Capítulo 2
La obligación como norma
CRÓNICAS SOCIALES
Esta cronista ha aprendido con los años que los romances más prometedores rara vez comienzan con grandes declaraciones.
Resulta mucho más instructivo prestar atención a esos pequeños hábitos que, vistos desde cierta distancia, adquieren una elocuencia extraordinaria.
Tal parece ser el caso de cierta joven dama perteneciente a una familia que ha proporcionado a Londres más motivos de conversación de los que sus miembros habrían deseado.
Nos referimos, naturalmente, a lady C. W.
, hija menor de un conde cuya fortuna conoció tiempos mejores y cuya administración del patrimonio familiar habría dejado a sus hijas en una posición bastante menos cómoda de no haber intervenido cierto temido conde al que la buena sociedad conoce por una oscuridad que, a juzgar por la felicidad de su esposa, parece haber resultado mucho más luminosa de lo previsto.
Lady C. W. , instalada desde hace tiempo bajo la protección de su hermana y del mencionado caballero, ha conseguido hasta ahora esquivar con notable habilidad las atenciones matrimoniales que suelen perseguir a una joven de nacimiento distinguido, agradable presencia y un espíritu tan vivaz como para que ningún salón resulte aburrido cuando ella decide expresar una opinión.
Sin embargo, esta cronista comienza a sospechar que semejante indiferencia podría estar llegando a su fin.
Los observadores más atentos habrán reparado ya en la frecuencia con la que lord R.
, un barón con una excelente fortuna, de respetable linaje y una reputación libre de los excesos que tanto abundan entre nuestros jóvenes caballeros, solicita la compañía de lady C.
W. durante las veladas de esta temporada.
Una coincidencia aislada carecería de importancia.
Dos podrían atribuirse al azar. Cuando las coincidencias empiezan a acumularse, hasta esta servidora se ve obligada a preguntarse si el destino no estará recibiendo una ayuda considerable de los propios interesados.
Se los ha visto bailar juntos en más de una ocasión, aunque la dama jamás le concede al barón más de una pieza en la misma velada.
Tal moderación podría parecer suficiente para desalentar comentarios si no fuese porque, una vez terminado el baile, ambos parecen poseer facilidad para encontrarse de nuevo en los abarrotados salones.
Conversan junto a las mesas de refrescos, cerca de las terrazas, en grupos que curiosamente terminan dispersándose y, según varias damas de impecable memoria, lady C.
W. le dedica al barón sonrisas que no acostumbra a repartir con idéntica generosidad entre el resto de sus admiradores.
Conviene aclarar que esta columna no pretende confundir alegría con ligereza.
Lady C. W. es conocida por un carácter espontáneo y una risa franca que algunas institutrices considerarían demasiado sonora y que esta cronista, mucho menos severa, encuentra agradable.
Pero incluso una dama alegre debe saber que pocas cosas despiertan tanto interés como comprobar que un caballero concreto parece poseer un talento excepcional para provocar esa felicidad.
Hasta aquí podríamos hablar solo de una amistad afortunada.
Lo sucedido ayer en Bond Street, sin embargo, merece algo más de atención.
Varias personas de absoluta credibilidad aseguran haber visto a lady C.
W. paseando durante las horas de mayor concurrencia sin la compañía visible de una dama mayor, pariente o acompañante femenina.
Nada extraordinario habría en ello si sus pasos no hubiesen coincidido con los de lord R.
, quien, según parece, encontró a la joven cerca de uno de los establecimientos más frecuentados por quienes consideran los libros un entretenimiento tan necesario como los bailes.
La coincidencia debió de resultar agradable, pues ambos continuaron juntos su paseo y terminaron entrando en la biblioteca circulante de Hookham’s.
Más comprometedor resulta el testimonio de quienes afirman que ambos desaparecieron durante cerca de un cuarto de hora tras las elevadas estanterías situadas al fondo del establecimiento, en un rincón reservado para la consulta de los volúmenes y convenientemente apartado de las miradas indiscretas.
Esta cronista ignora qué asunto pudo exigir semejante intimidad, aunque parece que lady C.
W. salió de allí con las mejillas encendidas y lord R.
con una expresión de satisfacción difícil de atribuir únicamente a sus descubrimientos literarios.
Quizá los libros no fueran lo único que despertó su interés aquella mañana.
Hasta donde ha podido averiguar esta cronista, ninguno iba acompañado por una persona capaz de desempeñar las útiles funciones de una carabina, y los dos permanecieron en el establecimiento el tiempo suficiente para examinar varias novedades, conversar extensamente y mostrar un interés común por cierto relato anónimo recientemente publicado en tres volúmenes, cuyo extraño protagonista pretende arrebatar a la naturaleza secretos que quizá habría sido más sensato dejar en manos de Dios.
No juzgaremos aquí los gustos literarios de la pareja.
Después de todo, compartir afición por monstruos, cementerios y experimentos extraños puede constituir una base matrimonial tan razonable como cualquier otra que esta columnista haya observado durante los últimos años.
Un paseo accidental puede no significar nada.
Un baile, una sonrisa y varias conversaciones pueden atribuirse a una amistad.
¿Una cita en una biblioteca? Podría ser.
No obstante, cuando el mismo caballero aparece una y otra vez al lado de una dama, incluso las coincidencias más inocentes comienzan a adquirir la apariencia de una costumbre.
Cabe preguntarse, si Londres está presenciando el nacimiento de un afecto que los propios protagonistas todavía no se hayan atrevido a hacer público.
Por tanto, no nos adelantaremos a anunciar un compromiso que todavía no existe, pero esta cronista se permitirá señalar que, hasta donde alcanza su conocimiento, no existe obstáculo alguno que impida que llegue a producirse.
Maltrecha quedaría la reputación del caballero si no hiciese lo correcto después de recibir y prestar tanta atención.
Y si lady C. W. continúa mirando a lord R.
como lo hizo ayer al abandonar aquella biblioteca, sospechamos que las campanas de la catedral podrían tener ocasión de repicar antes de que termine la temporada.
El Espejo de Mayfair.
Cecily descubrió, dos días después de aquel baile, que debería haber escuchado a su hermana.
Había sido Aurelia la que había dejado la condenada nota del periódico de modo deliberado junto a su plato.
Cecily no la leyó de inmediato. Aquella mañana había entrado en el comedor de buen humor, les había deseado los buenos días a su hermana y a Damian, se había servido chocolate y una rebanada de pan tostado y, después de advertir que ninguno de los dos estaba dispuesto a mantener una conversación normal, no tuvo más remedio que prestarle la debida atención al papel que amenazaba una gran tormenta.
¡Y vaya si fue una catástrofe de proporciones bíblicas!
Cecily la había leído dos veces y cuando llegó al final de la segunda lectura, no sabía si reírse, enfadarse o buscar a la mujer que escribía el Espejo de Mayfair para explicarle que podía emplear su imaginación en asuntos mucho más productivos.
Dejó, muy despacio, la hoja sobre la mesa. Aurelia abrió la boca, pero no llegó a decir nada, pues el mayordomo apareció en la entrada del comedor antes de que pudiera hacerlo y se dirigió hacia Damian, aunque su mirada pasó brevemente por Cecily:
—Milord, lord Rivington solicita ver a lady Cecily.
Los tres permanecieron callados. Cecily miró el periódico y después la puerta. Finalmente volvió la atención hacia Aurelia y descubrió algo tan parecido a la satisfacción en su rostro que sintió deseos de arrojarle la rebanada de pan.
—Tienes suerte de que esto no venga firmado por la Pluma Indiscreta; de lo contrario, te habría acusado de ser la peor hermana del mundo. Y deja de mirarme así, Aurelia. Me estás incomodando.
—No te miro de ninguna manera especial, hermana. Pero ya que me lo preguntas, te diré que…
—No te he preguntado nada —le recordó Cecily.
—No importa. Te daré mi opinión al respecto de todos modos. Esta nota es lo mejor que podría haberte pasado, salvo por lo de la biblioteca —advirtió la última cuestión con mucha suavidad.
—No es lo que dicen. No fue un encuentro clandestino.
—Como te decía, todo tiene solución. Esa nota puede ser el empujón que te hacía falta.
Sé que tienes las mismas dudas sobre el matrimonio que yo tuve.
Dios sabe que nuestro padre fue un fracaso como esposo y lo es como hombre, en general…
En fin, Westcott arruinaba todo cuanto tocaba y eso nos marcó.
Rivington es el hombre adecuado para ti.
Estoy segura de lo que digo. Dale una oportunidad.
—Si tan perfecto es Rivington, ¿por qué no te casas tú con él? —estalló.
—Gracias —soltó Damian irritado.
—Lo siento —se disculpó de inmediato con ambos—.
Lo que sucede es que yo… —No siguió hablando.
Cerró la boca y suspiró. Sus circunstancias eran más complejas de lo que cualquiera podría imaginarse.
Cecily todavía estaba intentando asimilar el hecho de que Rivington hubiese considerado necesario presentarse allí a una hora tan temprana.
—Nuestro invitado espera que lo atendamos —le recordó Damian.
—Sí, por supuesto. Supongo que tenemos que debatir qué haremos a partir de ahora —consideró Cecily.
—Buena decisión —le dijo a su hermana—. Por favor, que lord Rivington se una a nosotros —siguió para darle al mayordomo las indicaciones.
—No hace falta que venga aquí —se negó Cecily.
—Estábamos desayunando, puede unirse a nosotros.