Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Un duque no se arrastra

CRÓNICAS SOCIALES

No cabe duda de que lady C. W. y cierto barón de excelente reputación se han convertido en la comidilla de la alta sociedad.

Los lectores recordarán que la mencionada dama y lord R .

fueron vistos en Bond Street compartiendo algo más que una afición por las novedades literarias.

Su entrada conjunta en la biblioteca circulante de Hookham’s, la ausencia de una carabina y aquel tiempo que pasaron fuera de las miradas más curiosas proporcionaron suficiente material para que en los salones comenzaran a preguntarse si la pareja no estaría avanzando hacia territorios mucho más interesantes.

Parece que el propio barón ha decidido que no conviene dejar determinadas cuestiones en manos de las habladurías.

Se comenta que lord R. fue visto entrando en la residencia londinense del célebre Conde Oscuro , bajo cuya protección vive desde hace tiempo lady C.

W. La hora escogida para la visita, bastante alejada de las convenciones que rigen nuestras mañanas sociales, ya habría bastado para despertar cierta curiosidad; sin embargo, el caballero y la dama tuvieron a bien ofrecernos poco después una escena que supera con generosidad cualquier expectativa.

Ambos abandonaron la residencia para pasear por Hyde Park.

Una doncella acompañaba a lady C. W. , detalle que sin duda tranquilizará a los lectores preocupados por el decoro de la joven, aunque varios testigos aseguran que la criada mantuvo la suficiente distancia para permitir que el barón y su acompañante conversasen sin miedo a oídos indiscretos.

¿Cuál fue el contenido de aquella conversación?

Nos encantaría saberlo. Por desgracia, incluso las fuentes más hábiles encuentran límites, de modo que esta cronista deberá limitarse a relatar cuanto puede demostrarse.

Lord R. y lady C. W. caminaban juntos cuando ambos se detuvieron en un tramo del sendero y, poco después, la dama se desmayó.

Por fortuna para ella, su pretendiente se encontraba lo bastante cerca para impedir que llegase al suelo.

Menos afortunado para la discreción de ambos fue lo sucedido a continuación, pues el barón decidió que la manera más eficaz de devolver a la dama a su casa consistía en tomarla entre sus brazos y recorrer con ella una parte considerable del parque hasta conseguir un carruaje de alquiler.

Esta cronista no pretende insinuar que una dama recién salida de un desvanecimiento deba preocuparse antes por las apariencias que por su propia salud, pero reconoceremos que resulta difícil encontrar una imagen más apropiada para alimentar las especulaciones de quienes llevan días esperando noticias de esta prometedora pareja.

¿Habrá pronto un anuncio formal?

No lo sabemos, aunque tal vez convendría que las modistas de Londres reservasen algunas sedas y encajes y que las campanas se preparasen para trabajar antes de que concluya la temporada.

Después de todo, un caballero honorable no acostumbra a visitar a primera hora a una dama cuya reputación ha quedado vinculada a la suya, provocar en ella una fuerte emoción que la haga desmayarse y llevarla después en brazos por Hyde Park sin tener intenciones serias.

El Espejo de Mayfair.

Dominic Alderley, séptimo duque de Blackshow, había aprendido muy pronto que la sociedad le concedía una importancia ridícula a aquello que veía antes de interesarse por lo que un hombre pudiera ser.

La quemadura que marcaba el lado izquierdo de su rostro había provocado suficientes miradas indiscretas, silencios maliciosos y gestos de falsa compasión como para enseñarle que esperar indulgencia de los demás era una forma segura de acabar humillado.

Por eso había hecho de la voluntad una especie de armadura.

Era reservado, severo y tenía un carácter que pocos se atrevían a desafiar; no porque disfrutase sembrando temor a su paso, aunque tampoco se molestaba en evitarlo, era más bien porque prefería que lo considerasen frío y cruel antes que vulnerable.

Su fuerza no estaba solo en su físico; era alto y sus anchos hombros habían soportado duras pruebas.

Residía también en él una férrea disciplina que le había permitido soportar el dolor, la soledad y las pérdidas sin haber emitido una sola queja al respecto.

Aquella fortaleza poseía, sin embargo, un defecto que Dominic rara vez estaba dispuesto a reconocer ni en su fuero interno, pues su voluntad y su testarudez nacían casi del mismo lugar, y ese era el orgullo.

Cuando tomaba una decisión, podía mantenerse firme frente a cualquier presión; cuando se equivocaba, esa misma capacidad lo llevaba a aferrarse a su juicio con una obstinación capaz de convertir una certeza en una condena.

No toleraba bien que lo contradijeran, detestaba sentirse engañado y todavía menos le agradaba descubrir que había confiado en alguien que no lo merecía.

Para un hombre acostumbrado a sobrevivir gracias al control, admitir una duda suponía abrir una grieta en un muro que llevaba construyendo desde niño.

Dominic podía soportar casi cualquier cosa, salvo haber sido un necio o que lo hubiesen convertido en uno.

El perdón no entraba en sus planes. Consideraba la compasión como una debilidad que un duque no se podía permitir si no deseaba acabar destruido.

Cuando el temido duque terminó de leer el periódico, lo dejó sobre el escritorio con cuidado y luego alzó la mirada para observar a su secretario, el señor Resswell.

El otro caballero, Resswell, situado frente a Dominic, decidió apartar la taza de café que Su Gracia tenía bastante cerca.

¿Por qué hizo eso? Pues porque conocía bien a su patrón.

—No voy a arrojarla contra la pared —farfulló con enfado—.

Antes de romper una pieza única decidiría desquitarme contigo, eres más fácil de reparar que la fina porcelana familiar.

Unas vendas por aquí, un tónico por allá y listo.

¿Prefieres que te magulle el rostro o alguna otra parte de tu anatomía?

—No es gracioso, excelencia. A uno no le agrada que lo amenacen solo porque podría recomponerse más rápido que la porcelana hecha añicos —le advirtió—. Además, ambos sabemos que ni la taza ni yo somos el problema ahora mismo.

—¿Y cómo crees que reaccionaría después de lo que me has obligado a leer, Resswell?

—Yo no le he obligado a leer nada. Me limité a dejar el periódico en su mesa, excelencia, como hago cada mañana.

—Solo te ha faltado rodear repetidamente con un círculo la maldita columna. Lo dejaste abierto por la página de la sección de cotilleos. Tus intenciones han quedado bastante claras. Creo que debería al menos darte un puntapié por tu atrevimiento. Has perturbado mi paz.

—Insisto en que el problema aquí es otro.

Resswell tenía la desagradable costumbre de no dejarse intimidar por él.

Hubo una vez que apareció alguien así en su vida.

Por fortuna, su secretario no le había fallado.

El señor Resswell era su mano derecha y se había ganado su confianza.

Ambos se respetaban. Bueno, en realidad, su empleado era el único que soportaba su constante malhumor.

Tenía que hacerlo, le pagaba una fortuna por sus servicios.

Aquella mañana, su leal escudero estaba poniendo dicha confianza a prueba. Y su integridad física también, porque él deseaba golpear a alguien y no tenía enfrente al condenado tonto del que hablaba la nota. Si Resswell fuese inteligente, se habría marchado ya del despacho. A toda prisa, además.

Dominic volvió la vista hacia el periódico. De todas las palabras que aparecían allí, ninguna le desagradaba tanto como las iniciales que habían escogido para referirse a la dama de la que hablaban. No era ningún estúpido, sabía bien quién era « Lady C. W.».

Ah, pero ella no era lady Cecily Westcott.

Desde aquella maldita noche, ella se había convertido en la duquesa de Blackshow.

En su esposa. No se avergonzaba por reconocer que la deseó en cuanto percibió su valentía.

Nadie en su vida se había atrevido a hablarle y tratarlo de aquel modo.

Además, era una de las mujeres más hermosas que había visto jamás.

¿Seguiría ella igual de bonita o se habría marchitado?

No importaba, seguro que su estupidez no habría menguado ni un ápice.

Oh, sí. Su duquesa no solo era valiente, también era estúpida.

¿Qué otro calificativo habría para una dama casada que alentaba a un caballero que sería todavía más estúpido que ella para que le propusiese matrimonio?

Recordaba bien aquella noche en la que se casaron.

Ella no le había confesado su identidad hasta que llegó el ministro de Dios y ofició el enlace.

Reconoció el título del padre de inmediato.

Westcott era la vergüenza entre los pares del reino.

Apostaba, bebía, cambiaba de amante como de chaqueta y estaba al borde de la ruina.

Ella había jugado bien esa carta… solo porque él se lo permitió.

Antes de que Cecily le hubiese dado su apellido, él ya se imaginaba que su familia no sería trigo limpio.

No le importó. A fin de cuentas, tenía el linaje adecuado.

Por muy réprobo que pudiese ser Westcott, la dama seguía siendo la hija de un conde.

¡Maldición!

Londres continuaba hablando de ella como si fuese una mujer libre.

La hija de un conde cuya situación matrimonial podía discutirse antes del desayuno, mientras una columnista con demasiado tiempo libre calculaba cuándo el escándalo se cerraría con una boda.

Aquella mujer era su esposa y, aunque no hubiese usado el apellido Alderley desde el día en que salió de su casa, seguía teniendo tanto derecho a ser llamada duquesa de Blackshow como él a llevar el título que había heredado.

Que nadie lo supiera era otra cuestión. Una que hasta entonces le había convenido no resolver.