¿Cuánto puede haber de verdad en los rumores sobre una petición de matrimonio?
—La columna especula.
—Se desmayó mientras conversaban, ¿podría ser un ardid femenino? ¿Está ella enamorada de él? ¿Le ha permitido besarla? ¿Son amantes ya?
El secretario carraspeó.
—Son muchas preguntas, adecuadas, sí, pero me temo que solo podría seguir especulando sobre ello, excelencia.
Dominic se dio cuenta de todo lo que había dado a entender y se lamentó de inmediato. Ella no podía ser ninguna debilidad para él.
—Es una mujer inteligente. No debí subestimarla, tal y como ella misma me recomendó —se lamentó.
—Veo que cree conocerla bien.
—La conozco lo suficiente.
Aquello también era más de lo que quería reconocer.
Conocía su obstinación, su falta de sensatez, la forma en que discutía incluso cuando sabía que estaba a punto de perder y aquella irritante costumbre de levantar un poco la barbilla cuando se preparaba para decir algo que cualquier persona razonable habría evitado.
Conocía otras cosas muy íntimas que no estaba dispuesto a compartir con Resswell ni con nadie, y la imagen de ese maldito Rivington sosteniéndola entre sus brazos consiguió que una oleada de furia le atravesara el pecho.
No eran celos. ¡No lo eran! No podían serlo.
Lo que sentía nacía del derecho, del orgullo y de la obligación de impedir que él mismo terminase arrastrado por el fango debido a una mujer que ya había demostrado lo poco que significaban para ella los compromisos adquiridos.
Aquella explicación era mucho más razonable que admitir que los celos le estaban nublando el juicio. ¡No eran celos!
—Quiero saber si ese Rivensason ha hablado con Harrowmere para pedir la mano de ella.
—No consta que lo haya hecho todavía.
—¿Lo hará?
—Es posible.
—Si ese idiota cree que puede pedir la mano de Cecily… —Resswell sonrió—. ¿Qué? —preguntó el duque al darse cuenta del gesto de su secretario.
—Nada. Solo me preguntaba a quién debería pedirle la mano de una mujer casada un caballero.
Dominic se quedó muy quieto. Era una cuestión interesante.
Westcott seguía siendo su padre ante los ojos de la sociedad, aunque la intervención de Harrowmere había reducido bastante su capacidad para disponer de sus hijas.
Damian Dargrove se había convertido en la figura masculina que protegía a Cecily y era más que probable que Rivington acudiera a él si pretendía formalizar sus intenciones.
La sola imagen le causó arcadas. Maldito fuese Resswell por haberlo puesto al tanto de los pasos que ella había dado desde el día de su boda.
¿Por qué no podía seguir sus órdenes su secretario?
Si no supiera nada sobre Cecily, él no estaría sintiéndose…
sintiéndose… ¿Cómo se sentía? ¿Traicionado?
No. ¿Humillado? Todavía menos. Los duques no sentían nada de eso.
Oh, Dios santo… ¡Un barón pidiendo autorización a un conde para casarse con la duquesa de Blackshow! Aquello rozaba lo grotesco.
—Ella no puede casarse con nadie.
—Sería conveniente informar de ello a la dama. Tal vez, se haya olvidado de que ya está casada.
Dominic miró al secretario sin ocultar su furia.
—Ella es mía. No puede haber olvidado que me pertenece —dijo convencido. No comentaría que se esforzó mucho aquella noche para que no pudiese olvidar jamás todo lo que hizo. ¡De acuerdo! Lo bueno y lo malo.
—La prensa parece pensar lo contrario.
—La prensa no importa.
—Ese es el problema. Sí que importa.
Resswell había dejado de bromear.
Dominic regresó despacio al escritorio y apoyó ambas manos sobre la madera.
Durante años había tolerado la separación y que nadie dijese nada sobre su secreto enlace, pues no deseaba escuchar preguntas ni ofrecer explicaciones o tener que admitir ante la sociedad que había contraído un matrimonio absurdo que había durado menos de una noche antes de convertirse en una farsa.
Cecily tampoco había hecho nada por cambiar aquella situación. Hasta el momento.
Podía bailar con quien quisiera mientras recordase dónde estaba la línea que no debía cruzar.
Podía acudir a fiestas, llenar salones con esa risa escandalosa que, al parecer, seguía ofreciéndoles a otros hombres, e incluso fingir que Blackshow nunca había existido.
Dominic no tenía intención de reclamar su compañía ni mucho menos de recuperar una relación que había demostrado ser un error desde el comienzo.
No obstante, no permitiría que lo convirtiera en un cornudo sin que Londres supiera siquiera que existía un marido al que ridiculizar.
Había límites que ni siquiera una duquesa podía cruzar.
—Nos marchamos.
Resswell no pareció sorprendido.
—¿A Londres?
—¿Conoces otro lugar donde pueda encontrar a una duquesa que se ha vuelto loca?
—Por fin ha tomado usted la decisión correcta. Ha sido relativamente fácil conseguir que lo hiciese. Creí que se moriría sin hacer lo que debía —le confesó el secretario.
Dominic lo fulminó con la mirada.
—Voy a Londres para impedir que esa mujer arrastre mi nombre por el fango. No para recuperarla.
—Por supuesto.
—No seas condescendiente.
—No lo soy.
—Prepara el equipaje.
—Ya está preparado. —El duque se quedó mirándolo y Resswell se permitió ofrecerle una pequeña sonrisa—: Supuse que querría recuperar lo que es suyo lo antes posible.
—Eres tan estúpido como ella. La traeré aquí solo para que no siga haciendo el ridículo. No quiero nada de esa mujer.
Resswell se encaminó hacia la puerta, aunque antes de salir se detuvo y volvió la cabeza.
—Una última cosa, excelencia.
—¿Qué?
—Si sirve de consuelo, hay una cualidad en la que usted supera sin dificultad a lord Rivington.
Dominic desconfió de inmediato.
—¿Cuál?
—Nadie en Londres lo describiría jamás como encantador, así que, si ella aceptó casarse con usted y le permitió meterse en su cama, dudo mucho que esté verdaderamente interesada en un tipo como Rivington. Deben gustarle más los hombres sin encanto.
—Sal antes de que olvide mis buenos modales y te rompa la nariz.
—Lo haré en un momento, pero antes… ¿No le parece curioso que una mujer que solo quería su título no lo haya utilizado ni una sola vez desde que se casó con usted? Vive con su hermana, Harrowmere corre con todos sus gastos y la dama no le ha contado a nadie que es una duquesa.
La puerta se cerró antes de que el duque pudiese responder. Dominic permaneció unos segundos mirando el lugar por el que había desaparecido su secretario. Lo siguiente que ocurrió fue que lanzó la taza de porcelana contra la pared más cercana y soltó una larga maldición.
No iba a Londres motivado por celos.
Tampoco porque la mujer que había sido capaz de mirarlo sin miedo dos años atrás estuviese animando a un hombre que, al parecer, no necesitaba cicatrices, un gran título o tener una fortuna obscena para impresionarla.
Iba porque Cecily Alderley, duquesa de Blackshow, parecía haber olvidado que estaba casada.
Y Dominic pensaba recordárselo.