Capítulo 2 #2
—Él ha venido a verme a mí, no a comprobar qué tal están nuestras tostadas.
Aurelia la miró con fingida inocencia.
—No veo por qué debería resultarte incómodo que nos acompañe.
—Porque te conozco y harás de este problema una sentencia que no deseo.
Damian decidió intervenir.
—Podemos marcharnos si lo prefieres.
Cecily lo miró.
—Eso sería todavía peor.
—¿Por qué?
—Porque parecería que estáis dejándonos solos deliberadamente.
—No estaríais solos. Habría servicio entrando y saliendo.
—Damian, no me ayudes, te lo suplico.
El conde decidió guardar silencio.
No hizo falta resolver aquella discusión porque Rivington apareció pocos instantes después ante la familia sin que nadie le hubiese autorizado la entrada.
Cecily tuvo ahí la confirmación de que se había saltado las normas porque los dos tenían un grandísimo y serio problema, debido a la dichosa nota que la competencia de la Pluma Indiscreta había decidido publicar.
¡Maldición! La expresión que llevaba el barón era la de un hombre que…
que… ¡iba a un funeral! Eso era. No parecía un hombre que hubiese acudido a hacer una visita social.
Aurelia levantó las cejas sorprendida y Cecily sintió que el calor comenzaba a ascenderle por el cuello. Por suerte, Damian no lo censuró debido a su comportamiento.
Traía el periódico doblado en una mano y lo sujetaba con tanta fuerza que el papel estaba arrugado alrededor de sus dedos. Saludó a Aurelia y a Damian con corrección y, cuando acabó con el protocolo, se centró en Cecily.
—Necesito hablar con usted, milady .
—Rivington, la formalidad conmigo está de más. Te lo ruego, no lo hagas.
—Por supuesto, supongo que las circunstancias hacen más fácil que podamos prescindir de la etiqueta —le concedió él.
En ese momento, el barón miró el periódico que había sobre la mesa y su expresión se endureció.
—Veo que ya lo has leído.
—Hace unos minutos.
—Entonces comprenderás por qué estoy aquí.
Cecily no estaba segura de comprender nada, salvo que su amigo estaba mucho más enfadado de lo que ella esperaba.
Aurelia observaba alternativamente a los dos con una atención que habría puesto nervioso al acusado más curtido ante un tribunal.
—Nosotros todavía no hemos tenido oportunidad de hablar con Cecily sobre el asunto —dijo la condesa.
—No hay mucho de qué hablar —respondió ella de inmediato—. El artículo es ridículo.
Rivington la miró.
—Es nuestra reputación la que está en juego, Cecily. El asunto no es ridículo, es serio —le advirtió con firmeza.
Su tono consiguió que la dama frunciese el ceño y ella suspiró llena de frustración.
—Está bien. Es serio. —Si él supiera lo serio que era…, pensó la implicada en el escándalo.
—Muy serio y complicado —insistió él.
—Rivington, no soy yo quien ha escrito eso —tuvo que recordarle.
—Ya lo sé.
—Entonces, no me mires ni me hables como si hubiese incendiado tu casa.
—No es eso lo que pretendo.
—Es lo que estás haciendo.
Damian carraspeó para poner orden. Ella guardó silencio y el barón decidió contar hasta tres en busca de una tranquilidad que no sentía en absoluto. Luego decidió que sería mejor hablar con la dama en un ambiente menos concurrido.
—¿Te gustaría dar un agradable paseo conmigo?
—¿Crees que es prudente que lo hagamos? —inquirió Cecily algo insegura.
—No pienso esconderme de la sociedad. No hemos hecho nada malo. La cortesía nos ampara.
Cecily buscó a su hermana por inercia. Entonces vio cómo los ojos de Aurelia adquirían un brillo que no le gustó nada.
—Además —intervino la condesa con una dulzura muy sospechosa—, hace una mañana preciosa para dar un agradable paseo.
Cecily miró hacia las ventanas. El cielo estaba cubierto de nubes.
—Aurelia… —comenzó a regañarla.
—Un poco de aire te sentará bien después del desayuno —la cortó su hermana.
Damian decidió mediar en el conflicto.
—Que os acompañe una doncella. Puede caminar unos pasos por detrás y tendréis intimidad suficiente para hablar. Será todo muy decoroso y conveniente. Rivington tiene razón, los rumores no deberían alterar el curso de ninguna vida.
Cecily no veía motivo para negarse. De hecho, prefería aclarar cuanto antes cualquier malentendido provocado por la maldita columna.
—Está bien.
Y así fue como media hora después, y por insistencia del barón, ambos caminaban por Hyde Park con la doncella de Cecily a suficiente distancia para cumplir con las apariencias sin escuchar la conversación. No iban del brazo para no causar más expectación.
Rivington había permanecido muy callado desde que salieron de casa.
Aquello no era normal en él. En ella tampoco. La amistad entre ambos se sustentaba en buena medida en la incapacidad compartida para guardar silencio durante demasiado tiempo, por lo que Cecily llegó a contar mentalmente más de veinte pasos antes de rendirse.
—Si vas a seguir comportándote como si caminases hacia tu propia ejecución, preferiría regresar a casa.
Rivington la miró.
—Estoy pensando cómo abordar el asunto.
—Yo creo que deberíamos olvidarnos del asunto y listo.
—Las cosas no funcionan así y lo sabes.
Cecily se detuvo y él avanzó dos pasos antes de hacer lo mismo.
—¿Estás enfadado conmigo?
—No.
—Pues lo parece.
Rivington miró alrededor antes de acercarse un poco más, aunque mantuvo una distancia perfectamente decorosa.
—Estoy enfadado con la situación.
—Yo también.
—No creo que entiendas lo que significa esa columna.
—Entiendo muy bien que una mujer aburrida ha decidido comprometernos sin pedir nuestra opinión.
—Y dentro de dos días puede hacerlo otra. Después habrá apuestas en los clubes, nuestras apariciones serán observadas y cualquier conversación entre nosotros servirá para confirmar que existe un cortejo.
Cecily volvió a caminar y él se colocó a su lado.
—Tendremos que dejar de darles motivos.
—¿Cómo?
—No bailaremos durante un tiempo.
Rivington soltó una risa sin humor.
—Eso confirmará que hemos leído la columna y nos ha incomodado.
—Entonces bailaremos como siempre.
—Y confirmaremos que continúa el cortejo.
—Pues nos ignoraremos.
—¿Quieres hacer eso?
Cecily comenzó a irritarse.
—¿Te importaría sugerir alguna alternativa en lugar de encontrar defectos en todas las mías?
—Llevo toda la mañana pensando en una.
La seriedad con la que respondió hizo que ella lo mirase con atención.
Rivington no era un hombre demasiado solemne. Incluso cuando trataba asuntos importantes poseía gran facilidad para encontrar algún comentario que aligerase el ambiente, pero en aquellos momentos no había nada de eso en él.
—¿Y?
—No veo ninguna forma de hacer desaparecer esto.
—Todo rumor termina olvidado cuando comienza otro más jugoso.
—No, cuando los interesados siguen frecuentando el mismo círculo social y tienen amigos comunes. Rosehaven es mi mejor amigo. Beatrice es una de las tuyas. No podremos pasar meses comportándonos como si no nos conociéramos. No creo que yo pudiese hacerlo —le confesó.
Ella lo entendió.
—Yo tampoco.
Algo cambió en el modo en el que Rivington la estaba observando, aunque Cecily no supo cómo interpretarlo.
—Es muy complicado.
Siguieron caminando unos pasos más.
—Lo sé.
—Entonces estamos de acuerdo en que ninguno de los dos piensa fingir que nuestra amistad no existe.
Cecily sonrió un poco.
—Sí. Pensaba que habías venido a mi casa a comunicarme que no querías volver a verme.
—No seas absurda.
—Tienes que admitir que tu expresión cuando entraste sin ser anunciado en el comedor fue bastante desconcertante.
—Me preocupa lo que puedan hacerte esos rumores. Soy un hombre que se preocupa por cuantos le rodean.
Aquello consiguió que Cecily lo mirase de nuevo. Rivington estaba siendo sincero y se veía muy preocupado.
—Si fueses de otro modo no seríamos amigos. No tienes que protegerme, Rivington. Damian ya lo hace maravillosamente bien.
—Quizá yo quiera hacerlo.
El corazón de Cecily se estremeció de un modo extraño. No le gustó.
—Rivington… —comenzó a decir sin saber qué más debería añadir.
—Esa columna pone en duda tu reputación. La mía podría sobrevivir, ya sabes, porque soy un caballero y todo eso.
—Es injusto que las mujeres sean tratadas de un modo más severo.
—Las cosas son así. Hoy todo Londres sabe que sentimos simpatía el uno por el otro y, desde este momento, cualquier cosa que hagamos será interpretada de una manera determinada de antemano.
Cecily sintió una ligera inquietud.
—Tendremos más cuidado.
—Creo que es demasiado tarde para eso.
—Nunca es demasiado tarde para tener cuidado. Podríamos dosificar nuestras interacciones —planteó la joven.
Rivington soltó aire por la nariz muy despacio y se pasó una mano por el cabello, un gesto impropio en él que revelaba lo incómodo que se encontraba.
—Cecily, no quiero que esto te perjudique.
—No lo hará.
—No puedes saberlo.
—Tú tampoco.