Prisionera del Duque Siniestro (Sombras y Luces 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

—Sé que no pienso quedarme de brazos cruzados mientras una columna convierte mi amistad contigo en una razón para que te señalen.

Aquellas palabras poseían una intensidad que Cecily no esperaba. Una idea inquietante comenzó a formarse.

—Te lo ruego, no lo hagas.

—Tengo que hacerlo. Solo hay una solución.

Cecily se puso lívida.

—No —musitó.

—Tenemos que casarnos. Te convertirás en mi baronesa y saldremos adelante sin que esto te perjudique. Es lo más sensato.

El mundo dejó de girar. O tal vez estaba girando demasiado deprisa. No. Él no podía sugerir que tenían que casarse. La boca se le secó de golpe. Un sudor frío le bajaba por la espalda y le costaba mucho respirar. Cecily no sabía qué le estaba ocurriendo.

—¿Qué?

—No veo otra solución satisfactoria para nuestro problema.

Te confieso que no lo había previsto así.

Si esa nota no hubiese aparecido, te prometo que las cosas habrían sido de otro modo.

Sé que yo no te disgusto, pero tampoco es como si me adorases.

Sin embargo, si los dos ponemos de nuestra parte, creo que podríamos tener un buen matrimonio.

Cecily sintió que el suelo se volvía extrañamente blando bajo sus pies.

—¿Tú y yo? ¿Casarnos?

La pregunta debió de parecer tan estúpida que Rivington frunció el ceño.

—Naturalmente, tú y yo casados.

¡Oh, cielos! Le parecía un momento perfecto para que la tierra se abriese bajo sus pies y saliese de las profundidades del infierno un duque siniestro…

¿Un duque? ¿De dónde venía ese pensamiento tan tonto?

¡Un demonio siniestro! Sí. Eso era. Los demonios eran los que residían en el averno, no los duques patanes y estúpidos.

—No puedo casarme contigo —murmuró.

—¿Por qué no?

—Porque… porque somos amigos. Los amigos no se casan. —Le parecía un razonamiento muy válido.

—Hay matrimonios que comienzan con bastante menos. ¿Tan terrible te parecería casarte conmigo?

La expresión que veía en el rostro de su amigo era…

era… ¡Dios! ¿Y si lo había malinterpretado todo y Rivington sí que sentía algo por ella?

¡No podría vivir sabiendo que había herido a un querido amigo!

Cecily intentó respirar con normalidad. No estaba consiguiéndolo.

Cerró los ojos un momento. Un duque aterrador se materializó en su mente, sí, ese que llevaba casi dos años sin querer saber nada de ella, pero a quien seguía atada y que le impedía…

le impedía… ¿Qué? ¿Ella deseaba convertirse en la esposa de Rivington?

¿Lo aceptaría si fuese una mujer libre? Dios santo…

Todo lo que le estaba sucediendo era una pesadilla.

No podía casarse con Rivington ni aunque hubiera querido y tampoco podía decirle la verdad sobre su negativa.

¡No podía casarse con nadie porque ya estaba casada!

—No puedo casarme contigo —repitió.

Él guardó silencio. Ella advirtió una expresión extraña en su rostro y la interpretó como dolor.

¡Qué desastre! Todos habían tenido razón. Una mujer y un hombre no podían ser amigos. Siempre había alguno de los dos que aspiraba a más. Rivington estaba interesado en ella y Cecily había sido una completa idiota.

—Creo que no lo entiendes. Quieras o no, es lo que vamos a hacer. No hay otra forma. Harrowmere no podrá protegerte si no hacemos lo que se espera. Todo el mundo hablará de ti y comenzarán los rumores sobre el motivo por el que yo me he distanciado de ti.

—¿Y por qué tienen que decir que fuiste tú quien se distanció de mí y no al revés?

—Porque es así como funcionan las cosas.

Supondrán que finalmente me eché atrás porque no eras adecuada.

Comenzarán a hablar de ti en términos muy despectivos y ahí tu reputación estará perdida.

El asunto de la biblioteca es devastador.

¿Todavía no entiendes cómo funciona la jaula dorada en la que vivimos?

—No pasó nada en la biblioteca.

—Tú lo sabes y yo lo sé, sin embargo, Londres cree otra cosa —le explicó.

—Oh, Rivington, esto es terrible —alegó cuando comenzó a comprender la magnitud del entuerto—. No puedo casarme contigo. No puedes salvarme. Tú no lo entiendes.

—Me estás humillando, Cecily —le dijo con los dientes apretados—. Lo creas o no, soy un partido de lo más codiciado. Ninguna mujer se negaría a casarse conmigo —insistió.

—No quería hacerte daño —dijo de inmediato—. Te juro que nunca he pretendido hacerte creer que…

—¿Hacerme creer qué?

—Que yo…

Cecily se llevó una mano hasta el pecho. Le faltaba el aire y el estómago le dolía. Un sabor amargo le subía por la garganta.

—¿Te encuentras bien?

—Estoy…

Su vista comenzó a nublarse y se tambaleó.

—¿Cecily? —inquirió Rivington lleno de preocupación.

—Creo que necesito… —No terminó de formular la frase completa. Todo se volvió negro.

—¡Cecily! —gritó el barón antes de atraparla para que no cayese al suelo.

Lady Cecily Westcott —tal y como todos la conocían— se acababa de desmayar. El caballero de brillante armadura que la sostenía entre sus fuertes brazos no se lo pensó dos veces, y recorrió medio parque con ella en volandas hasta localizar un carruaje.

¡Los problemas no habían hecho más que comenzar!