Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Sé que esto no ha salido de la nada y que debes haber estado siguiendo el asunto de cerca. Te pago para que te preocupes por todos mis asuntos, así que dime desde cuándo ha estado ella arrastrándome por el barro.

—Una semana como máximo. Aunque decir que lo está arrastrando a usted por el barro resulta…

—No me repliques, Resswell. Tu salario podría resentirse.

—Lo avisé de que el asunto con su esposa debía ser prioritario para usted.

Ella se marchó a vivir con su hermana y el esposo de esta, y le dije que eso no era correcto.

No me permitió llamarla ni cuando su vida corrió serio peligro.

Debió haber aprovechado esa circunstancia para atarla a usted —lo regañó.

El secretario no se atrevía a preguntarle lo que ocurrió tras una boda de lo más apresurada.

El duque la consideraba una oportunista.

¿Sería ese motivo por el que no volvió a verse a Blackshow con su esposa nunca más?

—Ahí está. Tu palmadita en la espalda porque piensas que tienes razón.

¿Crees que me hubiese gustado tener en la cabecera de mi cama a una mujer que rezaría a Dios para que me condenase al infierno?

Está claro que, si se hubiese convertido en viuda, habría sido de lo más feliz.

Ella podría haber tratado de envenenarme mientras yo me aferraba a la vida.

—Está siendo muy duro con su esposa.

—No lo creo. Cometí el mayor error de mi vida —musitó.

El secretario carraspeó.

—Tenía entendido que el duque de Blackshow no comete errores.

—Y yo pensaba, hasta hace un segundo, que querías salir de una sola pieza de mi despacho.

—Sí, eso me gustaría mucho —le concedió el otro.

—Hablemos de lo importante. ¿Ella se ha comportado hasta el momento, o ha habido más rumores en el pasado de los que no me has informado?

—Hay otra nota anterior.

Dominic alzó la mirada con brusquedad.

—¿Otra?

Resswell introdujo una mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una hoja doblada.

—Pensé que querría verla.

—¿Y has esperado hasta ahora para decírmelo? ¿Te gusta dosificar los infortunios, Resswell? Como tengas algo más guardado sobre ella, te despediré de inmediato.

—Solo han aparecido dos columnas en los últimos días.

—¿Y te parece poco? Debiste haber avisado cuando apareció la primera.

—Me ordenó no molestarlo jamás con nada que tuviese que ver con… con… con ella . — Como el duque no se refería a la dama como su esposa o su duquesa, el secretario tuvo a bien no hacerlo—. A riesgo de perder mi empleo, he considerado que era momento de poner en su conocimiento la situación.

Dominic extendió la mano.

—No creo que salgas de mi despacho sin algún rasguño o algo mucho peor hoy. Dámela —le ordenó en alusión a la nota.

—Aquí tiene, excelencia. —El caballero no hizo caso de la amenaza.

El duque abrió la hoja y recorrió unas líneas que le bastaron para empeorar un humor que ya se encontraba cerca de sus límites.

Bailes, sonrisas, conversaciones, encuentros en salones abarrotados y un posible affaire en Hookham’s.

Aquella sucesión de detalles dibujaba una relación con una claridad que a Dominic le estaba golpeando el orgullo con fuerza.

La mujer que había pronunciado sus votos junto a él estaba alentando a un caballero que parecía un condenado santo a su lado.

—Ah, pero tú te casaste con un demonio; no puedes tratar de conseguir a un ángel ahora —murmuró de modo ininteligible. Una sonrisa sin alegría tensó la parte de su boca que la antigua quemadura no alcanzaba.

—¿Qué dice, excelencia?

—No he dicho nada.

Dominic se levantó del escritorio. La pierna izquierda hizo que apretase los dientes debido a la rigidez, una que aparecía cada vez que pasaba demasiado tiempo sentado o cuando el cansancio y el mal humor conseguían imponerse sobre la disciplina con la que había aprendido a controlar aquella secuela de un grave accidente.

Apoyó más peso del necesario sobre la derecha durante los primeros pasos y maldijo por lo bajo cuando advirtió que Resswell se había fijado en que había cojeado.

—¿Está bien, excelencia?

—Solo con ganas de darle una lección a esa pequeña bruja. Nada más. ¿Por qué me miras de ese modo?

—Estaba pensando que es una lástima que el mal carácter no sane. Estaría usted como un roble, excelencia.

Dominic se detuvo frente a la ventana.

—Lárgate de aquí.

—Como desee.

Resswell no se movió, así que el duque giró la cabeza lo suficiente para mirarlo por encima del hombro.

—¿Por qué no te marchas?

—Porque todavía no me ha preguntado quién es el caballero del que hablan en las notas.

—No quiero saberlo —dijo.

—Se lo diré de todos modos: se trata del barón Rivington.

Aquella frase hizo que algo en el interior del duque se removiese con fuerza.

No eran celos. Los celos implicaban un temor absurdo a perder algo que se deseaba conservar, y él no se había dedicado a desear que Cecily regresase a su lado durante los últimos años.

Había aprendido desde niño que resultaba más cómodo aceptar las cosas tal y como eran.

Ella había conseguido lo que quería, había salido de su casa con una fortuna y no había mirado atrás.

Él se había ocupado de sobrevivir a las consecuencias de aquella noche y, después, había hecho lo único razonable: dejar que una mujer capaz de mentirle a la cara permaneciese tan lejos de él como quisiera.

Eso no significaba que pudiera casarse con otro. La bigamia estaba prohibida y podía tener consecuencias penales muy serias. Por amor de Dios, ¿se había vuelto loca?

—¿Quién es él?

El duque volvió a acercarse al escritorio.

—Leander Thorne, barón Rivington. Heredó el título hace algunos años. Propiedades saneadas, ingresos más que suficientes, ninguna deuda alarmante, buen trato con sus arrendatarios y una reputación tan limpia que resulta casi sospechosa. Uno de sus primos se ha casado con la hija del duque de…

—Todo el mundo tiene algún trapo sucio —lo interrumpió.

—Estoy seguro, pero todavía no he encontrado nada.

Dominic entrecerró los ojos.

—¿Has contratado a un investigador?

—No se alarme. Supuse que mostraría cierto interés por su rival y pedí algunas averiguaciones antes de venir a explicarle la situación.

Mi confidente es de confianza y le dije que usted se estaba planteando hacer negocios con el caballero, así que necesitábamos saber si sus asuntos estaban en orden.

La expresión del duque cambió de pronto. Se veía como si se hubiese comido un limón muy ácido.

—Ese Reventing no es mi rival.

Resswell le estaba sosteniendo la mirada con una calma admirable.

—En este momento, excelencia, hay un hombre al que media sociedad considera el candidato perfecto para casarse con su esposa… Me parece bastante aceptable calificarlo como su rival.

—Resswell, no te imaginas lo cerca que estás del peligro en estos instantes. Más que ese Revingtine.

—Se llama Rivington y es encantador, por lo que dicen.

Dominic se cuadró por completo.

—¿Qué demonios significa «encantador»?

—Según mis fuentes, el barón posee una sonrisa agradable, buenos modales, conversación amena y el extraño talento de conseguir que las mujeres se sientan cómodas a su lado.

—Eso suena agotador.

—Para usted, sin duda.

Dominic le dirigió una mirada llena de advertencias sanguinarias, pero Resswell había aprendido a distinguir entre las que anunciaban una verdadera amenaza y aquellas que solo pretendían recordarle quién era el duque de Blackshow. La de ese momento pertenecía a la segunda categoría.

—También tiene admiradoras —añadió el secretario.

—No me interesa.

—Muchas.

—He dicho que no me interesa conocer nada acerca de él.

—Muchas admiradoras, además de su esposa —apuntó al ver la terquedad de su patrón por no reconocer la gravedad del asunto.

El duque no respondió. Aquello sí había sido innecesario. Resswell debió de advertirlo porque su expresión perdió parte de la diversión.

Dominic volvió hacia la ventana y contempló el reflejo que el cristal le devolvía.

La cicatriz ocupaba el lado izquierdo de su rostro desde la sien hasta buena parte de la mejilla y descendía hacia la mandíbula, una marca que dejó de dolerle hacía mucho, pero nunca dejaría de recordarle su aspecto.

Además, no necesitaba que nadie le explicase qué veía una mujer cuando lo comparaba con los demás.

Su esposa, la que ejerció como tal durante unas horas, estaba siendo admirada, y Dios sabía qué más, por un barón encantador, de sonrisa fácil y que sería apuesto como el mismo Adonis.

¿Qué tenía él para ofrecerle a cualquier dama?

Era un duque cuya apariencia había alimentado suficientes historias como para que Londres le atribuyese incluso asesinatos que jamás había cometido.

Ella tenía que estar al corriente de aquella situación y no había retrocedido ni medio paso cuando lo vio por primera vez. Ese recuerdo acababa de aparecer sin más y Dominic decidió apartarlo de inmediato.

Aquella noche en la que se casó contra los propios dictados de su razón, habían ocurrido muchas cosas, pero todavía recordaba la primera vez que ella le sostuvo la mirada sin mostrar repugnancia, como si la cicatriz fuese un detalle menos importante que la paciencia que él estaba perdiendo con cada una de sus insolencias.

Había llegado a su casa, hermosa, diciendo tonterías y siendo extraordinariamente valiente, dispuesta a ofrecerle un matrimonio que, según sus propias palabras, podía evitar que la sociedad se burlase de un duque que había sido abandonado por otra mujer.

Dominic debió haberla echado nada más contemplar lo bonita que era. En lugar de hacerlo, se había dejado llevar por el deseo.

Incluso después de descubrir cuánto dinero quería de él y de que todo su sentido común le hubiese advertido que aquella mujer había aparecido de la nada con demasiada audacia, había seguido adelante porque lo intrigaba y la deseaba.

Una parte de él había disfrutado cuando ella lo miró sin ver primero al monstruo en que lo convirtió la cicatriz.